Cuidamores: una historia sobre cuidar, crecer y mirar al otro

La nueva novela de Celina Vadurro propone, desde la ficción, pensar la infancia, la empatía y la diversidad sin bajar línea ni simplificar los conflictos

Edición Impresa

Por FRANCINA LORENZO

florenzo@eldia.com

Dulce, pero no ingenua. En Cuidamores, Celina Vadurro parte de una idea aparentemente sencilla: “Cuidar es proteger un corazón”. Desde ahí construye una historia que fusiona lo fantástico con escenas muy reconocibles de la vida cotidiana. El libro, editado por Gali Arte Editora dentro de la colección Niñeces s. XXI, se mueve en ese equilibrio entre lo imaginario y lo real sin perder de vista a sus lectores.

El relato, que llegó hasta la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, se construye alrededor de los “cuidamores”: esas “personas y seres que por su dulzura, cariño, delicadeza y bondad pura, consideran como misión expandir la vibración de los brotecitos de su corazón por todos lados”. La definición no queda en lo abstracto: aparece en los gestos mínimos, en la forma en que los personajes se acompañan, se escuchan o se detienen a mirar al otro. Por eso, y como amar no alcanza a describir ese sentir, la autora hace eco de esta palabra inventada por Michelle Alejandra Rozen: “almar”, “amar con el alma”, un neologismo que intenta nombrar una experiencia concreta, cotidiana, aunque no siempre fácil de explicar.

La historia sigue a Nicolina y su grupo de amigos en un recorrido donde lo fantástico no funciona como evasión, no al menos en la lógica del cuento de hadas; sino como una forma de ampliar lo real. Monstruos que no son del todo monstruos, figuras que cambian según quién las mire, escenas que se corren de lo esperado: todo contribuye a construir un mundo donde las certezas son menos rígidas. “Descubrieron y se demostraron que la cosa más poderosa es el amor en todas sus formas”, describe el narrador.

En ese marco, la novela va abriendo temas que hoy atraviesan a muchas infancias. La migración, por ejemplo, aparece en la familia de Inti: “una mitad con la nostalgia y otra con la esperanza”, en el intento de empezar de nuevo sin borrar lo que se deja atrás. Vadurro señala que el desafío fue trabajar esos elementos sin convertirlos en un decorado: “No están para ‘mostrar’, sino que forman parte de la identidad del personaje. Aparecen en sus palabras, en sus recuerdos, en su manera de habitar el mundo”. La apuesta es que funcionen como un puente de identificación y no como una marca de diferencia. Y lo logra. La casa del mejor amigo de Nicolina huele a marraqueta y silpancho y el lector atraviesa los aguayos y las artesanías de alpaca, hasta llegar a la habitación donde los niños juegan con muñecas que no se compran en las jugueterías.

Los personajes tienen sus propias características que se conjugan orgánicamente con el mundo que construye el relato; no como un accesorio por compromiso sino como una convivencia natural. Maitena, una de las compañeras de clase, pone en escena obstáculos concretos —como la falta de accesibilidad en las ciudades— sin reducir la experiencia a la dificultad. “Mi intención es provocar una lectura que genere empatía y conciencia sobre las barreras, tanto físicas como sociales, que enfrentan las personas con discapacidad en su día a día”, explica Celina.

La autora precisa que el enfoque apunta a desarmar miradas instaladas: “busco que sea una oportunidad de ver la diversidad como algo habitual, que entiendan que las diferencias no son limitaciones, sino que las características arquitectónicas de una ciudad o de un lugar son las que generan la exclusión”. En esa línea, el relato se apoya en los vínculos —“Lola siempre se pone en su lugar”, se lee— para mostrar la empatía como una práctica concreta.

