El consenso de una política económica ¿un avance o una nueva ilusión pasajera?

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Germán López

Mientras llueven los misiles en Medio Oriente y los mercados -junto con el petróleo- se suben a una montaña rusa, el Fondo Monetario Internacional afirmó que la Argentina se encuentra en una “posición cómoda” para resistir los efectos del conflicto.

A pesar del contexto bélico, el organismo multilateral mantiene una perspectiva optimista sobre el crecimiento del país. Esa fortaleza surge de su condición -recientemente adquirida- de exportador neto de energía, pero también del orden de sus cuentas fiscales.

Este escenario abre una pregunta: ¿el superávit -o al menos el equilibrio fiscal- y el control de la inflación se convirtieron en una política de Estado con consenso creciente, más allá de las diferencias ideológicas y partidarias, o se trata -como ocurrió en otros momentos- de una ilusión pasajera?

La presencia de once gobernadores en el Argentina Week -Alfredo Cornejo (Mendoza), Gustavo Sáenz (Salta), Raúl Jalil (Catamarca), Ignacio “Nacho” Torres (Chubut), Marcelo Orrego (San Juan), Claudio Vidal (Santa Cruz), Carlos Sadir (Jujuy), Alberto Weretilneck (Río Negro), Rolando Figueroa (Neuquén), Martín Llaryora (Córdoba) y Juan Pablo Valdés (Corrientes)- parece confirmar la emergencia de un nuevo consenso.

Más que política

El giro puede compararse, en términos de alcance, con el acuerdo que hace 43 años consolidó la democracia como sistema de convivencia. No se trata solo de una coincidencia política, sino también de una aceptación social: la estabilidad fiscal empieza a ser percibida como una condición necesaria.

El llamado “riesgo argentino” radica precisamente en lo contrario: la dificultad histórica para sostener en el tiempo políticas de Estado en materia económica. Cada proceso electoral reabre esa incertidumbre y reactiva una conducta conocida: la búsqueda de refugio en activos sólidos y en moneda dura. Esa volatilidad es la que sigue generando dudas entre los inversores.

Argentina arrastra, además, una memoria económica difícil de ignorar: defaults recurrentes, episodios de hiperinflación y el recurso sistemático a la emisión para financiar desequilibrios. Un país que incluso llegó a aplaudir en el Congreso la suspensión de pagos de su deuda.

El cambio de época se gestó como una combinación de hartazgo y necesidad de supervivencia. A fines de 2023, esa tensión empujó a una mayoría del electorado a optar por una alternativa disruptiva, vista como el vehículo de un cambio impostergable.

Esa decisión fue ratificada en las elecciones de octubre 2025, cuando -contra muchos pronósticos- se consolidó un respaldo que, en buena medida, se construyó con votos “prestados”: electores sin una identificación plena con el oficialismo, pero dispuestos a sostenerlo para evitar un retorno a políticas anteriores.

Hoy, la oposición no parece en condiciones de disputar el poder en 2027. Su principal dificultad no es solo electoral, sino conceptual: construir una alternativa que discuta los instrumentos, el estilo y los modos sin poner en cuestión el nuevo consenso fiscal.

Qué dijo un expresidente

Algo de eso pareció vislumbrar Mauricio Macri, quien el pasado jueves en Parque Norte -en lo que se interpretó como un posicionamiento de cara a las presidenciales de 2027- afirmó: “Lo que está en juego no es una elección, sino si el cambio tiene raíces suficientemente profundas para perdurar. Hay millones de argentinos que se sacrificaron por el cambio y todavía esperan que sus vidas mejoren. Somos el próximo paso”.

El expresidente advierte que, una vez desaparecido el monopolio del “buen comportamiento fiscal”, una porción significativa del electorado podría recuperar la “libertad” de votar sin temor al regreso del populismo.

El “voto pánico”, que resultó clave en las presidenciales de 2023 para el triunfo de Milei en el balotaje y en la recuperación oficialista en las legislativas tras el traspié de septiembre, mantuvo cautiva la voluntad de millones de votantes y fue un activo central para el oficialismo. Si ese temor se diluye, las terceras vías podrían volver a disputar ese electorado.

No es casual que Macri haya salido a marcar estas diferencias y a ofrecerse como una instancia superadora: su imagen registra una leve mejora en las encuestas, en el mismo momento en que el Gobierno atraviesa una etapa compleja, impactada por los escándalos de $LIBRA y el caso Adorni.

¿Y Cristina?

Al mismo tiempo, el llamado “riesgo kuka” parece retroceder. El paso de Cristina Fernández por los tribunales en los últimos días funcionó como una señal de su pérdida de centralidad política y de influencia: el posible fin de un ciclo. En paralelo, sectores del peronismo empiezan a ensayar liderazgos alternativos.

Tras el envión del oficialismo luego de las elecciones de octubre y con logros legislativos relevantes -como la aprobación del Presupuesto y la reforma laboral-, comienza otra etapa. Una en la que los libertarios ya no corren solos: la reactivación económica se demora, el consumo sigue deprimido, el cierre de empresas se multiplica y la caída del empleo amplifica la incertidumbre social.

En ese contexto, empieza a abrirse una ventana para nuevas construcciones políticas. La clave será si logran articular una propuesta capaz de garantizar la continuidad del orden macroeconómico sin resignar una mejora tangible en la vida cotidiana.

Porque, en definitiva, la estabilidad ya no alcanza por sí sola: el desafío pasa por transformarla en crecimiento. Y es en esa transición donde el nuevo escenario político empieza a definirse.

 

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