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La Ciudad |Historias platenses
Graffiti social: la nueva ola del arte callejero

Durante los primeros años del nuevo siglo, un grupo de artistas callejeros inauguraron un nuevo paradigma del graffiti en La Plata: acercarse al vecino y ponerse de acuerdo para que sus obras fluyan e inunden los frentes de la ciudad

Graffiti social: la nueva ola del arte callejero

Augusto Falopapas sentado adelante de una ’de sus pinturas de grandes dimensiones.

Por: Facundo Arroyo

3 de Febrero de 2018 | 02:03
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“A Luxor lo conocí por dos murales que estaban en el camino que hace el colectivo que tomo para ir a trabajar”, dice Marta Sánchez, una señora de 70 años que hace 40 trabaja en el mismo local de ropa del centro de la ciudad. El transporte al que alude es el 202 (letra G) y los dos murales, del artista callejero que más pintó la ciudad durante los últimos ocho años, son los de calle 14 entre 67 y 68 y Diagonal 74 y 30.

Hasta entonces, Marta no tenía idea de lo que era un mural o un graffiti o “lo que sea que pueda pintarse con colores”.

Un día se animó a preguntarle a una joven que entró al local: ¿Conocés a un señor que hace dibujos en las paredes y firma como Luxor? La adolescente era estudiante de Bellas Artes y por supuesto sabía de él. Es más, estaba estudiando los inicios de estas intervenciones culturales en la vía pública.

Marta conoció a Luxor en una jornada de trabajo colectivo tiempo después. Vio chicos y chicas pintando con aerosoles, trabajando intensamente como si fueran hormigas.A partir de ahí, y de algunas charlas más con los artistas, Marta comenzó a disfrutar con conocimiento de los murales que fueron apareciendo en la ciudad.

Hay en La Plata una nueva camada de artistas y pintores que trabajan en comunión silenciosa desde hace ya una década: producen graffitis –ninguno de ellos va a hablar de esta definición a secas– de carácter social y de acuerdo vecinal con los habitantes de la ciudad. Si el graffiti nacido en la década del 70 en el barrio del Bronx de Nueva York se destacó por esquivar las leyes inmobiliarias, y ser fruto de la noche y de la desidia de una sociedad excluyente, esta camada de artistas platenses estará, evidentemente, diferenciándose de aquellos precursores rebeldes. El movimiento arrancó en 2010 con unos 10 exponentes y hoy suma más de 50 nombres.

PINTOR CALLEJERO

Luxor es uno de los referentes más conocidos del movimiento. Su producción y compromiso social nos remonta a la crisis del 2001, aunque en rigor comenzó a pintar en 2010: “La capital de las capitales también podía hablar de los conflictos sociales actuales”, suelta. No es graffitero, ni artista de Street art. Se dice pintor callejero, y mientras más cerca esté de la gente, mejor. Con 34 años, se define como feminista y está decidido a seguir los pasos del pintor de Brooklyn, Jean Michel Basquiat.

A partir del año 2013 dejó de pintar el casco urbano para trabajar en los barrios periféricos. En la ciudad participó en importantes intervenciones artísticas, coordinó talleres, editó un libro dedicado a Luciano Arruga y tomó casi por asalto la Biblioteca Popular La Alborada, convirtiéndola en escuela de arte.

Como todo artista popular, además del reconocimiento y la visibilidad, también recibe críticas. Desde la Facultad de Bellas Artes (UNLP), algunos profesores de Pintura y Artes Plásticas sostienen que Luxor se queda en su discurso. Que teniendo el talento para profundizar su expresión, se torna panfletario en sus acciones. “Que me inviten a dialogar en sus instituciones y museos. Nunca lo hacen”, les responde mientras se toca el cuerno marrón que le atraviesa la oreja izquierda. Lucas, su nombre verdadero, apenas completó algunas horas cátedras en esa institución.

Luxor montó ahora un taller con “precios populares” donde trabaja a la par de otros artistas como Conskamikaze, Lula Limón, Antu y Yapán. Parece un descanso de años enteros dedicados a la calle: se estima que son casi 300 los murales que pintó. El estilo y las ideas de sus creaciones fueron renovándose: pájaros, muñecas, travestis, pibes y pibas chorras con pequeñas casas en sus cabezas, protectores con metáforas mitológicas.

