Respuesta a “Los codos en la mesa”
Edición Impresa | 3 de Mayo de 2026 | 04:44
Por SARA ALICIA CANESTRI
Interpreto que lo que usted escribió en el artículo “Los codos en la mesa” lo hizo con una mezcla de cariño y humor con la generación de sus abuelos, y yo le respondo con una declaración en primera persona.
Nosotros registramos perfectamente los cambios de época, sus usos y costumbres, a veces vemos y callamos, pero queremos poder expresar lo bueno y lo no tan bueno de cada una, con la esperanza de que alguna semilla caiga y fructifique. A menudo se nos escapa la palabra antes, pero por lo general sabemos con qué interlocutor usarla.
Trataré de contestar los ítems que usted enumera.
Rebato su frase “los grandes con los grandes, los chicos con los chicos”. Compartíamos momentos sociales y domésticos, solo que había temas que delante de los menores no se hablaban y uno era lo relativo al dinero. El cuanto ganas o cuanto gastaste eran preguntas descartadas, hasta diría de mal gusto usarlas aun entre los mayores.
Es cierto que los tiempos cambian, sería necio no reconocerlo, pero hay cosas que debieran haberse mantenido. “La hora de la comida era sagrada”, como también los temas de conversación. Se hablaba de fútbol , de cosas personales, de proyectos, de inquietudes. Se esbozaban delante de los menores algunas nociones de política, de manera que no llegaran a la adolescencia siendo tierra fértil para el político de turno.
Cumplí 90 y no creo que nuestra mesa haya sido compuesta por “estatuas”, solo lo fue con personas educadas como la mayoría de mi generación, dispuestas a escuchar al otro, no por zombies magnetizados por celulares. Si los celulares son armas de trabajo y no se puede prescindir de ellos, está el respeto por los horarios, los cuales también pasaron a mejor vida. Personalmente creo que en una de las pocas cosas que nos aventajan las nuevas generaciones es en el uso de la tecnología pero la pérdida de otras, realmente apena. Esa forma de educarnos tanto en nuestros hogares como en la escuela, tal vez muy estricta para el concepto moderno, nos permitió poder sentarnos en una mesa obrera sin sentirnos incómodos, como en una diplomática o empresarial sin hacer papelones.
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