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Séptimo Día |Vigencia de los opuestos en la Argentina
Locura y cordura, el legado que llega de Mendoza y de Garay

La marca de las dos fundaciones de Buenos Aires. Testimonios literarios de Enrique Larreta, Manuel Mujica Lainez y otros. De la ilusión al desastre. Reaparición de esa dualidad en la actual novela distópica

Locura y cordura, el legado que llega de Mendoza y de Garay

“Buenos Aires” se llamó así por primera vez en 1536, cuando Pedro de Mendoza y más de 1.500 tripulantes desembarcaron en las orillas del Río de la Plata / web

Por: Marcelo Ortale
marhila2003@yahoo.com.ar

12 de Junio de 2022 | 05:34
Edición impresa

La primera fundación de Buenos Aires data de 1536 y fue obra de don Pedro de Mendoza, que llegó en nombre de Carlos V al frente de una expedición que venía con objetivos suntuosos y que terminó en una agonía desesperante, con casos de canibalismo, rodeada de indios que no dejaron de arrojarle flechas incendiarias.

Los testimonios literarios de aquellos días iniciales –terribles y escabrosos- se ven correspondidos en la actualidad por muchas novelas distópicas, que son la última moda de la literatura porteña. Nada nuevo bajo el sol.

Aquella primera empresa fundadora duró poco tiempo. Mendoza enfermó –sus lamentos nocturnos en la aldea devastada aterrorizaban a sus compañeros- se embarcó de regreso, murió en el trayecto y fue arrojado al mar. Otros se encargarían entonces de “desfundar” a Buenos Aires, huyendo todos de aquella alucinación hacia el Paraguay.

En 1580 vino Juan de Garay, un hombre desprovisto de grandes sueños –ya sabría que no había oro en ninguna parte- e impuso su sello de orden para crear una ciudad segura, con muchas huertas, con una legión de mujeres cuidadosas y un típico diagrama colonial. Había un plan, había que comerciar con Ultramar.

Lo cierto es que Mendoza y Garay, por sus contrastes, protagonizaron la primera teoría de los opuestos, de las dicotomías argentinas

Varios escritores de justificado renombre se ocuparon de estas fundaciones. Las crónicas de Ulrico Schmidel, alemán que vino que Mendoza y que fue el primer cronista de esperó la entrevista Horacio Convertini (1961), escritor y periodista; Pero Hernández, historiador colonial, autor de “Relación de las cosas sucedidas en el Río de la Plata”, escrito en 1545” y ya avanzado el país, Paul Groussac y sobre todo Enrique Larreta y Manuel Mujica Láinez. Leerlos no tiene nada de anacrónico, ya que lo que cuentan podría estar pasando ahora mismo y, por lo visto, también mañana.

En su libro “Las dos fundaciones de Buenos Aires” dijo Larreta que esos dos actos fundadores, tan diferentes uno de otro, “habían de dejarle para siempre a la ciudad doble sello. Su historia sería en adelante conflicto o concierto de esas dos cualidades. Desenfado andaluz, cordura vizcaína”.

Parece una buena síntesis, un claro anticipo. El andaluz desenfadado, Mendoza, frente al cuerdo vizcaíno, Garay. Pero Larreta no los anula como alternativa, ya que además de conflicto, puede haber concierto, asegura.

El prologuista de la novela de Larreta, Enrique de Gandía, habla del hechizo misterioso que el autor logró rescatar de aquella doble Buenos Aires: “El romance de las dos fundaciones ha llegado a su fin…Parecía imposible que en tan pocas páginas pudieran encerrarse tantas bellezas y, no obstante, la obra se ha hecho. Los historiadores se asombran de que en los fríos documentos de la conquista se haya hallado tanta emoción y tanto espíritu…”.

Larreta describe primero a un Mendoza ilusionado: “Acompañaban a un Mendoza treinta y dos mayorazgos. Hubo que rechazar a muchos por falta de espacio en los bajeles. Esta vez se entraría por el Río de la Plata y, siguiendo siempre aguas arriba, se llegaría seguramente al Pacífico. Sería como pasar la red por un mar de riquezas. Las capitulaciones decían: “Que de todos los tesoros que se ganasen, ya fueran metales, piedras u otros objetos y joyas…”- “Que en caso de conquistar algún imperio opulento….”. Parecen palabras de don Quijote a su escudero”.

