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Por SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com
Mientras alguien lee esta página, alguien muere en algún hospital, en una clínica, en un sanatorio, en su casa o, lo peor, en la calle. En la Argentina mueren cada año más de 300 mil personas. Las estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación calculaban en 2010 que se produce un deceso cada dos minutos. Son más los varones fallecidos que las mujeres. Ellas alcanzan hoy un promedio de vida de 80 años (contra 75,8 años en 1990) y el de ellos es de 73,8 años (contra 68,5 en 1990). Escritas así, estas son cifras. Sin embargo, son mucho más que eso. Son algo invalorable e irremplazable. Son personas. Vidas. Historias. Universos.
Esta columna incumple con un principio de su autor y del periodismo. Evitar convertirse en protagonista del texto. Pido las disculpas del caso, y espero que me sean concedidas. Esta semana murió mi madre. Quienes la queríamos pudimos acompañarla hasta el minuto final, cuidándola, agradeciéndole y liberándola de toda deuda afectiva, porque no las había. Durante el proceso que culminó en su fallecimiento pudimos ser testigos de algo que médicos y enfermeros nos reiteraron en varias conversaciones y que otras fuentes (el instinto periodístico asoma aún en la tristeza) confirman. Es doloroso comprobar la gran cantidad de personas que mueren solas, sin que ningún miembro de su familia, de su vida, de su historia las acompañe y las cuide en ese tránsito culminante, irrepetible y misterioso (tan culminante, irrepetible y misterioso como el nacimiento). Como ocurre con las escuelas, que cada vez se parecen más a depósitos o estacionamientos en los que padres dejan a sus hijos para que otros se hagan cargo, también hospitales, clínicas y sanatorios parecen convertirse paulatinamente en agencias que deben encargarse de tramitar el final de quienes terminan su viaje existencial.
Vivimos tiempos de creciente indiferencia ante el dolor, el sentimiento, la necesidad del otro, aun del otro cercano (es decir, indiferencia ante su pasión entendida en el verdadero sentido de la palabra). Compasión significa compartir la pasión (el dolor, el sufrimiento). Hay hoy un desplazamiento desde ella hacia la sin-pasión. En los tiempos de sin-pasión (eso es permanecer impasible), se imponen el ruido exterior, la diversión maníaca, todo tiene que ser superficial y divertido, palabras como “light” y “cool” copan la parada. “¿Todo bien?”, es el saludo obligatorio, que cierra desde el vamos la posibilidad de que no sea así. Consumir es más importante que compartir. Se trata, en fin, de formas extremas y patéticas de ignorar lo que todos sabemos. Que la vida es finita, que somos seres transitorios, al menos en nuestra expresión física.
Vivimos en una cultura que niega la muerte y que, con esa negación, desbarata el valor de la vida. Porque la finitud es la que hace valioso cada minuto, la que nos pide que vivamos imprimiendo una huella, que nos reconozcamos en el otro, que busquemos el sentido de nuestra existencia y que dejemos el mundo un poquito mejor de como lo encontramos. El poeta y filósofo Ralph Waldo Emerson (1803-1882) lo dijo de un modo muy bello: “Que una vida haya respirado mejor porque tú exististe”.
El duelo, otra instancia necesaria que la cultura del consumo, la ansiedad, el ruido y la diversión maníaca bloquea y niega, permite agradecer a la vida que se fue esos pequeños hechos por los cuales hizo que otra vida haya respirado mejor. Y permite, también, mirar adentro de la propia, registrar cómo la estamos viviendo, de qué manera estamos ayudando a otros a respirar mejor, así sea por mínimos gestos. De qué modo, en fin, salimos de nuestra zona de confort para dejar el mundo un poquito mejor, cosa que solo es posible teniendo al otro en cuenta, no abandonándolo. Y mucho menos en el momento final.
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“Cada día hay una persona más que pide compasión”, dice la médica suiza Kübler-Ross
La médica suiza Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004) dedicó su vida al acompañamiento de enfermos terminales y eso le permitió ser testigo privilegiado de tránsitos de honda espiritualidad. Ella misma fue sustancialmente transformada por la experiencia y adquirió una sensibilidad extrema y una sabiduría esencial. Tanto esa experiencia como esa sabiduría están recogidas en su libro de memorias, “La rueda de la vida”. Allí escribe: “Cada día hay una persona más que clama pidiendo comprensión y compasión. Escuche esas llamadas, óigalas como si fueran una hermosa música”. Demasiados oídos tapados, demasiados ojos vendados, demasiadas conciencias obnubiladas están perdiendo el sonido de esa música. No hay que hacer mucho para prestar atención, escucharla y acercarse a su fuente.
Kübler-Ross incluye en su libro la carta que le envía una madre a cuya hija la médica acompañó en el tramo final de su vida. “En cuanto Katie murió, dice esa madre en su carta, me llegó el mensaje de que tengo una misión en mi vida, que vivir significa acercarse y dar a los demás”.
En el libro “De la vida fugaz” (escrito en coautoría con la psicoterapeuta y escritora austriaca Elisabeth Lukas), el psicólogo y logoterapeuta argentino Claudio García Pintos señala que “muchas personas, al tomar conciencia de la transitoriedad de la vida, reaccionan tratando de hacerse fuertes -hasta tal vez ´inmortales´- buscando apoyo en cosas del exterior, del afuera. Así, la fortuna económica, el poder, la popularidad o la fama, la belleza física, el éxito profesional, el auto deportivo, la juventud, pasan a ser pilares de su existencia”. Esos pilares, añade, son como varas de mimbre que nada soportan. La propia existencia se sostiene, dice García Pintos, en la búsqueda de los pilares que nos constituyen como humanos que realizan el sentido de sus vidas.
La propia Lukas recuerda en otro ensayo (titulado “En la tristeza pervive el amor”) que aquellas personas que nos necesitan nos hacen un servicio, porque nos dan la oportunidad de transitar nuestro propio sentido al cuidarlas, asistirlas y acompañarlas. Hay dos modos de cuidar, asistir y acompañar. Una es cuando esas personas viven, y otra es permitiéndonos el duelo cuando mueren. El duelo exige salir de las prioridades propias, suspender el bullicio que pretende aturdir la tristeza, darse tiempo para hacer lugar en la propia memoria y el propio corazón a aquella persona que ya no estará físicamente con nosotros. El duelo, dice Lukas, enaltece el valor que más importa, y ese valor es el amor.
El duelo ofrece la oportunidad única de contemplar ese universo completo que es la persona a quien despedimos. No hubo universo semejante. No lo habrá en el futuro. Se lo deshonra cuando se abandona a esa persona a su suerte en el tránsito final. O cuando sobre su cuerpo yacente se inician disputas por cuestiones materiales, se alientan resentimientos, se encienden ambiciones, celos, envidias o cuando simplemente se tiende sobre ese ser un rápido manto de olvido.
Mientras alguien lee esto, alguien muere. Muchos lo hacen solos. Nadie quisiera eso para sí. Los que abandonan bien podrían ponerse en ese lugar al menos una vez, al menos un segundo. Aquella madre de la carta de Kübler-Ross escribe respecto de su hija agonizante: “Yo sabía que no podía hacer nada, más que abrazarla, y eso hice. Me sentí muy triste, pero también con mucha paz”. Esta columna esta dedicada a quien dejó una huella y no partió sola.
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