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Séptimo Día |“SALAMANCA COMO GÉNERO DE FICCIÓN”
Escritores y ciudades, una extraña relación de amor-odio

“Dublín es Joyce, Borges es Buenos Aires y Pamuk es Estambul”. El libro de Dickens que retrata a Londres y a París. La literatura popular que viene de las calles. Dos poetas vencidos por Nueva York

Escritores y ciudades, una extraña relación de amor-odio

Vista desde la Torre de Gálata en Estambul / Ray Swi-Hymn, Wikipedia

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

3 de Octubre de 2021 | 07:27
Edición impresa

A sus 69 años de edad, el escritor turco Orhan Pamuk es un caso singular. Le llegó el Nobel en 2006, cuando acabó de escribir su novela –”Estambul”- en la que logró una compenetración tal con la ciudad en la que aún vive, que ya se ha dicho que así como “Dublín es Joyce y Borges es Buenos Aires, Pamuk es Estambul”.

Es una condición que puede extenderse a otros casos. Hace más de dos siglos Londres y Paris fueron Charles Dickens, que en la época de la Revolución Francesa las retrató en su “Historia de dos ciudades”. Allí habló de Londres, la ordenada, y de Paris la anárquica, la creativa. Escritores y ciudades se hermanan, se compenetran, ambas identidades dependen una de la otra.

El escritor turco Orhan Pamuk / Maka Gogaladze, Wikipedia

“En Estambul, la amargura es tanto un importante sentimiento de la música local y un término fundamental de la poesía como una manera de ver la vida, una actitud mental y lo que supone el material que hace a la ciudad ser lo que es”, dice Pamuk, el recluido hasta hoy en esa ciudad tan bella dividida por el cristalino estrecho del Bòsforo con sus aguas surcadas por toda clase de embarcaciones.

La novela de Pamuk, de 650 páginas, ilustrada por las fotos que él mismo sacó con una cámara que en su juventud le regaló el padre, se detiene en la tristeza de la ciudad, un tema muy común en estos escritores de ciudades. No se puede saber bien, en realidad, si la tristeza es intrínseca a ellas, si ya estaba en sus calles, o nace de la obra de estos creadores.

Pamuk ama a la ciudad, pero no se detiene a la hora de mostrar sus miserias y entonces confronta al Estambul profundo con a la soleada belleza del Bósforo: “Frente a la derrota, al desplome, a la opresión, a la amargura y a la pobreza que pudren por dentro a la ciudad, el Bósforo está identificado en lo más profundo de mi mente a sensaciones de unión a la vida, de entusiasmo por vivir y de felicidad”.

En su trabajo titulado “Literatura y Ciudad”, el escritor español Luis García Jambrina, dice que “como es bien sabido, la ciudad —cualquier ciudad— no es tan sólo un lugar geográfico, un territorio urbano. Es también un espacio literario, un ámbito en el que se funden el mito, la invención y la realidad. No en vano las ciudades las construyen también los escritores, los novelistas, los dramaturgos y, desde luego, los poetas”. .

“La ciudad es, por otra parte –sigue diciendo- un texto que no se acaba nunca de escribir y no dejamos nunca de leer, un territorio en el que se entrecruzan la invención y la memoria. La ciudad es en sí un gran relato, una novela de novelas, una tupida red de narraciones que se entrecruzan y se bifurcan, un gran símbolo, una creación autónoma de la imaginación, un hipertexto al que se vinculan infinitos textos, como el famoso libro de arena de Borges, un palimpsesto sobre el que escribimos una y otra vez las mismas historias y metáforas, siempre renovadas y distintas”.

Federico García Lorca en Nueva York / Archivo de la Fundación Federico García Lorca

El trabajo de García Jambrina recala, de pronto, en Salamanca. El capítulo se titula “La ciudad de Salamanca como género de ficción”. Y todo aquel que ha leído sobre Salamanca o ha estado en ella, sabe que no se puede prescindir del nombre de Miguel de Unamuno, un emblema literario salamanquino.

Dice García Jambrina que Salamanca “no un mero resultado de la historia y la política o un producto de la especulación, sino una creación de la imaginación. Esta ciudad, en efecto, la han inventado y construido también los escritores y, en general, todos aquellos que la piensan y la sueñan y la interiorizan cada día hasta hacerla suya y, al mismo tiempo, nuestra, como proverbialmente hizo Miguel de Unamuno. Salamanca, de hecho, podría ser un género literario, un género único al que podríamos llamar —por qué no— “Salamanca-ficción”.