Pocos meses después escribiría Schmidel: “No nos quedaban ni ratas ni ratones ni culebras ni sabandija alguna que nos remediara en nuestra gran necesidad e inaudita miseria. Llegamos a comernos los zapatos y cueros todos”, dice. Poco después, por delitos cometidos, fueron ahorcados tres españoles y los que vinieron en busca de algún imperio opulento cortarían sus muslos y otras partes para comerlos.

Tendido en una choza miserable, así agonizó Mendoza entre muebles de estilo y tapices con emblemas de su nobleza que había traído de España. Sin embargo, era ya un espectro sombrío. Su error había sido absoluto. Pensó que los indios se subordinarían ante su sola presencia de conquistador con armadura, como había ocurrido en algunas otras partes de América. Aquí le respondieron con embestidas hostiles hasta dejarlos quietos en una ciudad sin pan ni agua.

MUJICA LAINEZ

En 1950 el escritor argentino Manuel Mujica Láinez presentó “Misteriosa Buenos Aires”, una selección de 42 relatos breves que describen la vida de Buenos Aires desde su primera fundación hasta el año 904. Los cuentos, en su mayor parte realistas, incluyen textos oníricos, imaginativos. El referido a los tiempos líricos de Pedro de Mendoza se titula “El hambre”.

Dice que Mendoza había llegado con catorce naves por un inmenso río y que allí, sobre la costa, realizó la primera fundación de un poblado que, por sus buenos vientos y aires, bautizó como Santa María del Buen Ayre.

El cuento empieza así: “Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo”.

No hay descanso para los abrumados integrantes de aquella expedición. “En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes”.

Utopías DESHECHAS

Hace dos años se habló en esta columna de una novela del porteño Horacio Convertini –“Los que duermen en el polvo” (Alfaguara, 2017)- en donde se describen escenas imaginarias de casos recientes de canibalismo en Nueva Pompeya.

En su novela que es una distopía –representativa de una de las corrientes dominantes hoy en la narrativa- su protagonista central cuenta: “Prendí el televisor e hice zapping en busca de alguna película que pudiera interesarme, pero no encontré ninguna y dejé la CNN en español en mute. Me capturaron unas imágenes extrañas, filmadas con pulso nervioso, desde la ventana de un piso alto: tres personas tiradas sobre una cuarta, arrancándole pedazos de carne a los mordiscones. Un sobre impreso decía: Horror caníbal en la Argentina”.

Su compañera llega del baño y el personaje principal le cuenta: “Algo terrible está sucediendo en Buenos Aires, le dije, y señalé el televisor. Le costó enfocarse en la pantalla. Negó con la cabeza, se levantó con paso inseguro, fue al baño a lavarse la cara y volvió. Qué es eso, preguntó, y yo contesté lo que había escuchado: gente que atacaba gente a mordiscones hasta dejarla malherida o muerta”.

Mendoza, Garay, el sello. Lo posible, lo imposible. Lo ideal, lo real. Después vendrán saavedristas y morenistas. federales y unitarios, rosistas y antirrosistas, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas. Hace cinco siglos que se reitera la desquiciada expedición de Pedro de Mendoza, seguida por la sensata empresa de Garay. En cualquiera de ambos extremos hay alegría y tristeza, placer y dolor. La alternativa sigue abierta.

Pensó que los indios se subordinarían ante su sola presencia de conquistador

“No nos quedaban ni ratas ni ratones. Llegamos a comer los zapatos y cueros todos”

 

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Retrato al óleo de Pedro de Mendoza / Ministerio de Cultura

“Buenos Aires” se llamó así por primera vez en 1536, cuando Pedro de Mendoza y más de 1.500 tripulantes desembarcaron en las orillas del Río de la Plata / web

Manuel Mujica Láinez / Ministerio de Cultura

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