La andropausia, hoy: la falta de testosterona oscila entre el subdiagnóstico y el exceso de tratamientos
Edición Impresa | 10 de Mayo de 2026 | 07:28
No hay un día preciso, ni una fecha que marque el inicio. Tampoco un corte abrupto que divida un antes y un después, como ocurre en la menopausia femenina. Sin embargo, en el cuerpo masculino también existe un proceso de transformación ligado al envejecimiento hormonal.
Es gradual, persistente y, en muchos casos, pasa desapercibido: la andropausia, o hipogonadismo de inicio tardío, constituye una de las zonas más difusas -y menos abordadas de forma integral- dentro de la medicina contemporánea.
Lejos de tratarse de un fenómeno excepcional, la caída de la testosterona comienza, en promedio, a partir de la cuarta década de vida. Se estima que ese descenso se produce a un ritmo del 1% al 2% anual.
La endocrinóloga platense Alejandrina G. Patitucci -en diálogo con EL DIA- lo define como un proceso fisiológico esperable, pero advierte que puede adquirir relevancia clínica cuando se traduce en síntomas concretos. “Cuando ese descenso se acompaña de signos que afectan la calidad de vida, estamos frente a un cuadro que puede requerir tratamiento”, explica.
Esa distinción -entre lo esperable y lo patológico- es central. Porque no todo descenso hormonal implica enfermedad, pero tampoco debe ser ignorado cuando impacta en la vida cotidiana.
EL PROBLEMA DE NOMBRAR
Desde su propia denominación, la andropausia arrastra una ambigüedad conceptual. El término, ampliamente difundido, sugiere un paralelismo con la menopausia que no es exacto. En los varones no existe una interrupción brusca de la función gonadal, sino una declinación progresiva y heterogénea.
Por eso, en la literatura médica se prefiere hablar de hipogonadismo de inicio tardío o déficit androgénico del adulto. Esta precisión no es meramente semántica: condiciona la forma en que se diagnostica, se investiga y se trata el fenómeno.
La dificultad para delimitarlo con claridad también explica, en parte, su baja visibilidad como objeto específico de estudio. La mayor parte de la evidencia aparece dispersa en trabajos sobre endocrinología, metabolismo, envejecimiento o salud sexual masculina.
DIAGNOSTICAR EN LA INCERTIDUMBRE
Uno de los principales desafíos es el diagnóstico. A diferencia de otras condiciones, no existe un único indicador que permita confirmarlo.
Según Patitucci, el abordaje debe apoyarse en tres pilares: síntomas clínicos compatibles, niveles de testosterona inequívocamente bajos y la exclusión de otras patologías que puedan explicar el cuadro.
Ese último punto es clave.
Muchas de las manifestaciones iniciales son inespecíficas y se confunden fácilmente con otros trastornos.
La astenia, la falta de concentración o los problemas de sueño suelen ser los primeros indicios, pero rara vez se asocian de inmediato con un origen hormonal.
“En los estadíos iniciales, los síntomas son sutiles y poco específicos”, señala la especialista. Esa ambigüedad retrasa las consultas y, en muchos casos, deriva en diagnósticos erróneos.
CUANDO EL CUERPO Y LA MENTE SE CRUZAN
El impacto del descenso de testosterona no se limita al plano físico. Desde una perspectiva neuroendocrina, la hormona cumple un rol fundamental en la regulación del sistema nervioso central. Interviene en la modulación de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, vinculados al estado de ánimo, la motivación y el placer.
Por eso, su disminución puede manifestarse en forma de apatía, irritabilidad o anhedonia. “Estos cuadros mimetizan con frecuencia una depresión mayor, aunque su origen sea hormonal”, advierte Patitucci.
La consecuencia es un doble riesgo: tratar como psiquiátrico un problema endocrino o, en el extremo opuesto, atribuir todo al descenso hormonal sin una evaluación adecuada.
Esta superposición de síntomas obliga a un enfoque clínico cuidadoso, que contemple tanto la dimensión biológica como la psicológica.
CAMBIOS VISIBLES: EL CUERPO EN TRANSFORMACIÓN
En paralelo a los efectos anímicos, el cuerpo también registra el impacto del déficit androgénico. La pérdida de masa muscular -sarcopenia- es uno de los signos más característicos. A esto se suma una disminución de la densidad mineral ósea, que aumenta el riesgo de osteoporosis, y un incremento de la grasa visceral.
Este último punto no es menor. La acumulación de grasa abdominal no solo es una consecuencia del descenso hormonal, sino también un factor que lo agrava. “Existe una relación bidireccional entre la obesidad y el hipogonadismo”, explica la especialista.
El mecanismo es complejo pero claro: el tejido adiposo incrementa la actividad de la aromatasa, una enzima que convierte la testosterona en estradiol. Ese proceso reduce aún más los niveles de andrógenos y genera un circuito de retroalimentación negativa sobre el eje hipotálamo-hipófiso-gonadal.
