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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
Estamos llegando al final de otros doce meses malditos. Con lo poco que nos queda. Un calendario exhausto y cambiante nos mantuvo alertas y temerosos. Sólo cuarenta y seis muñecos se animarán a incendiarse para despedir un año que se pasó ardiendo. Las últimas cifras de contagios pusieron en duda la venturosa fama de Papa Noel. El vendaval del Covid-19 sigue allí, grandioso y orondo, dándose el lujo de avanzar o retroceder. El virus crece, muta, se disfraza, acecha de manera despiadada a un Mundo que de pronto se encontró ante un enemigo por ahora invencible.
A las puertas de un nuevo año, reviven los riesgos y las ilusiones. Aquella normalidad de antaño es pura nostalgia, lo que nos espera, en el mejor de los casos -dicen los epidemiólogos- es un vivir menos apremiante pero igualmente limitante, que nos dejará para siempre la mala noticia de que la proximidad enferma y que el otro es como un guardaespaldas que nos acompaña y también transmite peligro.
Estamos cansados. Ya no se trata de cambios drásticos capaces de hacer surgir lo impensado, sino de poder hacerle frente a un contrincante silencioso, mortal y persistente que nos ronda y no parece dispuesto a dejarnos en paz. Ya no apostamos a poder volver a lo que fuimos, sino a irnos acostumbrando a un estado de excepción indefinido.
Fue otro año perdido. El mundo continuó en pausa. Los cuarenta y seis muñecos barriales hoy están más impacientes que nunca. Quieren convertir en cenizas un año que se nos fue entre alcoholes, aforos y distancias. Por eso las quemas van a sonar más a exorcismo que a celebración. Fueron doce meses de lavados y barbijos, de manos vacías y caricias en cuenta gotas, de vacunas esperadas y consuelos renovados. Otro año con poco abrazo y mucho protocolo.
El cuerpo, eso sí, ha recobrado su lugar primordial. Aquello de que lo esencial es invisible a los ojos, se ha hecho a un lado. Hoy, lo esencial es salvar la ropa, como sea. Por allí penetra el virus, pero también los antídotos. Por el cuerpo tomamos distancias, sacrificamos abrazos, nos atamos a una supervivencia de pura lejanía y seguimos de cerca hasta el mínimo aviso que envía. El ser humano lo ha vuelto a sentir como termómetro infalible. Nos recordó que nos tenemos que adaptar a la servidumbre de un cuerpo que, sobre la marcha, está inventando un modo distinto de cuidarse y cuidar al otro. Una nueva corporalidad reina sobre esta tierra que ahora vuelve a estar en pausa y afligida.
Por temor a un nueva ola hay que regular las aproximaciones en un diciembre cargado de regalos y miedo. El amor ha tenido que acomodarse a un nuevo equilibrio entre el deseo y la prudencia. Ahora, la emoción y el espíritu se han tomado un descanso para que el cuerpo sea el protagonista de una lucha que lo tiene como víctima y soldado.
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Hemos pasado del estado de alerta al estado de fatiga pandémica, una mezcla de agotamiento, desánimo y malestar. Es una nueva situación mucho más difícil de gestionar. El virus nos va desgastando de a poco, a ritmo variado. Paradójicamente, la epidemia y sus distancias impuestas han favorecido una forma de unión menos presencial pero más solidaria.
El alejamiento forzoso ha impulsado la creación de grupos de apoyo, nos llamamos más porque estamos más interesados en los otros. Queremos oír sus voces, queremos cuidar más, y también sentirnos cuidados. Queremos saber de los demás porque nunca como ahora nos sentimos tan íntimamente ligados al destino del prójimo. La epidemia nos ha hermanado en el miedo, la incertidumbre y la esperanza.
“¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Que vuestros asuntos sean dos o tres, y no cien mil”, escribió el filósofo Henry David Thoreau en Walden. La distancia nos obliga a elegir y descartar a quién vemos, y nos aleja de distracciones sociales. La vida nos apura y estamos obligados a privilegiar cada encuentro y cada minuto. Lo superfluo se hace a un lado para poder llenar de vida este transcurrir tan azaroso y frágil. El 22 está llegando y nadie sabe que traerá. Pero hay que recibirlo con la mayor ilusión y el mejor ánimo. Como decía Pina Bausch: “Bailemos, bailemos, o estamos perdidos”.
Por temor a la nueva ola hay que regular las aproximaciones en un diciembre cargado de regalos y miedo
Sólo cuarenta y seis muñecos se incendiarán para despedir un año que se pasó ardiendo
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