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Séptimo Día |“OBJETOS INANIMADOS QUE EXPRESAN EMOCIONES HUMANAS”
El amor incondicional de los escritores a las bicicletas

Un romance que se inició en el siglo XIX y que perdura. Las definiciones de Cortázar, Hemingway, Conan Doyle, Paul Auster, Horacio Quiroga y Rafael Alberti, entre muchos otros. Los motivos de un idilio rico en metáforas

El amor incondicional de los escritores a las bicicletas

León Tolstoi, Ray Bradbury y Julio Cortázar

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

28 de Junio de 2020 | 06:50
Edición impresa

Inventadas y desarrolladas en el siglo XIX, las bicicletas son destinatarias desde esa época de un incondicional amor por parte de los escritores y artistas, apasionados con ellas por su propulsión humana, porque no son costosas, porque ofrecen libertad y mejor calidad de vida, entre otros motivos acaso más enigmáticos, es decir, literarios. Los escritores y otros artistas siempre aseguraron que las bicicletas tienen alas, que vuelan por montañas y praderas, tal como queda asentado poemas, novelas, películas, canciones y pinturas.

Hay que reconocerlo: el idilio se extiende también, en algunos casos célebres, a los científicos más avanzados que ensalzaron a las bicicletas. Por ejemplo, Alberto Einstein consideró que “la vida es como andar en bicicleta: para no caerte debes estar siempre en movimiento. Descubrí la teoría de la relatividad mientras iba en bicicleta”. Y el astrónomo Carl Sagan también la ponderó: “Si las constelaciones hubiesen sido nombradas recién en el Siglo XX, supongo que en lugar de figuras mitológicas veríamos bicicletas en el cielo”.

Pero volvamos al mundo de la creación artística, en donde ellas se encuentran más cómodas. Uno de los últimos y mayores referentes de la música contemporánea, John Lennon, recordó que “de niño yo tenía un sueño: mi propia bicicleta. Y cuando la conseguí debo haber sido el chico más feliz de Liverpool, tal vez del mundo. Yo vivía para esa bici. La mayoría de mis amigos la dejaban fuera, en el jardín, por la noche. Pero yo no. La primera noche la metí en la cama, conmigo”. Es fácil confirmarlo: estaba enamorado de su bici.

La bicicleta se convirtió en insurgente cuando nacieron los motores. Uno de los que advirtió esa condición arisca de las bicis –hablando, digamos, de su clandestinidad, de su falta de adecuación a un medio ambiente intoxicado por hidrocarburos- fue Julio Cortázar, en su memorable estudio titulado “Vietato introdurre biciclette” que forma parte de las “Historias de cronopios y de famas”.

Un primer y breve párrafo de Cortázar –gran ciclista en las periferias universales- pone a las bicicletas en su lugar (que vendría a ser el destierro): “En los bancos y casa de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa”.

LA PASIÓN

Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes, que adoraba a las bicicletas y las metió en varios de sus relatos, les encontraba propiedades terapéuticos: “Cuando el día se vuelva oscuro, cuando el trabajo parezca monótono, cuando resulte difícil conservar la esperanza, simplemente sube a una bicicleta y da un paseo por la carretera sin pensar en nada más”.

La bicicleta era una de las tantas pasiones mundanas de Ernest Hemingway

 

Se sabe también que Ernest Hemingway tenía varias pasiones, desenfrenadas algunas de ellas, como las mujeres, el alcohol, la caza, la pesca, el boxeo y, también, las bicicletas. En tiempos de la Primera Guerra Mundial se lo podía ver pedaleando por calles de Italia ofreciéndoles cigarrillos y chocolate a los soldados italianos. El autor de “El viejo y el mar” dijo alguna vez: “Yendo en bicicleta es como mejor se conocen los contornos de un país, pues uno suda ascendiendo a los montes y se desliza en las bajadas”.

El escritor y periodista español Antón Castro escribió que “los escritores siempre han tenido una vinculación especial con la bicicleta, como cualquier ciudadano”,. Pero que “la han elevado a categoría de metáfora. Es un medio de transporte, un privilegiado lugar de contemplación del paisaje, tiene algo de aventura íntima que facilita la reflexión y el dominio de los espacios “con esa velocidad arrulladora y despreocupada del paseo”, tal como ha escrito Valeria Luiselli en el libro Papeles falsos (Sexto Piso, 2010)”.

También amaron a este vehículo y fueron ciclistas obstinados, entre muchos otros, León Tolstoi, autor de “Guerra y Paz” que aprendió a pedalear recién a los 67 años y el escritor y periodista Christopher Morley (”Seguramente la bicicleta será siempre el vehículo de los novelistas y los poetas”). Pero también el más reciente Miguel Delibes, que publicó en 1988 su libro “Mi vida al aire libre), en donde cuenta su relación con la bicicleta, el fútbol, las motos, la pesca, la natación y la caza. El capítulo “Mi querida bicicleta” desborda en pasión. Otros enamorados de la bicicleta fueron Ray Bradbury y Henry Miller, retratados con frecuencia cuando iban montados en sus “máquinas voladoras”.

