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Nueva denuncia contra el cura Lorenzo por abuso sexual

La efectuó ante la Justicia un hombre de 36 años que dijo ser abusado en los años 2001 y 2002. Es el cuarto testimonio que se conoce contra el sacerdote de Gonnet

14 de Noviembre de 2019 | 02:11
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Un hombre de 36 años, casado y padre de dos hijos, declaró ante la Justicia de La Plata haber sido abusado, cuando era adolescente, por el sacerdote Eduardo Lorenzo, ex párroco de la Iglesia Inmaculada Madre de Dios de Gonnet.

La novedad fue comunicada por integrantes de la “Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de la Argentina” en nuestra ciudad, quienes identificaron al denunciante con el nombre ficticio de “Juan” para preservar su identidad e intimidad.

De acuerdo a lo expresado, este hombre declaró días atrás ante la fiscal penal platense Ana Medina haber sido manipulado psicológicamente por el sacerdote hasta abusar de él y convertirlo en su “mayordomo”.

De esta manera, “Juan” se convirtió en la supuesta cuarta víctima de Lorenzo.

Los sucesos, con la aprobación del denunciante, fueron presentados por integrantes de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina, entre ellos Julián Bartoli, quien en su momento también denunció, ante la Justicia y públicamente, haber sido víctima del padre Lorenzo.

“Juan se acercó a nosotros (la Red) luego de oír mi testimonio y me dijo ‘tu relato es como si lo hubiera dicho yo, el cura Eduardo Lorenzo te hizo lo mismo que a mí’. Primero buscó hacerse su amigo, su confidente, para luego abusar sexualmente de él y reducirlo casi a la servidumbre”, explicó Bartoli.

En el relato que efectuó ante la Justicia, “Juan” mencionó que llegó a La Plata en el año 2001 y, como su familia era muy católica, comenzó a ir a la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, donde asistía a misa y después se quedaba a tomar mate con Lorenzo en el departamento que éste tenía en la calle 17 entre 37 y 38”.

El testimonio, relatado por Bartoli, quien leyó tramos de la declaración de “Juan” ante la fiscal Medina, destacó que “Lorenzo me hacía sentir especial con su amistad”.

“Una vez que quedábamos solos -prosiguió el relato- en el departamento, me hacía acostar con él, y abrazarlo, decía que le gustaba mi olor y me pedía que le pase la mano por su cabello, a la vez que me decía que no había nada malo en ello porque éramos amigos”.

“Juan” contó a la fiscal que llegó a un estado de servidumbre, que se sentía “su mayordomo”, ya que “le cocinaba y hasta le pasaba crema en los pies a Lorenzo”.

Bartoli destacó la valentía de “Juan” de acercarse a la fiscalía para dar su testimonio y, dirigiéndose a otras potenciales víctimas del sacerdote, aseguró que “nunca es tarde, siempre hay tiempo para sanar, para dejar atrás las pesadillas y ver al abusador tras las rejas”.

“No hay que sentir vergüenza, la vergüenza está enfrente, la vergüenza es de Lorenzo”, concluyó Bartoli.

Cabe destacar que Eduardo Lorenzo pidió al arzobispo de La Plata, Víctor Fernández, “una licencia” en su “condición de párroco en la Parroquia Inmaculada Madre de Dios”, en Gonnet, que le fue concedida.

“Como Usted sabe, existe hoy una campaña calumniosa en mi contra que ha derivado en una denuncia falaz y una serie de actos de hostigamiento que me han agotado”, expresó Lorenzo en su escrito al Arzobispo, oportunidad en la que lamentó que las acusaciones a las que calificó de “injurias y calumnias” que pesan en su contra “puedan mancillar mi figura, la de mis hermanos sacerdotes o la de la Iglesia en general”.

Ayer, la Red de Sobrevivientes precisó que en el relato que brindó ante la fiscal de la causa, doctora Ana Medina, durante tres horas el jueves 7 de noviembre último, “Juan” detalló los maltratos y abusos que vivió durante casi un año entre 2001 y 2002 en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, la misma iglesia en la que Julián Bartoli conoció a Lorenzo y, según denunció, fue abusado.

En su relato, “Juan” describió que “le cocinaba, cenábamos, y con la excusa de mirar televisión, nos acostábamos. Recuerdo episodios de estar en la cama de su habitación, estar acostados y abrazados, y él me decía que le gustaba mi olor y me pedía que le acariciara la cabeza. Él siempre se encargaba de demostrarme que no había nada malo en compartir la cama o estar abrazados porque éramos amigos. Ahora, de grande, con otra perspectiva, me doy cuenta que no estuvo bien todo lo que me hizo”.

 

 

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