El banco de la plaza

Edición Impresa

Por DANIEL RODRÍGUEZ

Cada tarde, Clara se sentaba en el mismo banco de la plaza con un libro que casi nunca leía. Iba por costumbre, o por la esperanza de verlo pasar. Mateo cruzaba siempre a las seis y diez, con el saco al hombro y una sonrisa distraída que parecía no pertenecer a nadie.

Un martes lluvioso, él se detuvo por primera vez.

—¿Siempre lees el mismo libro? —preguntó, señalando la tapa gastada.

Clara rió, nerviosa. —Siempre espero la misma historia.

Desde ese día compartieron silencios, mates tibios y confidencias que nacían sin esfuerzo. No hubo promesas grandiosas ni declaraciones perfectas: solo la certeza tranquila de querer volver a ese banco cada tarde.

Con el tiempo, Clara dejó de llevar el libro. Ya no necesitaba una historia para esperar: la suya caminaba a su lado, con el saco al hombro y la sonrisa que, ahora sí, tenía destino

 

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