Extraña, prolongada relación la de Fernando Pesoa con Lisboa. En uno de sus poemas cuesta saber si habla de él mismo o de su ciudad. “Todo se ve mejor porque yo digo/ Todo muestra mejor tu ser y tu falta/ porque yo digo/ Lisboa con su nombre de ser y no ser/ Con sus meandros de insomnio y asombro de estaño/ Y tu brillo teatral secreto/ Tu sonrisa intrigante de intriga y máscara/ Mientras el ancho mar hacia el oeste se expande/ Lisboa balanceándose como un gran barco/ Lisboa cruelmente construida sobre su propia ausencia/ Digo el nombre de la ciudad/ - digo para ver”

CUATRO CIUDADES

Hay cuatro ciudades en el mundo con letra propia. Propia y popular, surgida de los barrios bajos y que, sin embargo, alcanzaron a ser universales hasta hoy. Tal como se dijo alguna vez en esta columna, esas cuatro ciudades son las de Buenos Aires, Lisboa, Atenas y Paris.

Esas letras populares –convertidas en tangos, en fados, en canciones helénicas o atenienses- dispusieron de una voz fidedigna y ahora mitológicas. Se habla de varias mujeres y de un solo varón: Edith Piaf, por Paris; Nana Mouskouri y Melina Mercuri, por Atenas: Amalia Rodríguez, por Lisboa y Carlos Gardel por Buenos Aires.

Poetas que recogieron en los muelles, en las esquinas sombrías, en los circos, metáforas de vidas turbias y de mala reputación, que relatan amores imposibles y tristezas sin límites, lograron sin embargo enaltecer la condición de cada uno de esos escenarios y volverlos mitológicos.

En nuestro país tallaron los escritos –de fuerte raíz porteña- de Homero Manzi, Celedonio Flores, Alfredo Lepera, Catulo Castillo, Enrique Cadícamo, Celedonio Flores y Horacio Ferrer, entre muchos otros. ¿Ellos hicieron a la ciudad o la ciudad los hizo a ellos?

Una mujer acre y de solemnidad fue la Piaf, el “gorrión de Paris” que aún cautiva a millones de oyentes en todo el mundo. Desde una infancia de miseria, que la obligó a acompañar a su padre en las giras del circo donde trabajaba y en el que debutó como niña-cantante, la Piaf se convirtió en el más elevado estandarte artístico de París.

A tal punto llegó la idolatría que despertaba, que un gran escritor como lo fue Jean Cocteau, murió de tristeza poco después y el diario “Le Parisiene Libére” tituló ese día: “La muerte de Edith Piaf asesinó a Jean Cocteau”.

Cocteau analizó durante mucho tiempo ese sentimiento que despertaba Piaf, una mujer que apenas medía un metro con cincuenta, no agraciada físicamente y que enamoraba a todo varón que la conocía. Lo estudió hasta el día del final de la artista y allí escribió: “Este es el barco que completa el tránsito....Este es mi último día sobre esta tierra. No he conocido nunca a un ser más eficiente en su alma. No la desgastaba, más bien la entregaba, lanzaba oro a través de las ventanas”. Con su voz lastimada la Piaf lanzaba oro a través de las ventanas...buen intento para desentrañar la alquimia de los ídolos.

Edith Piaf / Archivo nacional Países Bajos

EL CONTRASTE

Hay muchas otras veces en que la “pareja” escritor-ciudad no se presenta como relación amorosa. Por el contrario, el escritor se ve aplastado por la ciudad y, si no termina odiándola, deja ver en su obra el dolor que le causa no entenderla. Le pasó a dos escritores hispanoamericanos –José Martí, Federico García Lorca- con la ciudad de Nueva York.

Martí vivió quince años en Nueva York, cuando la ciudad sólo tenía 1,5 millones de habitantes, pero ya asomaba como la gran urbe cosmopolita. El poeta –no el prosista, no el periodista que admiró el crecimiento de esa urbe- el poeta de los versos sencillos llegó a la metrópolis y quedó anonadado. Y allí cultivó el verso libre, desatado, para tratar de captar aquel volcánico desafío de la modernidad.

Uno de los mayores conocedores de la generación del 27 española, José Luis Cano, rescató en un extenso artículo publicado en El País en 1997 la visita de Federico García Lorca a Nueva York. El autor del Romancero, el andaluz que palpaba y cantaba con los latidos hondos, gestó en Nueva York –sobre esa ciudad que lo enfrentaba, expresa- una poesía inesperada. Y en ella escribió poemas transidos, enigmáticos, desalentados.

En “Navidad sobre el río Hudson”, así dicen los primeros versos: “¡Esa esponja gris! / Ese marinero recién degollado/ Ese río grande/ Esa brisa de límites oscuros,/ Ese filo, amor, ese filo/ Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo/ con el mundo de artistas que ven todos los ojos/ con el mundo que no se puede recorrer sin caballos./ Estaban uno, cien, mil marineros/ luchando con el mundo de las agudas velocidades/ sin enterarse de que el mundo/ estaba solo por el cielo...”

 

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