El italiano Curzio Malaparte, autor de un libro inmortal como “Kaputt”, una pintura inigualable de la guerra que plasmó uno de las pocas descripciones de los soldados nazis derrotados –“cuando los alemanes se asustan, cuando ese misterioso miedo alemán comienza a moverse lentamente bajo sus huesos, siempre despiertan especial horror y compasión. Su apariencia es miserable, su crueldad es triste, su coraje silencioso y desesperado”- fue un devoto de las bicicletas. Tanto que, con su bici, recorrió miles de kilómetros en la terraza de su casa. Malaparte le dedicó un libro emotivo a Gino Bartali, uno de los grandes ciclistas de Italia que disputó la idolatría popular con el “campioníssimo” Fausto Coppi.

Coppi y Bartali eran amigos entre ellos, pero Italia se dividió en dos bandos adversarios que alentaban a uno o al otro. El novelista Dino Buzzati era cronista en 1949 del Corriere della Sera y le pidieron que hiciera una crónica de la lucha entre aquellos dos héroes que competían en la alta montaña en el Giro d`Italia. En Bartali vio a Héctor y en Coppi a Aquiles. “Por supuesto –dijo- Coppi no posee la fría crueldad de Aquiles; más bien al contrario. Ambos campeones son, sin duda alguna, los más cordiales, los más amistosos. Pero Bartali, más distante, más brusco –de forma inconsciente, en cualquier caso- vive el mismo drama que Héctor: el drama de un hombre vencido por los dioses”. Con dos bicicletas y dos ciclistas, Buzzati ascendió a la mitología.

Claro que la bicicleta tuvo sus detractores, también. Allá por el año 1900 el penalista italiano Césare Lombroso dijo: “La bicicleta es el vehículo más rápido en el camino a la delincuencia, porque la pasión por el pedal arrastra al robo, la estafa, el atraso. Es un instrumento frecuentísimo para el robo”. Podría decirse que el tratadista se anticipó en varias décadas a esa modalidad en dos ruedas (pero a motor) ejercida con señalado suceso en nuestro país por los “motochorros”.

Horacio Quiroga supo pedalear entre Salto y Paysandú. “Mis fuerzas me han traído”, dijo

 

Entre los contemporáneos puede mencionarse a Paul Auster –las incluye “entre los objetos inanimados como medios de expresar emociones humanas”- y el sudafricano J. M. Coetze, a quien le gusta inclusive correr carreras de bicicletas. También es un ciclista-literario el israelí Amos Oz, autor de “La bicicleta de Sumji” (2005) que relata la historia de un niño al que su tío le regala una bicicleta para niñas y es motivo de burla.

MÁS ACÁ

Entre los nuestros y más cercanos, el primero a nombrar debiera ser el extravagante Horacio Quiroga, que así explicó su afición, luego de haber pedaleado entre Salto y Paysandú: “El gran atractivo de la bicicleta consiste en transportarse, llevarse uno mismo, devorar distancias, asombrar al cronógrafo, y exclamar al fin de la carrera: mis fuerzas me han traído”. Quiroga fue fundador en 1900 de un club dedicado al ciclismo en Salto (Uruguay). En esos años fue a Francia y le preguntaron el motivo de su viaje: “Yo fui a París sólo por la bicicleta”. En aquel tiempo, la ciudad-luz fue la gran propulsora de este vehículo.

Cinco años antes de esa fecha se habían casado allá Marie y Pierre Curie, en una ceremonia tan modesta como curiosa. Allí, al ver que habían recibido un poco de dinero, compraron dos bicicletas e hicieron su luna de miel viajando en ellas por distintos lugares de Francia.

Cuando estuvo desterrado en la Argentina, el poeta español Rafael Alberti escribió un largo poema a la bicicleta: “A los 50 años, hoy, sólo tengo una bicicleta./ Muchos tienen un yate/ y muchos más un automóvil/ y hay muchos que también tienen un avión./ Pero yo, a mis 50 años justos, tengo sólo una bicicleta./ He escrito y publicado innumerables versos./ Casi todos hablan del mar / y también de los bosques, los ángeles y las llanuras./ He cantado las guerras justificadas,/ la paz y las revoluciones./ Ahora soy nada más que un desterrado./ Y a miles de kilómetros de mi hermoso país, / con una pipa curva entre los labios,/ un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz/ corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,/ por los caminos ruidosos y calles asfaltadas/ y me detengo siempre junto a un río / a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche/ se le pierden al agua las primeras estrellas...”

El poema de Alberti sigue escalando y, lisa y llanamente, piropea a su bicicleta: “¿Qué nombre le pondría, hoy, en esta mañana,/ después que me ha traído,/ que me ha dejado sin decírmelo apenas/ al pie de estas orillas de bambúes y sauces / y la miro dormida, abrazada de yerbas dulcemente,/ sobre un tronco caído?/ Carlanco de los bosques./ Estrella voladora de las hadas./ Telaraña encendida de los silfos. / Rosa doble del viento./ Margarita bicorne de los prados./ Cabra feliz de las pendientes. / Eral de las cañadas./ Niña escapada de la aurora./ Luna perdida./ Gabriel arcángel./ La llamaré con ese frágil nombre./ Porque son sus dos alas blancas las que me llevan,/Anunciándome al aire de todos los caminos”.

 

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La bicicleta con la que el escritor Horacio Quiroga unió Salto con Paysandú siendo un adolescente / EL DIA

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