Desde 2013 comenzó a simplificar la paleta gracias a su estudio en el taller del pintor Rubín. Profundizó los colores primarios, humanizó sus personajes y alcanzó las formas mestizas de los pueblos originarios. Sus obras produjeron un magnetismo inevitable y creció en popularidad y reconocimiento.

ACRA Y USTED

El graffiti, entonces, se diversificó y en La Plata tomó varios rumbos. Hubo grupos que se especializaron o se desmarcaron de las tradiciones importadas. Durante la primera parte del siglo XXI, el graffiti vecinal provocó una nueva estética en La Plata, Berisso, Ensenada. Eso generó un circuito: fiestas, coberturas, eventos multitudinarios y no sólo se pintaron paredes públicas. Se cubrieron frentes y muros de casas particulares, centros culturales, baresy restaurantes. Este circuito, fértil de color, generó adhesiones y críticas, algunas constructivas.

En diciembre del año pasado se editó Plagar. El Graffiti desde el Bronx a La Plata, un libro escrito por Leandro de Martinelli, periodista y ensayista. A pesar de que su foco está puesto en desentrañar el graffiti hip hop, de Martinelli se dedica también a lo que llama el posgraffiti. Esto es, los artistas callejeros que tomaron contacto con un mundo social del que hasta el momento estaban totalmente desconectados.

“El rol del arte público independiente en La Plata todavía está por definirse. Por un lado hay una sutil politicidad en el trabajo de estos nuevos artistas, que le aportan a la ciudad formas digeribles, aptas para todo público, que le dan color local a los barrios y obligan a los vecinos a tomar posición, en gran medida a favor de estas producciones”, define ante El Día el autor del libro editado por Malisia.

De Martinelli afirma que en eso tuvieron más capacidad de transformar la mirada vecinal que otras propuestas de arte público como las de la Cátedra de Muralismo de la Facultad de Bellas Artes, que “muchas veces produce obras de gusto institucional, que involucran cierta criticidad pero que nunca revelan una posición política o de clase, sino que expresan un discurso higiénico, ecológico, para cerrar un mensaje de buena educación con el que nadie puede estar en desacuerdo o las obras de las organizaciones políticas o sociales que buscan visibilizar algunos de sus reclamos, como los murales de Julio López o Milagro Sala”.

Aclara que el vecino de La Plata abrazó este nuevo arte público y empezó a educar su mirada artística a partir de esas pintadas al mismo tiempo que estos artistas multiplicaban y mejoraban sus performances.

“Pero por otro lado hay una infantilización de la ciudad, con fábulas comunitarias y de aventura urbana, que da un falso testimonio sobre el espacio público al proponer la imagen de una ciudad de todos y para todos, un espectáculo que pone en primerísimo primer plano a un tipo específico de productor artístico y de espectador urbano”, explica de Martinelli y tensa una de sus reflexiones sobre el Posgraffiti. “Es, en resumen, un movimiento independiente de arte público que hace posible que la ciudad y su gobierno sean vistos como un sistema creativo y amistoso cuando la realidad de La Plata, desde hace mucho tiempo, está en las antípodas. No por nada la Municipalidad empieza a ver con buenos ojos este arte público”, cierra.

Rodrigo Acra mantiene la mirada atenta en su puesto. Se sumó a la feria “Vofi” que se realiza en la casa cultural El Espacio y trajo en su bolso pequeños cuadros con algunas de sus obras. Hojea “Plagar” y frunce la nariz, lo cierra, la da una palmadita y endereza la cabeza. Él es también uno de los fundadores de este circuito. Sin ir más lejos, antes de desarrollar esta actividad más social formó parte de las primeras Crew´s–grupos de pertenencia– donde el graffiti se practicabaen plena clandestinidad.

“No sé muy bien definir lo que hago, -dice- es una pregunta que nunca logro resolver. Diría que tiene elementos abstractos, es plástica en el uso del color pero con el tinte dinámico de los trazos y efectos de aerosol que forjaron mi estilo durante todos estos años”.

