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Nicolás Sorarrain

Por Redacción

Toda muerte entristece, pero si quien partió fue un ser bondadoso, entonces el dolor por esa pérdida se vuelve caudaloso, incontenible. Este es el caso de Nicolás Sorarrain que, pese a su temprana ida, dejó para siempre el ejemplo de su hombría de bien.

En la antigua Grecia se vinculó el concepto de bondad con los de virtud y verdad. A esas cualidades, el cristianismo le agregó las nociones de generosidad, amabilidad, respeto, consideración, lealtad, honestidad y responsabilidad. Todos esos términos definen la personalidad de Sorarrain.

Nació el 21 de noviembre de 1974. Sus primeros años escolares fueron en el Normal 1, hasta que la familia Sorarrain-Malagamba se mudó a City Bell, y terminó el primario en la Escuela 38 y el secundario en la Media 12, ambas instituciones de Gonnet.

Estudió Ciencias Veterinarias en la UNLP, donde se graduó de médico veterinario. Fue en esa facultad jefe de trabajos prácticos y profesor, cargos ganados por concurso.

Especializado en genética rural, investigó en temas como planificación de los procesos ganaderos, planes de nutrición y sanidad y saneamiento de la inseminación bovina, abordajes que le valieron becas de reconocimiento.

Amó la vida del campo desde pequeño, cuando aprendió los primeros rudimentos en el establecimiento de Castelli de sus mayores, convirtiéndose con el tiempo en un habilidoso en el arte de las costuras de campo

Fue un destacado deportista. Al igual que su padre, jugó al rugby en el club La Plata y era entrenador en las divisiones inferiores. Estaba ligado asimismo a Santa Bárbara como esposo y padre de jugadoras. Era hincha de Estudiantes.

Tenía espíritu aventurero, le gustaba viajar y lo hacía con su mujer Celeste Villa Abrille y sus tres hijos (Francisca, Juan Cruz y Martina). Cargaba su auto, le sumaba el kayak y la familia buscaba los lagos más lejanos. Fue maratonista y cultor de la vida al aire libre; un gran hijo, guía de sus hermanos menores, jefe de familia ejemplar; amigo leal, querido por todos, siempre dispuesto a ayudar.

Sembró amor sin ver nunca en donde caía la siembra y su forma de ser, solidaria y espontánea, le hizo conquistar afectos que no lo olvidarán. “La gente buena, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre gente alegre”, dijo Ernest Hemingway. Y ese, el de la bondad a todo trance, fue el legado esencial de Nicolás Sorarrain.

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