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Séptimo Día |SOBREVIVIR COMO SE PUEDE Y ESCRIBIR EN EL IDIOMA DE ESTE TIEMPO
Son muchos los invitados y muy pocos los elegidos

De qué viven los escritores argentinos. Sólo una minoría subsiste de los derechos de autor. El resto tiene talleres literarios o se desempeña en ámbitos académicos. También hay empleados, empresarios y editores

Son muchos los invitados y muy pocos los elegidos

Florencia Bonelli, Selva Almada y Gabriela Cabezón Cámara, tres exitosas autoras de la generación joven / Archivo

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

9 de Agosto de 2020 | 08:43
Edición impresa

De los derechos de autor, muy pocos. Otros, de los talleres literarios. Algunos, de su condición de profesores universitarios o del secundario. Del periodismo, sorprendentemente, no tantos como antes. Menos aún los que trabajan para el Estado, en tanto que son bastantes los que se desempeñan como editores o traductores. Una minoría vive del campo o de empresas privadas...Esta pretendería ser, a grandes rasgos, una radiografía parcial de las ocupaciones y fuentes de ingresos de los escritores argentinos.

Claro que ha variado en las últimas épocas la relación escritores-trabajo. Si se hablara aquí de los padres de la literatura nacional convendría ajustarse a lo que dijo Borges en su ensayo sobre “El idioma de los argentinos” cuando menciona los casos de Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, Vicente Fidel López, Lucio V Mansilla y Eduardo Wilde.

“Ser argentino en los días peleados de nuestro origen no fue seguramente una felicidad: fue una misión. Fue una necesidad de hacer patria, fue un riesgo hermoso, que comportaba, por ser riesgo, un orgullo”, dice. Los escritores del siglo XIX, al dejar por momentos la pluma, se convertían en soldados, educadores, juristas, precursores en esto y aquello, legisladores, gobernadores o presidentes, Ellos debieron enfrentar la rica sucesión de necesidades que el país les presentó y, bien o mal, lo hicieron. Y sus libros –acá se incluye, claro, José Hernández- circularon por muchas manos.

En cambio ahora, siguió diciendo Borges en su ensayo escrito en el siglo XX, es “ocupación descansadísima” ser argentino y nadie sueña que tiene algo que hacer. “Pasar desapercibidos” sería la consigna predilecta, afirma, refiriéndose a la época. El escritor-promedio se encerró y sólo quiso contar con una remuneración decorosa que le permitiera tener tiempo para dialogar con sus dioses o sus monstruos internos.

Menudearon entonces los cargos menores en el Estado, en la docencia, en los bancos. Como típicos podrían mencionarse los casos representativos de Leopoldo Lugones, Enrique Banchs o Leopoldo Marechal, este último bibliotecario, maestro, profesor del secundario y director general de Cultura y de Enseñanza Artística. Un caso curioso fue el de Enrique Banchs, considerado el poeta de más alto lirismo del país que, al mismo tiempo trabajaba en un Banco y era experto en inversiones. “¿Tenés algún problema financiero? Andá a verlo a Banchs...!” era el consejo que se daban entre escritores porteños en las primeras décadas del siglo pasado.

Y por encima de esos niveles, hubo escritores pertenecientes a familias de hacendados como Ricardo Guiraldes, las hermanas Victoria y Ocampo o Adolfo Bioy Casares que, más allá de la facilidad del vivir, manejaron el idioma rural y el urbano con destreza.

Un caso notable fue el de Roberto Arlt. Escapado de su casa a los 16 años, fue ayudante de bibliotecario, pintor mecánico, soldador, inventor, trabajador portuario y manejó una fábrica de ladrillos. Finalmente recaló en el periodismo. Cuando alguien llega a una redacción –en este caso y nada menos, la de Crítica- le advierten de entrada: “Mirá, seguramente te sentís un gran escritor, que maneja el bisturí literario...Te avisamos que acá te damos un serrucho tronzador, porque tenés que carnear cien vacas por día...y vas a perder el pulso...”.

“Escribí siempre –contó Arlt- en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras”. Afortunadamente, Arlt dejó de lado el bisturí y usó el serrucho tronzador para componer sus maravillosos relatos.

De los progenitores del siglo XIX dijo también Borges que, a partir de las demandas de la historia, “el tono de su escritura fue el de su voz: su boca no fue la contradicción de su mano. Fueron argentinos con dignidad: su decirse criollos no fue una arrogancia orillera ni un malhumor. Escribieron el dialecto usual de sus días”.

