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Revelaciones de la espera

Revelaciones de la espera

Desde hace poco más de un año hubo que recuperar el arte de la espera

Por: SERGIO SINAY (*)
sergiosinay@gmail.com

30 de Mayo de 2021 | 10:14
Edición impresa

Aunque hayan transcurrido veinticinco siglos desde que Atenas se encontrara en su esplendor político, filosófico y cultural los pensadores de la antigua Grecia nos siguen proveyendo de ideas y pensamientos cuya riqueza y sabiduría son inagotables. Tomemos a dos de ellos. Uno es Eurípides (480 aC-406 aC), natural de Salamina, gran poeta y dramaturgo, uno de los padres de la tragedia como genero teatral, junto a Esquilo y Sófocles, y autor de obras imperecederas, como “Medea”, “Electra” y “Las troyanas” entre varias más. Otro es Heráclito (540 aC-470 aC), nacido en la deslumbrante y culta Éfeso (hoy Turquía), uno de los filósofos que continúan marcando nuestro pensamiento, y que sintetizó sus ideas acerca del tiempo y el devenir en la legendaria consigna de que nadie se baña dos veces en el mismo río.

Eurípides advirtió: “Si no esperas lo inesperado no lo reconocerás cuando llegue”. A su vez Heráclito previno: “Lo esperado no sucede, es lo inesperado lo que acontece”. Pareciera que ambos nos hablan hoy al oído y, al mismo tiempo, a los gritos. Sabían lo que estamos obligados a aprender y asumir, mal que nos pese. Es decir que la incertidumbre, lo incontrolable, el imponderable y lo aleatorio preparan y administran el escenario en el que transcurre nuestra existencia. Sus voces resuenan fuerte en esas simples frases porque nos encuentran desconcertados, ansiosos, angustiados. Somos hijos de un tiempo en el que una tecnología desbocada y convertida en fin en sí misma, se sumó a modelos económicos y productivos que pusieron al consumo bulímico y la rentabilidad voraz por encima de cualquier valor inmaterial. De esa combinación, entre otras fuentes, nació una aceleración creciente, la impaciencia para vivir procesos y aguardar resultados, la incapacidad para reconocer límites, la ansiedad por la satisfacción inmediata o el descarte instantáneo de todo lo que no produjera esa satisfacción (en tal descarte quedaron incluidos objetos, artefactos y personas). La mayor parte de las novedades tecnológicas dejó de lado necesidades verdaderas y se enfocó en acortar los tiempos y eliminar los espacios hasta crearnos la ilusión de un presente continuo, sin pasado y sin futuro. El presente de las pantallas, atravesado por la impaciencia. Todo debe ocurrir ya, sin demora. Y con la ilusión de que un simple clic o una tecla borra los espacios. Como demiurgos, o falsos dioses, los humanos nos creímos capaces de modelar un mundo a imagen y semejanza de nuestros deseos, cada vez más urgentes y desmedidos.

TIEMPO DE GESTACIÓN

En eso estábamos cuando hace poco más de un año aconteció lo inesperado y aún nos cuesta terminar de reconocerlo. Desde entonces hubo que recuperar un arte olvidado, desechado, menospreciado. El arte de la espera. Más aun, de la espera incondicional. Sin promesa ni garantía. “La palabra paciencia significa disposición a permanecer donde estamos y a vivir la situación al máximo, en la creencia de que algo oculto se nos manifestará” decía el sacerdote holandés Henri Nouwen (1932-1996) en una de sus reflexiones sobre la espera incluidas en el libro “Semillas de esperanza”. En la mirada de Nouwen la espera es un tiempo de germinación. Cuando aprendemos a ejercitar ese arte algo se gesta. Pero para que esto ocurra es necesario separar la espera de la paranoia, no esperar escondidos y temerosos, aferrados a una idea de supervivencia muy precaria y elemental. No se trata de esperar que “no nos toque”, de no hacer olas para que el virus pase de largo, de encerrarnos física, mental y emocionalmente mientras convertimos la distancia social en una distancia mental y afectiva, paradójicamente aislados de la vida en el afán de sobrevivir.

Se trata en realidad, y valga la repetición, de convertir la espera en un verdadero “tiempo de esperar”. Como bien señala la ensayista Andrea Kohler en “El tiempo regalado”, su libro dedicado a este tema, “esperar es propio de toda evolución, ya sea la gestación o la pubertad, o el acopio y la vacilación durante el acto creativo”. La vida, dice esta escritora alemana, es una sucesión rítmicamente irregular de instantes que alternan con momentos en los que el fluir de lo esperable se detiene y de pronto todo cesa. Hay silencio exterior e interior.

¿Es posible convertir la espera obligatoria (producto no solo de lo imprevisto en sí, sino de la pésima gestión de lo inesperado por parte de quienes tienen una responsabilidad derivada de sus cargos y funciones) en una espera elegida? Quizás lo sea en la medida en que decidamos escoger, ya que de eso se trata, nuestra manera de esperar. En cuanto podamos hacer que esto sea para algo más que para regresar a la vieja y disfuncional normalidad. “La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar”, solía repetir en sus sermones el pastor presbiteriano y teólogo escocés Thomas Chalmers (1780-1847). Aun en las peores situaciones, en aquellas que nos encontraron más distraídos, indefensos, vulnerables o mal preparados, cualquiera de las tres condiciones propuestas por Chalmers (o las tres) pueden y deben ser tenidas en cuenta. Con ellas es posible diseñar un mapa existencial y recorrer el territorio que ese mapa ilustra.

LA LEÑA Y EL BROTE

El filósofo español Ángel Gabilondo (reciente candidato a alcalde de Madrid) sostiene que la paciencia “no se limita a aguardar la llegada de algo o de alguien, sino que con su quehacer crea las hospitalarias condiciones para que advenga: hace venir”. Por eso el ejercicio de la paciencia es un arte. Porque no se limita a un estado de hibernación, sino que se abre a un tiempo de aprendizaje, de descubrimientos. La espera es el titubeo antes del nacimiento, pensaba el escritor polaco Franz Kafka (1883-1924), autor de obras clásicas y reveladoras, como “El castillo”, “El proceso”, “América” o el relato “La metamorfosis”.

En momentos como el presente vuelve a la memoria un antiguo relato cuyo autor se desconoce. Narra que, ante la inminente llegada del invierno, un hombre necesitaba proveerse de leña. Buscó un árbol muerto y lo trozó. Cuando llegó la primavera el hombre advirtió que, en lo poco que quedaba del tronco que había hachado, asomaban unos brotes. “Creí que el árbol estaba muerto, le confesó con tristeza a su hijo que lo acompañaba, y ahora advierto que no era así. Nunca olvides esta lección, agregó, jamás cortes un árbol en invierno ni tomes decisiones importantes cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará, la primavera volverá y lo hará con nuevos brotes”. La espera nos recuerda que el tiempo existe y que transcurre en ciclos. Volvamos a los antiguos y sabios griegos. En este caso a Platón. El mundo entero, decía, es un “entrambos”. Todo, incluidos nosotros, existe en ese espacio indeterminado, entre el límite y lo ilimitado, entre el movimiento y la inmovilidad, entre lo definido y lo indefinido. No podemos huir del tiempo ni apresurarlo. A quien no sabe esperar, dice Andrea Kohler, los dioses lo castigan privándolo de la dicha del disfrute. Que la espera no sea un tiempo perdido depende de quien espera y cómo lo hace.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"

 

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