Acra da cuenta de su rol como pionero: “Cuando empecé a pintar en la calle éramos menos de 10. No había redes sociales, teníamos pocos materiales y muy pocas personas entendían el flash de juntarse con otros pares para pintar en algún lugar abandonado, totalmente gratis y sin esperar nada a cambio. Lo hacíamos solo por el placer de apretar un aerosol y que salga color. Luego se masificó, se viralizó hasta deformar por completo la esencia ingenua y desinteresada de los primeros días de este fenómeno”, cuenta.

Ahora, el grafitti “ganó aceptación social y así logró contactarse con el resto de la sociedad, donde el vecino ya conoce a los pibes que elegimos pintar en el barrio en vez de salir a los boliches a emborracharse. Hoy el vecino elige el mural o el graffiti colorido en vez del cartel de campaña o la publicidad que nos inunda”.

LA TROPA DEL COLOR

En 2012 llamaron a Luxor para pintar un extenso paredón en la casa de 132 y 60 que se convirtió en un centro recreativo para niños. El pintor callejero redobló la apuesta y distribuyó la ganancia: “Me gustaría que la obra sea colectiva”. Así fue como nació el homenaje a la escritora y cantora María Elena Walsh en manos de ConsKamikaze, Rubín, Ma Pe, Valentino Tettamanti, Cuore, Ice, Acra, Sato, Inka, Kajum, Elefante, Man, Lanzamidad y el propio Luxor, la tropa del color casi completa. El resultado fue un bosque tremendo con personajes e interpretaciones de las canciones de Walsh. Midió 85 metros de largo y 5 de alto, casi una cuadra completa de un movimiento inédito.

Una obra de este tamaño en el barrio obrero de Los Hornos, al alcance de todos, a la vista de los colectivos 307 y 214, en la cotidianeidad de los que van a la verdulería que está justo del otro lado de la esquina. Un posgraffitipúblico. “Tanto para el artista como para la gente en general, que haya un contacto directo entre el arte y el pueblo es importante ya que durante años se mantuvo al arte en general por fuera del alcance de la gente común. Un laburante no entra a ningún museo, la señora del barrio no va al teatro, no se conocen las intenciones del graffiti. El arte urbano baja del pedestal ese estereotipo del genio creador iluminado para volverlo más humano, más accesible”, define Acra.

No está de más preguntarse el carácter anónimo del graffiti en la actualidad. Cuestión que viene a diferenciar bastante a este circuito de artistas callejeros con las crew´s de La Plata que deciden perseguir las normas del graffiti nacido en el Bronx. Tampoco se puede dejar de lado el respeto que existe entre estas dos corrientes de manifestaciones callejeras. No habrá un TAG (firma ligera de un graffitero en apuros) tapado por un mural y viceversa. A lo sumo, dos obras convivirán en una misma pared.

El pintor Falopapaslo resume con este ejemplo: “El graffitero más anónimo del mundo, vandalístico, que fue la punta de lanza del movimiento del Street art, me refiero a Banksy, vende obra en galerías. Es decir, puso un parque de diversiones, Banksylandia, no sé cómo se llama. Ok, sos anónimo pero también vendés obras en las galerías más importantes de Nueva York… A veces ese fundamentalismo clandestino se vuelve un tanto contradictorio”.

Falopapas se distancia del dilema de cobrar este tipo de arte que él denomina pintura mural o pintura de grandes dimensiones: “Es una forma de trabajo muy antigua que es la de Trabajo por comitente. O sea, el mismo formato de laburo que hacía Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Antes era un tipo que te bancaba la parada y ahora es uno que te paga porque no existen más los reyes. Lo veo de esa manera: es pintura para alguien”.

“El rol del arte público independiente en La Plata todavía está por definirse”

Un artista callejero, entonces, puede mantener las dos facetas activas sin generar mayores contradicciones. “Cuando vos trabajás para un local (la discográfica Universal o la cervecería Peñón) tu obra está condicionada por el interés del tipo que te contrata, obviamente. Es muy distinto a cuando planteo una obra con mi firma que puedo hacer cosas extremas como en “Sexting”, su última exposición. “Por supuesto que en relación de dependencia uno mantiene su estética pero las condiciones, son distintas. En la calle, generalmente pinto en lugares permitidos. Pero esas obras son sin dueño y por ende hago lo que quiero. Me banco la joda yo: los materiales, el tiempo y hago la obra que tengo ganas de hacer”, cierra.

