¿Dónde van los perros cuando mueren?

Hay, se estima, 200 mil mascotas en La Plata. El 70%, cuando muere, elige la cremación; el 20% es un misterio que se llevan los dueños; y el 10% restante se reparte entre cementerio privado o quintas para entierros. El dilema moral: enterrarlo como se debe, o arrojarlo al cesto

Por Patricia Serrano y Manuel López Melograno

Vivir en un departamento, tener un balcón, un par de plantas y un perro es, quizá, una de las mejores definiciones de un hogar en la ciudad. Los perros acompañan a los hombres desde hace 140.000 años y por qué no iban a hacerlo en la vida citadina hoy. Pero ¿dónde van los perros cuando mueren? O, más claro, dónde van los perros cuando mueren y no tenemos dónde enterrarlos.

En la ciudad de La Plata viven unos 200 mil caninos. Algunos apenas pesan un par de kilos, como los caniche toy. Otros llegan a los 25, como un gran danés. Y todos comparten la vida encerrada de los edificios, con paseos a la plaza. Cuando uno de estos perros muere los dueños pueden elegir pagar el único cementerio privado cercano, contratar un servicio de residuos patológicos o llevarlo al horno crematorio de Veterinaria. Y, la opción más votada: convertir circunvalación, el bosque o el parque San Martín en improvisados cementerios de animales.

Un relevamiento hecho por este diario en las veterinarias más concurridas de la ciudad da un panorama de la muerte canina: el 70% elige la cremación, tanto sea a través de la facultad de Veterinaria (donde puede donarse el cuerpo a la ciencia o pagar un precio por el servicio) o a través de las empresas de residuos patológicos; un 10% opta por el cementerio privado de El Pato o por quintas en La Plata; y el 20 restante es un misterio: el dueño se lo lleva sin decir dónde. ¿Plazas, parques, costado de la ruta?

TUMBAS EN LOS ÁRBOLES

Es de noche en el Parque San Martín. Tres personas cavan un pozo bastante grande. Tienen algo, un bulto, cubierto con plástico negro. Eso es lo que ven los vecinos desde los balcones que dan al parque. Eso es lo que los asusta. Y por eso llaman al 911. Pero lo que parecía una escena de película de terror clase z, eran los dueños afligidos de un perro San Bernardo que había pasado a mejor vida. “Finalmente los dejaron enterrar al perro”, dice Elda Lenardon -53 años, presidenta de la Asociación Puro Perro Puro Gato- y su voz se vuelve chillona: “¡pero no saben el revuelo que se armó!”

Los veterinarios coinciden: cuando la mascota muere la pregunta más escuchada es ¿ahora dónde lo enterramos? Nadie dice dónde lo cremamos, por ejemplo. Lenardon lo explica así: “enterrar es una actitud muy humana, es la primera intención que se le cruza al dueño, construir una tumba, poner una cruz”.

En La Plata las tumbas clandestinas se multiplican como hongos después de la lluvia. Para detectarlas hay que ser un buen observador, aunque algunas están señaladas con piedras, tapadas con cal viva o alguna bolsa de residuo que se desprende del suelo. Los veterinarios consultados por estos cronistas señalaron el mapa de las tumbas caninas, justamente, en los mismos sitios donde más se divierten los perros: el parque San Martín, el Bosque, toda circunvalación y el camino a Punta Lara, están en el top ten para el descanso eterno de las mascotas.

Gervasio de la veterinaria Parque San Martín tiene a su Schnauzer Mini entre los árboles, bien alejada de los juegos para nenes. Y varias veces ayudó a una vecina, casi siempre una señora que sufre con la pérdida de su gato, a enterrar al animalito. “Los vecinos estamos acostumbrados -Gervasio camina por el Parque indicando tumbas-; lo malo es cuando entierran muy en la superficie, vemos a los perros jugando con una cabeza o una pata de otro muerto”.

LAS OTRAS OPCIONES

Dicen que un joven veterinario ofrecía sus terrenos en Parque Sicardi para el entierro de perros. Cobraba un precio módico pero los dueños tenían que olvidar las visitas para dejar flores. Otra historia es la de un señor que por 800 pesos te lleva en auto a vos y tu familia a presenciar el último adiós en el crematorio de Boulogne. Podés volverte con la urna y todo. También se dice que muchos los arrojan en las banquinas de las rutas alejadas o al arroyo del Parque Pereyra Iraola. Como supondrá, las opciones aún no terminan.

