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Los zombies nunca mueren: ¿Por qué seguimos viendo películas de muertos vivos?

Parecía que el furor por las criaturas de la noche se acababa. Sin embargo, en cuestión de meses se estrenó la décima temporada de “The Walking Dead” y llega a los cines, el jueves, la secuela de “Zombieland”

Los zombies nunca mueren: ¿Por qué seguimos viendo películas de muertos vivos?
21 de Octubre de 2019 | 02:35
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Parecía que los zombies volvían a diluirse, que habíamos alcanzado el final de la tolerancia del público hacia esas criaturas torpes, descartables y que no representan un peligro real salvo para aquellos propensos a tropezarse, que se habían convertido en los últimos años en el tropo favorito del cine de género, utilizado hasta el hastío sin demasiada creatividad.

Y sin embargo, “The Walking Dead” estrenó su décima temporada y anunció su segundo spin off; el cineasta indie Jim Jarmusch dirigió su versión del subgénero, “The dead don’t die” (sin estreno en Argentina) y, este jueves, llegará a los cines la secuela de “Zombieland”, diez años después de la primera entrega.

Y esto es apenas la punta del iceberg: Lupita Nyong’o protagonizó este año la comedia de zombies “Little monsters”, Maisie Williams ya fue confirmada para actuar en la adaptación del best seller zombie “The forest of hands and teeth”, Zack Snyder prepara “Ejército de los muertos”, el hijo de George Romero trabaja en “El levantamiento de los muertos” y Joseph Gordon-Levitt está confirmado para protagonizar una comedia romántica con zombies, entre decenas de proyectos que incluyen a estas “temibles” criaturas.

Pero, ¿por qué resisten los zombies, a pesar de la cantidad de cine perezoso y de mala calidad que se ha hecho a sus expensas? Para muchos, la respuesta está en que el zombie puede ser símbolo de las ansiedades y miedos de cualquier época y director: además de ser víctima de creativas formas de reventar sesos sin culpa (para el cineasta, los protagonistas y el espectador), el zombie puede ser una hoja en blanco, desde que Romero y su “Noche de los muertos vivos” descubrieron su potencial como vehículos de crítica social.

Y quizás, incluso, desde antes: porque todo monstruo es político, y ya antes de que la seminal cinta de 1968 la figura del zombie revelaba un pasado de esclavitud y racismo, aunque, a lo mejor, no de forma intencional.

Quien dio nombre a la alimaña originalmente en Estados Unidos fue el periodista y cronista de viajes William Seabrook, tras viajar a Haití. La palabra, que podría derivar de etnias africanas, era utilizada dentro del grupo de creencias del país caribeño: el zombi era allí una persona que parecía muerta por obra de la magia negra del médico brujo, que a través de la sugestión hipnótica lo usaba como su esclavo personal.

Curiosamente, en un verdadero “amanecer de los zombies”, la isla se había liberado del yugo colonial en 1791, tras un levantamiento de esclavos que no soportaron las duras condiciones impuestas por sus amos: la nación se convirtió en la primera república independiente negra después de una larga guerra revolucionaria en 1804, pero, como consecuencia de su afronta a los imperios europeos, fue demonizado, etiquetado de lugar violento, supersticioso y mortal. A lo largo del siglo XIX, los informes sobre canibalismo, sacrificio humano y peligrosos ritos míticos se multiplicaron.

Y cuando Estados Unidos ocupó Haití en 1915, las historias y rumores comenzaron a sintetizarse en la idea del “zombie”, mientras crecía en el país del norte el magnetismo por la exótica (para ellos) religión vudú, que las fuerzas de ocupación intentaban destruir, “civilizar” a ese “primitivo” y supersticioso pueblo.

Seabrook viajó a esa Haití ocupada y plantó la semilla del subgénero fantástico en su libro “La isla mágica”: en un capítulo, cuenta que un lugareño lo llevó a la plantación de la Corporación Azucarera Haitiana-Americana y le presentó a los zombis que trabajaban en los campos de noche: “Caminaban lenta y pesadamente como salvajes, como autómatas. Sus ojos eran lo peor. En verdad eran los ojos de un hombre muerto; no ciego, sino fijos, desenfocados, que no miraban nada”, escribió.