GALERÍA A CIELO ABIERTO

Paredes del municipio con permisos, casas, estudios, instituciones educativas, tapas de discos, variadas muestras, remeras, fondos de pileta y hasta tatuajes. Las obras de estos artistas callejeros son hoy uno de los impulsos más fuertes en la cultura juvenil de La Plata junto a la música y al circuito de la literatura. Un cimbronazo que marcó definitivamente un cambio.

“Fue en mi cumpleaños, lo estábamos pasando muy bien, digamos que estábamos muy arriba y se nos ocurrió esa idea. Ya que Augusto (Falopapas) estaba entre nosotros-somos amigos desde muy chicos- salió por ese lado y la intervención arrancó en ese mismo momento. La idea o el concepto se fue dando de acuerdo a nuestro contexto. Es decir, había amigas que hacen Roller Derby, tienen un equipo y todo, y ahí surgió pintar un patín. Después estábamos escuchando a MarcianosCrew y salió la idea de un marcianito, también aparecieron unas calaveras porque eso: se fue dando a partir de lo cotidiano, de lo que curtimos día a día”, recuerda Ignacio Fernández Passarino mientras mira la obra en el fondo de su enorme piscina.

Cuando Carolina Sánchez Iturbe decidió tatuarse una muñeca de Luxor en el brazo no se conocían. Tomó la decisión durante el cierre de un ciclo que organizaba en la Estación Provincial durante el 2010. Para despedirlo, ese día lo había invitado a pintar una de las paredes del edificio. Cerca del final de esa jornada, en un momento se sentaron en el andén con Luxor y se colgaron a hablar mirando la pajarita que acababa de terminar de pintar.

“Me pareció que todo era tan lindo que le dije ahí mismo que quería tatuarme uno de sus dibujos. No suelo buscarle mucha explicación ni cargar mucho de significado a los tatuajes, pero supongo que la respuesta al porqué está ahí, en guardarse un momento de mucho cariño”, recuerda Carolina y concluye: “También cuando finalmente Simón me tatuó el dibujo de Lucas, me parecía que estaba buenísimo tener algo que para mí era tan platense como un dibujo de Luxor y obviamente me encantaba que sea un diseño tan feminista, libre, fuerte y amoroso al mismo tiempo”.

Y los límites fueron puro olvido. Además de plantear un nuevo escenario estético para la ciudad de La Plata, los artistas encargados de esta nueva forma de graffiti o pintura callejera salieron a pintar la provincia, el país, el continente americano. SONRIAN es el único que llegó a pintar en Valparaíso (Chile), la ciudad con más Street art de Sudamérica. “Pinté una pareja durmiendo en la calle, que salió de una foto que había sacado en Bogotá. Las ciudades pintadas dan vida e identidad. En Valparaíso como en el partido de La Plata se respira graffiti y arte callejero. Son una galería a cielo abierto”, explica el artista de Ensenada.

“Son positivas para la sociedad todas las expresiones artísticas. Más si son inclusivas”, SONRIAN y se queda con el cierre: “Un mural está en la calle y cualquiera puede pasar a verlo. La galería es la calle. También es un buen momento para que se empiece a reconocer como un trabajo. Los trabajadores de la pintura”.

Marta mira el mural que hay en 1 y 44 y se lamenta: “Es una pena que se esté borrando. Los chicos me contaron que fue uno de los primeros que se pintó, allá por 2010”. Se acerca a uno de los extremos del personaje pintado en esa esquina y se lleva la mano al mentón. “Aunque no sabemos quién lo hizo”, dice la señora. Después de una década de pintura callejera en La Plata, sabe que detrás de un mural siempre hay un creador.

 

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Augusto Falopapas sentado adelante de una ’de sus pinturas de grandes dimensiones.

El mural que Falopapas pintó en la pileta de Passarino.

Rodrigo también utiliza aerosoles para completar las formas de sus dibujos.

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