Una realidad segura y a un precio que usted juzgará razonable o no, son los servicios recolectores de residuos patológicos que ofrecen, también, llevarse el cuerpo del animal para la cremación. Cobran 50 pesos el kilo de perro, con un extra de 25 pesos por cada kilo que se sume según el tamaño del can. O directamente, algunas cierran un mismo número por perro: 300 pesos. Una de estas empresas ofrece el plus de devolver una urna con las cenizas. Claro, cobran más por eso. Aunque nadie asegura que sean los restos del perro amado.

Y una realidad probable a futuro es el proyecto de Francisco García Hoqui, que proyecta un crematorio privado para La Plata. “Estoy buscando el predio fuera del casco urbano. Tuve una charla con los municipios de la región para que avalen la iniciativa” cuenta y afirma que es necesario: “Serviría para los que viven en departamentos y evitaría arrojar los cadáveres clandestinamente, que está prohibido”. Pero no es fácil. Hablamos de inversión para el terreno, el horno propiamente dicho (más de 150 mil pesos), la construcción para instalarlo y el permiso municipal.

CEMENTERIO DE ANIMALES

Acá, en esta parcela, están todos los perros perdidos por una misma familia en 22 años. Pepe fue el primero en morir, en 1991, y Lucas el último en dejarlos, a principios de este año. En el medio estiraron la patita Zarco, Vera y Polaco. Los cinco comparten la parcela 33/1, unas de las tantas ocupadas fundamentalmente por perros, repartidos en los 3.150 metros cuadrados de césped del Cementerio Paraíso Natural.

Único en su tipo en toda la región, está ubicado en la localidad de El Pato, entre La Plata y Capital Federal, sobre la Autovía 2. Esta quinta de césped corto y arbustos podados, lleva 1352 mascotas enterradas, un negocio simple y modesto con 18 años de vida. “No es lujoso pero si cálido” dice Pablo López, dueño y señor de este cementerio de animales.

El costo para enterrar a tu perro, ponerle placa, visitarlo y dejarle flores es de 450 pesos más la renovación anual, de 220 pesos. Entierran seis mascotas al mes. Cada nuevo integrante a este país de los perros muertos tendrá su firma en un gran cartel blanco: el nombre de ingreso a la inmortalidad es puesto de puño y letra, con pintura negra, por sus deudos.

AL SERVICIO DE LA CIENCIA

En la facultad de Veterinaria de la UNLP funciona uno de los dos hornos crematorios de la ciudad. El otro es de la Policía bonaerense y se usa para la quema de droga. En este caso, en cambio, creman animales y residuos patológicos de las prácticas de los alumnos o del hospital veterinario. La opción es clara: acá no entra a jugar el sentimentalismo.

Los cuerpos de mascotas se aceptan como donación a la ciencia sin costo alguno para el dueño. Pero si el dueño no quiere someter a su mascota a una necropsia -que lo abran en una clase universitaria para estudiarlo-, puede optar por pagar 150 pesos para pequeños animales y 250 para grandes animales. Una condición: no podrá llevarse las cenizas.

Cada vez son más las personas que llegan a la facultad porque no saben qué hacer con su mascota muerta: “Acá no ofrecemos un servicio de características comerciales porque el fin de la cremación es para las prácticas didácticas”, aclara María Alejandra Quiroga, profesora adjunta del Laboratorio de Patología Especial Veterinaria.

El horno crematorio parece una salamandra gigante que escupe fuego en pleno invierno. Mide 2 metros de alto, tiene un diámetro de 1,30, dos quemadores de una pulgada de espesor cada uno y un forzador de aire para fuego. Para encenderlo, Quique, que hace 25 años mantiene vivo a este gigante, tiene que bajar por una escalera y accionar el forzador de fuego. Enseguida, todo se vuelve rojo furioso, con chispas color oro. Un perrito, allí, será cenizas en cuestión de minutos.

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