¿Qué es lo primero que hacés al abrir los ojos? ¿Qué llevás en la mano cuando vas al baño? La escena se reitera con variaciones mínimas: una mano que busca el teléfono casi sin decidirlo, una pantalla que se enciende en el micro, durante una charla o antes de dormir. Un video lleva a otro, una historia a la siguiente, una discusión ajena se convierte en malestar propio y el tiempo se diluye con una facilidad que recién se advierte cuando ya pasó. No siempre hay una crisis visible detrás del uso de las redes sociales. A veces, el problema se parece más a una incomodidad persistente: la sensación de estar en todos lados y, al mismo tiempo, no terminar de estar en ninguno.
Instagram, TikTok, Twitter (X, para los modernos). Lo cierto es que las plataformas digitales se volvieron una parte central de la vida cotidiana. Sirven para informarse, trabajar, conversar, entretenerse, sostener vínculos y hasta organizar tareas. Pero esa disponibilidad permanente también modificó la relación con la atención, el descanso y los momentos vacíos. El teléfono dejó de ser solamente una herramienta que se consulta cuando hace falta: para muchas personas se transformó en una presencia constante, capaz de ocupar los silencios, interrumpir encuentros y extender la jornada hasta la madrugada.
El scroll infinito elimina uno de los límites que ordenaban otras formas de consumo
Pero, la preocupación no es aislada. En los últimos años crecieron las búsquedas vinculadas con la “desintoxicación” de redes sociales y se multiplicaron los estudios que intentan medir qué ocurre cuando se reduce, aunque sea por un tiempo, el uso de estas aplicaciones. La evidencia disponible apunta a que las pausas pueden favorecer el descanso, bajar los niveles de estrés, mejorar la atención sostenida y ayudar a recuperar una sensación de mayor bienestar. No se trata de presentar a la tecnología como un enemigo ni de imaginar una vida completamente desconectada, sino de revisar cuándo el uso deja de responder a una elección y empieza a ocupar espacios que antes pertenecían a otras cosas.
El mecanismo tiene una explicación conocida. Las redes están diseñadas alrededor de estímulos breves y frecuentes: una notificación, un “me gusta”, un mensaje, una imagen nueva, un video que se reproduce solo. Cada una de esas señales puede generar una recompensa inmediata y mantener activa la expectativa de que, con un movimiento más del dedo, aparecerá algo interesante. Esa lógica ayuda a entender por qué resulta tan difícil cortar.
El scroll infinito, precisamente, elimina uno de los límites que ordenaban otras formas de consumo. Un libro termina, una película se acaba, un programa tiene horario. En cambio, la pantalla ofrece una continuidad casi sin bordes. Siempre hay otra publicación, otra noticia, otra reacción, otro contenido que promete ser más relevante que el anterior. En ese flujo, la percepción del tiempo cambia. Diez minutos pueden convertirse en una hora; una consulta rápida puede terminar en una madrugada de videos que, al día siguiente, apenas se recuerdan.
La ausencia de la aplicación puede sentirse como una falta: aparece el impulso de revisar
Las consecuencias tampoco son idénticas para todos. Hay quienes advierten que las redes les roban horas de sueño; quienes quedan atrapados en una comparación constante con vidas editadas; quienes se acostumbran a vivir en estado de alerta por la actualidad o las discusiones públicas; quienes descubren que el teléfono se interpone incluso en momentos que deberían ser de descanso, conversación o cercanía. La experiencia puede incluir ansiedad, irritabilidad, cansancio, dificultades para concentrarse o una sensación de insatisfacción difícil de nombrar. También puede ser más silenciosa: el hábito de mirar la pantalla cada vez que aparece un segundo de espera.
Por eso, la idea de una pausa digital no tiene una única forma. Para algunas personas consiste en desinstalar una aplicación durante unos días; para otras, en cerrar una cuenta, silenciar contenidos, apagar notificaciones o dejar el teléfono fuera del dormitorio. Hay quienes necesitan bloquear el acceso en determinados horarios y quienes prefieren reemplazar el momento de pantalla por otra rutina: leer, escuchar algo, cocinar, caminar, tocar un instrumento o simplemente tolerar el aburrimiento. La clave parece estar menos en cumplir una fórmula rígida que en reconocer qué uso se volvió problemático y qué límite puede sostenerse en la vida real.
Los primeros días suelen ser los más incómodos. La ausencia de la aplicación puede sentirse como una falta concreta: aparece el impulso de revisar, el miedo a perderse algo, la necesidad de llenar los tiempos muertos. Sin embargo, distintos trabajos señalan que, una vez atravesado ese tramo inicial, muchas personas empiezan a notar cambios. El descanso se vuelve menos fragmentado, la atención deja de saltar tanto de un estímulo a otro y los momentos sin pantalla recuperan otra densidad.
En ese sentido, desconectarse no es desaparecer. Es recuperar la posibilidad de elegir cuándo estar disponible, qué mirar, qué dejar pasar y qué momentos proteger.
En este marco, cinco jóvenes platenses dieron testimonio a EL DIA sobre su decisión de cerrar alguna red social durante el último año.
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