El alcance, señala, no se limita a los lectores más chicos, sino que ella espera que la lectura de Maitena los impulse a reflexionar sobre sus propias percepciones y a reconocer las invisibles barreras que a veces se construyen y los invita a ser agentes de cambio para una sociedad más inclusiva. Y lleva la idea un paso más allá: “Que se inspiren a pensar en cómo podemos ‘cuidar’ mejor los espacios y las relaciones para que nadie pierda su lugar en la sociedad”. Vadurro, además, subraya el componente personal de esa mirada: “Soy una persona con movilidad reducida y esta temática me conmueve y representa”.

En paralelo, Cuidamores trabaja sobre los estereotipos que suelen aparecer en los relatos infantiles y en el universo de los juguetes. “Las apariencias no deben marcar nuestros pensamientos ni mucho menos nuestro amor”, plantea el libro, y lo encarna en personajes como Aterralegre y Buenomalvado. “Busco desdibujar las etiquetas rígidas de ‘bueno’ y ‘malo’ que a menudo encontramos en los juguetes tradicionales y en los relatos infantiles tradicionales”, explica. La intención es abrir una lectura menos lineal: entender que las personas —y los personajes— no se agotan en una sola definición.

Ese mismo criterio atraviesa la forma en que se integra la Educación Sexual Integral. “Más que buscar una bajada de línea, me enfoco en mostrar situaciones cotidianas donde la comunicación, la afectividad, el respeto por el cuerpo propio y ajeno, la diversidad cultural, de afectos y la niñez con discapacidad son la expresión de emociones que son centrales en la novela”, señala Vadurro. La idea es que quien lee —sea niño o adulto— no sienta que está frente a un contenido impuesto, sino ante situaciones que pueden reconocer: “que pueda identificarse con las vivencias y reflexionar sobre ellas de forma natural, sintiendo que son parte de la historia y no de una minoría”, resume.

El rol de la educación también aparece continuamente. La figura de la “maestra caracol”, una imagen que remite a las prácticas docentes en contextos alejados, donde enseñar implica muchas veces desplazarse, adaptarse y sostener. No se trata de una descripción literal, sino de una metáfora que condensa una forma de entender la docencia: como algo que se lleva a cuestas.

Otro de los ejes es la conciencia ambiental, presente en episodios como el “Océano Plástico”. Allí, los personajes se enfrentan a la contaminación y sus consecuencias, pero el relato no se detiene en la denuncia. “No alcanza con mostrar el problema. Es fundamental que también proponga formas de acción”, sostiene la autora. Y aclara el enfoque: “No se trata de generar angustia o fatalismo en la infancia, sino de empoderarla. Mostrar el problema es el primer paso para entenderlo, pero el siguiente y crucial es el de la acción”. El cuidado del entorno aparece así en continuidad con el cuidado de los otros.

En términos de estilo, la obra dialoga con Eduardo Galeano y María Elena Walsh. De Galeano toma cierta sensibilidad para narrar lo social desde lo pequeño; de Walsh, el juego con el lenguaje y una idea de infancia que no subestima a sus lectores. “Nos marcó el camino para ser capaces de entender, de jugar, pensar y divertirnos”, dice Vadurro. Esa influencia se percibe en el tono general del libro, que evita tanto la solemnidad como la simplificación.

Con deliciosas ilustraciones de Sara Niett, Cuidamores se ubica en una zona donde la literatura infantil deja de ser solo entretenimiento y se vuelve también un espacio de preguntas. No hay respuestas cerradas ni moralejas explícitas. Lo que hay son escenas, vínculos y frases que quedan resonando.

El cierre del libro lo dice de manera directa: “Fin del cuento, pero no del vuelo”. La historia termina, pero lo que propone —esa forma de mirar, de cuidar, de estar con otros— queda abierto. Y ahí, quizás, está uno de sus aciertos: no en lo que explica, sino en lo que deja en movimiento.

CUIDAMORES
CELINA VADURRO
Editorial: Gali Arte Editora
Páginas: 84
Precio: $25.000
Cuidamores

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