A este escenario se suman otros factores propios del estilo de vida contemporáneo. El sedentarismo, el consumo de alcohol y la resistencia a la insulina actúan como catalizadores que aceleran el deterioro hormonal más allá de lo esperable por la edad.
PREVENIR TAMBIÉN ES TRATAR
Aunque el envejecimiento no puede detenerse, sí es posible modular su impacto. En este sentido, las estrategias preventivas adquieren un rol central.
El entrenamiento de resistencia es uno de los pilares. No se trata solo de una recomendación estética, sino de una intervención con base fisiológica. Mantener la masa muscular contribuye a preservar la sensibilidad a los andrógenos y a sostener niveles funcionales de testosterona.
La llamada “higiene metabólica” —control del porcentaje de grasa corporal— es otro componente clave. Reducir la adiposidad implica disminuir la actividad de la aromatasa y, por lo tanto, limitar la conversión de testosterona en estradiol.
El sueño, muchas veces relegado, completa este trípode. “El pico de producción de testosterona ocurre durante las fases profundas del descanso”, señala Patitucci. Dormir mal no es solo una cuestión de cansancio: es también una alteración hormonal.
EL AUGE DE LA TESTOSTERONA: ENTRE LA SOLUCIÓN Y EL RIESGO
En paralelo al mayor reconocimiento del problema, creció también el interés por las terapias de reemplazo hormonal.
En los últimos años, la testosterona pasó de ser un tratamiento específico a convertirse, en algunos casos, en una respuesta casi automática frente al envejecimiento masculino.
La intervención farmacológica, en ausencia de un diagnóstico preciso, no resuelve el problema y puede ocultar otras patologías.
Patitucci advierte sobre este fenómeno con preocupación. “Se observa un aumento drástico en el uso inadecuado de testosterona en hombres sanos”, señala. La especialista remarca que la indicación debe ser estricta y basada en evidencia.
El criterio es claro: la terapia solo está indicada cuando existe un hipogonadismo bien documentado, con síntomas clínicos y niveles hormonales confirmadamente bajos. Utilizarla fuera de ese contexto no solo es innecesario, sino que puede implicar riesgos.
Además, insiste en la necesidad de controles rigurosos antes y durante el tratamiento. La intervención farmacológica, en ausencia de un diagnóstico preciso, no resuelve el problema y puede ocultar otras patologías.
ENTRE LA EVIDENCIA Y LA FRAGMENTACIÓN
A nivel científico, el conocimiento sobre el eje hormonal masculino es robusto. Existen estudios fisiológicos, consensos clínicos y ensayos internacionales que han definido criterios diagnósticos y evaluado tratamientos.
Sin embargo, ese saber no siempre se traduce en una práctica clínica homogénea. En ámbitos académicos locales, como los repositorios universitarios, la andropausia rara vez aparece como objeto central de investigación. En cambio, se la encuentra diseminada en múltiples líneas de estudio.
Esa fragmentación tiene consecuencias. Dificulta la construcción de un enfoque integral y contribuye a que el fenómeno permanezca en una zona de relativa invisibilidad.
“Se ha observado recientemente un aumento drástico en el uso inadecuado de la terapia con testosterona en hombres sanos de mediana edad y adultos mayores. Es vital que aquellos que tengan dudas o quieran conocer más sobre el tema, realicen la consulta”
Alejandrina G. Patitucci
Especialista en Endocrinología
CONSULTAR TARDE: UNA BARRERA CULTURAL
Más allá de lo médico, existe un componente cultural que condiciona el abordaje. En la experiencia clínica de Patitucci, la diferencia entre varones y mujeres es marcada. “La mayoría de quienes realizan controles de salud de manera habitual son mujeres”, observa.
Los varones, en cambio, suelen consultar cuando los síntomas ya están instalados. Esa demora no solo complica el diagnóstico, sino que limita las posibilidades de intervención temprana.
El resultado es un círculo vicioso: menos consultas, menos diagnósticos, menor visibilidad del problema.
UN CAMPO ABIERTO
El panorama actual combina certezas y vacíos. Por un lado, la fisiología del descenso hormonal masculino está bien descrita. Por otro, su integración clínica y social sigue siendo incompleta.
Entre el subdiagnóstico —que invisibiliza el problema— y el sobretratamiento —que lo medicaliza en exceso—, el desafío es encontrar un equilibrio. Escuchar los síntomas, confirmar con evidencia y actuar con criterio.
La andropausia no es una etiqueta vacía ni una moda pasajera. Es un proceso real, con impacto en la calidad de vida de millones de hombres. Pero también es un fenómeno atravesado por silencios: el de quienes no consultan, el de una investigación fragmentada y el de prácticas médicas que, a veces, oscilan entre la omisión y el exceso.
En ese contexto, la recomendación final de la especialista recupera una idea básica, pero fundamental: ante la duda, consultar. Porque en salud, lo que no se nombra —y no se estudia— corre el riesgo de quedar fuera de agenda. Y en una sociedad que envejece, entender el cuerpo que cambia ya no es una opción, sino una necesidad.
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