Cuando el amor también abdica: la otra cara del “vivieron felices para siempre”
Edición Impresa | 22 de Febrero de 2026 | 03:02
Por VIRGINIA BLONDEAU
Se nos rompió el amor de tanto usarlo. Así dice la canción y así es la realidad de miles de matrimonios que ven como esa comunión de cuerpos y de almas que alguna vez experimentaron, se convierte en despojos. Y es la antesala del temido divorcio.
Ya pasadas las mieles de San Valentín, volvemos a ser los mismos escépticos de siempre, dejamos de mandar memes con corazones rojos y podemos permitirnos conocer y analizar la otra cara del amor. Y, como es habitual en esta columna, nos centraremos en los desamores de la realeza terminados en escandalosos divorcios.
Inglaterra, sin duda, ha sido pionera y principal protagonista de los pleitos matrimoniales más resonados de la historia. Hubo incluso uno que cambió, literalmente, la historia: el del rey Enrique VIII y la reina Catalina. Es cierto que el amor no se les rompió porque en esa época no era condición estar enamorados para casarse, pero sí hubo un quiebre. Y de los grandes.
Catalina era la hija menor de los Reyes Católicos españoles, los mismos que le financiaron el viaje a Colón. Cuando cumplió dieciséis años, en 1501, la mandaron a Londres para que se casara con el príncipe Arturo, de quince. Luego de los esponsales, Catalina esperó pacientemente la consumación del matrimonio pero los que conocían íntimamente a Arturito sabían que el muchacho no tenía atributos suficientes como para que ello ocurriera. Bastante debilucho y un poco enfermo, el joven murió pocos meses después dejando a Catalina viuda y virgen.
Los Reyes Católicos reclamaron la devolución de la dote pero el rey de Inglaterra, padre de Arturo, les propuso que la joven, ya que estaba en Londres, se casara con Enrique, su segundo hijo y heredero. Era una buena solución pero el papa de turno debía autorizarlo ya que los contrayentes habían sido cuñados. Parecía un trámite fácil ya que Arturo y Catalina “no habían hecho otra cosa más que tomarse de las manos” pero cuestiones de poder político hicieron que Catalina tuviera que esperar hasta 1509 para casarse con Enrique que ya reinaba como Enrique VIII.
No podía haber en la tierra dos seres más diferentes. Según el historiador Antonio Floriano “Se mantuvo este matrimonio durante quince o dieciseis años en una relativa paz conyugal. El Rey, de tan exuberante naturaleza física como débil consistencia moral, dado a las fiestas, a los torneos, a la caza y a los banquetes, en los que solía hacer un alarde de despreocupada glotonería, contrastaba con el carácter severo de la castellana Catalina, la cual, sin embargo, mal que bien, atenta siempre a sus deberes de esposa, se resignaba pacientemente a la sevicia de su marido, transigiendo resignada con sus brutalidades y hasta con sus frecuentes excursiones al extrarradio matrimonial.”
Nada podía funcionar bien pero lo que hizo estallar todo fue que Enrique se enamoró de Ana Bolena, una de las damas de compañía de su esposa. La chica no era especialmente virtuosa pero le aclaró al rey que a sus intimidades solo se llegaba por el camino del altar. Enrique, desesperado, le pidió al papa que anulara su matrimonio con Catalina con el débil argumento de que alguna vez habían sido cuñados y de que ella no le había dado hijo varón. Por supuesto que su pedido fue rechazado. Enrique, ni corto ni perezoso y azuzado por el ansia de poder de los obispos, se divorció igual no solo de Catalina sino también de la iglesia católica apostólica romana. Así fue creada la iglesia de Inglaterra de la que el monarca reinante es jefe y el arzobispo de Canterbury su líder espiritual.
En la actualidad, lógicamente, esa jefatura la ostenta el rey Carlos III, un hombre que protagonizó otro divorcio igual de escandaloso.
Entre Enrique y Carlos median cinco siglos. Un período en el cual la palabra “divorcio” estuvo prohibida en la corte. Hasta que el diablo metió la cola y de la considerada la “boda del siglo” germinó el “divorcio del siglo”.
Carlos, príncipe de Gales, y lady Diana Spencer se habían casado en 1981 con toda la pompa posible para una monarquía en el siglo XX. Él tenía 32 años y, si ser un donjuán, había tenido cierta experiencia con mujeres. Incluso había estado enamorado de una chica de su círculo de amigos llamada Camila poco apropiada para futura reina. Pasaba el tiempo y, a su edad, ya era tiempo de buscar esposa, preferiblemente entre la aristocracia inglesa. Diana Spencer tenía 19 años, era hija de un conde y se había criado leyendo las novelas románticas que escribía su abuela. Que un príncipe se fijara en ella, la cortejara y la convirtiera en esposa no hacía más que confirmar que la ficción, a veces, se convierte en realidad. Parecían hechos el uno para el otro pero todo resultó un espejismo.
Inglaterra ha sido protagonista y pionera de pleitos matrimoniales más resonantes
Ni Carlos ni su familia hicieron ningún esfuerzo en ayudarla a Diana a aclimatarse a la vida en palacio y, ante las primeras desavenencias, los trastornos alimenticios de ella recrudecieron. Los dos fueron infieles y, al confesarlo públicamente, emprendieron un camino sin retorno. En el tradicional discurso de Navidad, en diciembre de 1992, la reina Isabel II tuvo que confesar con pesar y casi avergonzada que nada más y nada menos que el futuro rey de Inglaterra se separaba de su esposa. Y no solo eso: también habían pedido el divorcio ese mismo año su única hija mujer, Ana, y su segundo hijo, el príncipe Andrés. La monarca calificó a 1992 como su annus horribilis.
Carlos y Diana concretaron su divorcio en 1996, justo un año antes de la trágica muerte de la princesa. Entre tanta desgracia una cosa sí tuvo de bueno el episodio: el divorcio dejó de ser tabú entre la realeza británica. Ya nadie es expulsado de la corte si se les rompe el amor y quieren legalizar los despojos.
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