Cómo el entorno y la historia personal influyen en la salud y el comportamiento
Edición Impresa | 22 de Febrero de 2026 | 02:56
Durante décadas, el debate entre naturaleza y crianza dividió aguas en el mundo científico y también en la conversación cotidiana. ¿Somos lo que dictan nuestros genes o lo que hacemos con ellos a lo largo de la vida? Hoy, la epigenética aparece como un puente entre esas dos orillas y propone una respuesta más compleja y, al mismo tiempo, más esperanzadora. El doctor Ezequiel Surace, bioquímico y doctor en biología molecular del Fleni, lo sintetizó con claridad: nada está completamente determinado por la genética, porque el ambiente y la experiencia pueden modificar quiénes somos.
La epigenética es la disciplina que estudia cómo el entorno y la trayectoria vital influyen en la expresión de los genes sin alterar la secuencia del ADN. Es decir, el “texto” genético permanece, pero puede cambiar la forma en que se lee. A nivel molecular, se trata de modificaciones químicas que se producen tanto en el ADN como en las proteínas asociadas que lo regulan. Esas marcas pueden activarse o silenciarse en función de estímulos ambientales, experiencias emocionales, hábitos, estrés, alimentación o contextos sociales. En otras palabras, el ambiente no reescribe el genoma, pero sí modula su mensaje.
Surace advierte sobre el peligro del reduccionismo biológico, esa tendencia a explicar comportamientos, aptitudes o enfermedades únicamente por la herencia genética. Durante años, el avance de la biología molecular y la secuenciación del genoma humano alimentaron la idea de que el destino estaba escrito en los genes. El anuncio público del mapa del genoma, celebrado en la Casa Blanca por el entonces presidente Bill Clinton junto al científico Craig Venter, marcó un hito científico, pero también consolidó una narrativa simplificada: la creencia de que todo estaba en el ADN. Con el tiempo, la investigación mostró que la realidad es mucho más matizada.
El COVID-19 fue un ejemplo contundente del impacto del ambiente en la biología
“Todos los seres humanos tenemos los mismos genes; lo que cambia es la secuencia de nucleótidos”, explicó Surace en una entrevista reciente en Infobae. Entre hermanos biológicos se comparte aproximadamente el 50% del genoma, mientras que los gemelos monocigóticos son genéticamente idénticos. Sin embargo, incluso entre gemelos pueden observarse diferencias marcadas con el paso del tiempo. ¿La razón? Las experiencias de vida dejan huellas biológicas medibles que influyen en la expresión genética. La casa, la escuela, los vínculos, las oportunidades, los traumas y hasta los acontecimientos históricos atraviesan el cuerpo y dejan señales químicas que modulan el funcionamiento de los genes.
La doctora Lucia Crivelli, jefa de Neuropsicología en Adultos del Fleni y doctora en Psicología con orientación en Neurociencia Cognitiva Aplicada, sumó una pregunta clave: si se tienen los mismos genes, ¿por qué dos hermanos pueden ser tan distintos? La respuesta, desde la epigenética, desarma el determinismo: no se trata de “tener o no tener” un gen, sino de cómo ese gen se expresa en un contexto determinado. La mayoría de los rasgos humanos son multifactoriales. Existen características fuertemente influidas por la genética, pero en la vida cotidiana predominan las combinaciones complejas entre predisposición biológica y ambiente.
Un ejemplo ilustrativo es el de las enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Hay formas mendelianas, netamente genéticas, en las que ciertas variantes aseguran prácticamente el desarrollo de la enfermedad, pero representan un porcentaje mínimo de los casos.
En la enorme mayoría, más del 95%, intervienen múltiples factores. Existe predisposición genética, sí, pero también inciden el nivel de estimulación cognitiva, la actividad física, la alimentación, el entorno social y la llamada reserva cognitiva. Es en ese terreno donde la acción individual y colectiva puede marcar una diferencia.
La pandemia de COVID-19 ofreció un ejemplo contundente del impacto del ambiente en la biología. Más allá del virus en sí, el aislamiento prolongado, el miedo, la incertidumbre y la ruptura de rutinas dejaron huellas en la salud mental y cognitiva de millones de personas. Estudios realizados en Argentina y en otros países detectaron aceleración en ciertos indicadores de envejecimiento cerebral, incluso en personas que no habían contraído el virus. Para Surace, estos fenómenos deben entenderse desde una mirada multifactorial: no todo se explica por un agente biológico específico, sino por la interacción entre contexto extremo y vulnerabilidades individuales.
La epigenética, lejos de negar la importancia de la herencia, la integra en un marco más amplio. No todo es totalmente flexible, pero tampoco todo está sellado al nacer. La identidad biológica se construye en diálogo permanente con el entorno. Cada experiencia, desde la infancia hasta la adultez, puede dejar marcas que influyen en cómo se activan o se silencian determinados genes. Esa interacción constante abre un espacio para la prevención, el cuidado y la intervención.
“Ya no podemos decir ‘está en mis genes, no puedo hacer nada’”, sostuvo Surace al cierre de la entrevista. La ciencia actual invita a abandonar la idea de un destino inmodificable y a asumir que, incluso en lo más profundo de nuestra biología, existe margen para la acción. En tiempos atravesados por crisis sanitarias, sociales y económicas, la epigenética aporta una noticia alentadora: la historia personal, los vínculos y el ambiente importan. Y mucho.
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