Después de desarrollar diversas actividades, Roberto Arlt recaló en el periodismo

 

Un siglo y medio después los escritores argentinos, los actuales herederos de aquellos, eligieron una fidelidad similar: aceptar la realidad sincopada y tecnológica del presente, enriquecerla con el mayor compromiso de sumergirse en ese anónimo, sobrevivir como se puede y escribir en el dialecto de este tiempo. .

CASOS DISTINTOS

Una cantidad importante de escritores –seguramente son los más- pagan sus libros en la Argentina y a un resto los editores les obligan a ceder los eventuales derechos de sus obras, de modo que si un libro tiene éxito su autor disfrutará primero sólo de los laureles, que tienen poca proteínas. Recién en una segunda edición amanece la rentabilidad.

Al margen de los ensayos políticos, que tuvieron su gran cuarto de hora hace unos cinco años, para los escritores de ficción rige la parábola que describe el evangelista Mateo, en el sentido de que “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. Esto significa: muchos son los llamados a escribir, pero pocos los elegidos por muchos lectores.

Mucho son llamados a escribir, pero pocos son elegidos por muchos lectores

 

Se habla aquí de una generación aún joven, que promedia los 50 años de edad. Hace ya tiempo que los principales editores coinciden en que no pasan de diez los escritores de esa franja que viven de cobrar los derechos de autor. Que pueden vivir de su profesión. Son los elegidos, que oscilan siempre entre siete y diez. Los invitados al banquete que ofrece el mercado.

En la actualidad, varios editores –que sumaron generosamente referencias- incluyen entre esos pocos a Claudia Piñeiro, César Aira, Daniel Guebel, Federico Jeanmarie, Selva Almada, Florencia Bonelli y Gabriela Cabezón Cámara. Es verdad que sus novelas relumbran en las vidrieras de las librerías.

Luego vendría el grupo que vive de talleres literarios, tanto particulares como universitarios. Alli están, entre otros, Julián López, Samantha Schweblin, Marcelo Carnero, Claudia Cortalezzi, Fernanda Farcia Lao y Agustina Bazterrica.

En el ámbito de la enseñanza universitaria, no ligados a talleres de escritura, se encuentran entre otros Sylvia Iparaguirre, Martín Castagnet, Carlos Gamerro, Martin Kohan, Florencia Abbate, Carlos Busqued y Pablo Maurette.

Como se ha dicho, hay menos entre los que trabajan en medios periodísticos, más allá de que, en la intimidad, una gran cantidad de cronistas, noteros y reporteros se sienten escritores “retenidos”. Aquí los editores consultados mencionaron a Mariana Enriquez, Horacio Convertini, Patricia Kolesnikov y los ahora muy televisivos Federico Andahazi y Jorge Asis, estos dos últimos con obras consagradas hace años.

Están los que trabajan en reparticiones estatales o instituciones vinculadas al Estado, como las universidades públicas, entre quienes figuran Francisco Artola, Abel Posse, Gonzalo Santos y Juan Terranova.

Hay varios emprendedores privados, dedicados por caso a las traducciones o a realizar guiones, como Carlos Marcos, Marcelo Cohen, Bibiana Ricciardi, Laura Ponce, Luis Chitarroni. Leila Sucari y Marcelo Birmajer.

Existe otra clasificación, que incluye a profesiones o empresarios agrícola-ganaderos como Pablo Martínez Burquett y Juan Simeran, así como de otros ámbitos extraculturales como Enrique Ferrari, Claudia Aboaf, Bob Chow, Hernán Domínguez Nimo, Ana Grymbaum y Ercole Lissardi.

“Vargas Llosa trata a la literatura como una esposa; yo como una amante”, dijo Onetti

 

Enterado de la confección de esta nómina, el novelista Simeran quiso aportar su granito de arena sobre lo que él considera que es la esencia del trabajo literario. Así, sostuvo que “Juan Carlos Onetti dijo una vez una frase lapidaria sobre Mario Vargas Llosa: “El trata a la literatura como a su esposa, y para mí la literatura es una amante” (con meritoria honradez intelectual, Vargas Llosa incluye esta frase en la biografía que escribe de Onetti)”

“Se refería a la costumbre de Vargas Llosa de escribir regularmente, y en determinado horario. Trabajar de cualquier otra cosa a mí me permite, justamente, vincularme con la literatura de ese modo que postula Onetti. Por deseo puro, por renovada atracción, por capricho, por tozudez. No por costumbre. Ni por imposición contractual. Con libertad para abandonarla, y también de ser abandonado”, concluyó Simeran.

 

 

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Jorge Asís y Federico Andahazi, periodismo y literatura desde diferentes ópticas / Archivo

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