De un “impulso”, a ser marido y mujer

Esta es la historia de Raúl y Teresa. Se conocieron por casualidad en Plaza Rocha y, desde ese momento, no se separaron más. Él aseguró que siguen enamorados y que no se imaginan sin el otro

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Sábado. El atardecer -las agujas del reloj m,arcaban lñas 18 para ser precisos- del 21 de mayo de 1994 emergía en la Plaza Dardo Rocha -aquella que une las avenidas 7 y 60- de la Ciudad.

Raúl había dejado a su hijo pequeño en una fiesta de cumpleaños. Teresa venía caminando desde el otro lado de la plaza. Ninguno de los dos miraba demasiado a su alrededor.

“Caminaba por inercia”, recordó -en diálogo con EL DIA- Raúl hoy, con la claridad de quien ha repasado ese momento muchas veces. “Tenía la mente totalmente en blanco”, agregó. Teresa, según él, también. Ella venía por la vereda que continúa a la Avenida 60 en dirección a 1. Él por la vereda que sigue a la avenida 7 hacia Plaza San Martín. Dos trayectorias que convergían sin que ninguno lo supiera, sin que ninguno lo buscara. “Casi nos llevamos por delante porque creo que ni miramos a nuestro alrededor”, dijo.

Fue un impulso hablarle. Así lo describe él: un impulso, sin más explicación ni elaboración. Y de ese impulso nació una conversación que duró todo el trayecto hasta la avenida 1, donde se despidieron con un acuerdo sencillo y preciso: verse el mismo día, a la misma hora, la semana siguiente. Así fue. La segunda vez caminaron hasta Plaza San Martín. Ahí fue el primer beso. “Desde ese momento, no nos separamos más”, contó él.

Raúl tiene 72 años y el próximo 21 de mayo cumple 32 junto a Teresa. Pero cuando explica por qué confió en ella desde el principio, no habla de flechazos ni de amor a primera vista. Usa otras palabras, más precisas y más suyas. “Hablar con Teresa era un certificado de confianza. La vi honesta y transparente, no dudé un instante en ello”, recordó.

Lo cierto es que ambos venían golpeados. Raúl lo admitió sin rodeos: “veníamos de fracasos”. Los dos llegaban a ese encuentro con el equipaje de matrimonios anteriores, con hijos ya crecidos, con cicatrices que la vida reparte sin pedir permiso. Hubo tires y aflojes al principio, como era esperable entre dos personas que habían aprendido a desconfiar del amor. Pero algo pudo más. “El ‘cuore’ pudo más”, dijo, y en esa palabra italiana que eligió para nombrar al corazón hay toda una declaración de principios: algunas cosas no se explican del todo, y está bien así.

Teresa había llegado desde Perú dos meses antes de ese encuentro, en busca de una nueva vida, a trabajar. A los dos meses de estar en la Argentina, aquella tarde en la plaza, se cruzó con Raúl. Logró su nacionalización, y tiempo después se casaron en segundas nupcias. Lo que empezó como una conversación casual entre dos desconocidos se fue convirtiendo, día a día y con altibajos, en una vida construida en común. “En los primeros tiempos hablábamos de todo, horas y horas”, rememoró Raúl. Y agregó: “Aún lo seguimos haciendo”.

A poco de conocerse, ya hablaban de cuidarse mutuamente. Esa palabra aparece temprano en la historia de Raúl y Teresa y no se va más. Es casi un programa de vida. La madre de Raúl, preocupada por la vida de su hijo, comenzó a querer a Teresa antes de conocerla en persona, con solo escuchar los comentarios de él. El amor se contagia así, a veces: por descripción, por el brillo en los ojos de quien cuenta.

Él tiene una manera muy particular de entender su propia historia. La narra también como una fábula, con personajes alegóricos que se reúnen en una especie de consejo para organizar ese encuentro: el Destino, la Alegría, la Felicidad, el Futuro. Pero en su relato hay también un personaje incómodo e inevitable: la Crisis. Y Raúl no la expulsa ni la niega. La deja entrar. “Sin crisis la vida sería aburrida”, dijo. La Crisis acepta su rol menor: aparecer poco, ser superada siempre. Porque ellos, explicó, “siempre mirarán y caminarán para el mismo lado, se protegerán mutuamente”. No es un ideal. Es una descripción de lo que han hecho durante 32 años.

“No imagino una vida sin ella”, sentenció Raúl y sumó: “Ni ella ni yo podríamos vivir separados, es un enamoramiento constante.” Treinta y dos años, y sigue usando esa palabra: enamoramiento. No costumbre, no compañía, no comodidad. Enamoramiento. Constante.

Hoy viven con una nieta mayor de edad. Tienen hijos y nietos de ambas partes, ya grandes, con sus propias familias. Raúl eligió este aniversario para contarles su historia a todos, incluida ella. “Con esta nota, se sorprenderá y se emocionará muchísimo”, anticipó, con la complicidad dulce de quien lleva 32 años conociendo bien a la persona que ama.

Y en el texto que le escribió para este aniversario, con fecha, hora y lugar exactos Raúl le dijo a Teresa: “Gracias por amarme y cuidarme incondicionalmente, por ser el amor de mi vida, mi alma gemela y dueña absoluta de mi corazón”.

Hay amores que necesitan el escenario perfecto para nacer. Y hay amores que nacen entre dos personas con la mente en blanco, caminando por inercia en direcciones distintas, que casi se chocan en el medio de una plaza y deciden, sin demasiado plan, seguir caminando juntos.

Treinta y dos años después, siguen caminando hacia el mismo lado.

 

Raúl y Teresa

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