Luca dormía mal y poco desde hacía casi un año. Se metía a la cama con el celular y lo que iba a ser “diez minutos” se convertía en dos horas de scroll. “El problema no era el contenido, que a veces era divertido o interesante. El problema era que no podía parar. El dedo seguía solo”, explica. Empezó a notar que a la mañana se levantaba con la cabeza llena de videos que no había pedido ver. Además, llegaba tarde al trabajo y con insomnio. Lo que lo terminó de convencer fue una noche en que apagó el teléfono a las tres y media y no recordaba nada de lo que había mirado. “Ahí entendí que no lo estaba eligiendo. Me sentía un robot; un ajeno a mi cuerpo”. Borró la app, bloqueó el acceso desde la computadora y en las primeras semanas reemplazó el ritual nocturno con audiolibros. “Hoy duermo mucho mejor y más rápido”, cierra.
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