Seabrook era propenso al sensacionalismo, y aunque dijo que tras un momento de pánico comprendió que se trataba de “nada más que simples seres humanos pobres y dementes, idiotas forzados a trabajar en el campo”, el mito de seres medio muertos, controlados a través de magia negra para realizar trabajo esclavo se cimentó, justo cuando Hollywood, tras los éxitos de sus versiones de Drácula y Frankenstein, buscaba un nuevo monstruo.

Así nació “El zombi blanco” , cinta de 1932 que introdujo al mundo a los zombies al cine, aunque todavía no comían carne y eran parte de una dinámica amo-esclavo que perduraría por años e inclusos sería subvertida por los escritores del Renacimiento de Harlem, que veían en la rebelión de Haití un modelo de independencia negra, y a los zombies como símbolos de esclavitud.

También atraídos por la magia vudú y la cultura haitiana estaba la elite estadounidense, y la industria del cine no dudó en capitalizar estos magnetismos diversos para lanzar una serie de filmes sobre zombies, muchos de ellos situados en Haití: “Ouanga” (1934), “Revuelta de los zombies (1936), “El hombre vudú” (1944) y la seminal “I walked with a zombie”, de Jacques Tourneur, son algunos ejemplos, aunque la dinámica seguía siendo la de un ser sin intención vital controlado por un amo. En algunos filmes, incluso, los convertidos son los colonizadores blancos, reflejo del terror de la población conquistadora ante esta cultura ajena, extraña.

En 1966, “La plaga de los zombies” tomó ese estereotipo haitiano y dio al zombie una forma física monstruosa más parecida al zombie de hoy. Y dos años después, George Romero cambiaba el género para siempre: todo el cine de zombies desciende directamente de “La noche de los muertos vivos”, que cambió las reglas del personaje, diluyó la dialéctica del amo y el esclavo y decretó unos muertos vivos bajo el control de nadie.

Reanimadas sin demasiadas explicaciones, y con hambre de carne y cerebros, las criaturas de Romero caminan lento, tienen fuerza bruta y una mordida mortal que te convierte en uno de ellos: si no son similares al zombie haitiano es porque Romero no pensaba en vudú cuando los creó, sino que adaptó libremente los muertos vivos de “Soy leyenda”, de Richard Matheson.

Pero para la mítica secuela, “El amanecer de los muertos”, ya Romero los llamaba zombies. Y ya se sumergía de lleno en el potencial simbólico de sus criaturas, que caminaban perdidas en un centro comercial durante casi toda la película. Como nosotros.

El resto es historia: el género pasó un tiempo en la clase B del cine, y luego los zombies se convirtieron en el enemigo preferido de los videojuegos, blancos perfectos por lo torpe de su andar y lo espeluznante de su figura, y finalmente los muertos vivos volvieron con gloria a la pantalla grande en el nuevo siglo: “Exterminio” inauguró una tendencia que incluyó cintas como “Resident Evil”, “Planet Terror”, “REC”, “Soy leyenda” (curiosamente, ahora convertida en una película de zombies), la francesa “Les revenants” y, claro, la primera entrega de “Zombieland”.

Por esos años se estrenaba “The Walking Dead”, donde los monstruos a menudo son los humanos y su cultura del sálvese quien pueda, la metáfora sobre los refugiados “Generación Z”, y la comedia “Shaun of the dead”, que recuperó la crítica de Romero a la sociedad del consumo.

Este año, los muertos vivos que vuelven a lo que hacían habitualmente en vida, consumir, reaparecen en la autoconciente y absurdista (y un poco liviana y canchera) “The dead don’t die”, de Jim Jarmusch, donde los zombies no van al shopping pero sí a comprar pastillas y alcohol. Y, como todo regresa, Bertrand Bonello rodó además “Zombi Child”, que vuelve al mito haitiano y a las plantaciones.

Los zombies son, el fin de cuentas, una excusa, un disparador para la trama, un peligro “equis” para contar lo que el realizador quiera: “Zombieland 2” contará, desde el jueves y con mucha sangre y comedia, una historia (otra más) sobre familias ensambladas: cuando todo falla, cuando los valores tradicionales no dan respuesta a las crisis, cuando el sistema colapsa, sea por una crisis financiera o un ataque de zombies, no está mal en buscar una ayudita de tus amigos.

 

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