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PERSPECTIVAS: UN LUGAR QUE HABITARON ESCRITORES Y ARTISTAS DE PRIMER NIVEL

El Delta, aluvión de creadores

Las islas de Tigre en la literatura argentina. Desde Marcos Sastre y Domingo Faustino Sarmiento a recientes novelas vanguardistas. Allí se inspiraron Arlt, Mujica Láinez, Miguel Angel Asturias, Lugones, Girondo y Haroldo Conti, entre otros

Claudia Aboaf / web

La Casa de Sarmiento en Tigre / web

La casa de Haroldo Conti / web

Por MARCELO ORTALE

marhila2003@yahoo.com.ar

Antes de que el Tigre fuera lo que es hoy y que se llamara como se llama, ya existían escritores que lo imaginaban. Nuestro delta fue receptor aluvional de ensayistas, narradores y poetas, que llegaron imantados por su encanto. Allí vivieron el amor y la muerte, la alegría y el dolor de muchos de nuestros intelectuales.

Desde los pretéritos poemas escritos por indios guaraníes, dedicados al colibrí que poblaba sus montes, hasta novelas de vanguardia publicadas hace poco como la de Claudia Aboaf (“Rey del Agua”, Alfaguara), pasando entre muchos otros por figuras de la talla de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), al que se considera en forma unánime como fundador cultural y, también, casi real, de las islas de Tigre enclavadas en el Delta inferior del Paraná, la literatura y el arte jamás dejaron de habitarlo.

En esa larga lista de escritores y artistas –que incluyen la presencia de un Nobel de Literatura, cuya vivienda se mantiene- debiera destacarse que casi todos aludieron a las características edénicas de ese lugar, en donde cada uno de ellos se sintió ingenuo y redescubridor de la inocencia.

El primer Adán que recaló en este paraíso fue Marcos Sastre (1808-1887), que se construyó una casa sobre el arroyo Gélvez, hoy todavía en pie. Escribió su famoso libro “El tempe argentino”, publicado en 1858, en el que dice que quiso bautizar así a esa zona del Delta que aún carecía de nombre. “No lejos de la ciudad de Buenos Aires existe un amenísimo recinto agreste y solitario, limitado por las aguas del Plata, el Paraná y el Uruguay. Ninguno de los que frecuentan el pueblo de San Fernando habrá dejado de visitarlo; a no ser que sea un hombre indiferente a las bellezas de la naturaleza y ajeno a las dulces afecciones”, expresa en la introducción a su libro.

“Todo el que tenga un corazón sensible y tierno, lo sentirá inundado de las más gratas emociones al surcar sus plácidas corrientes, bordadas de la más lozana vegetación; se extasiará bajo sus frondosas arboledas, veladas de bejucos, y verá con delicia serpentear los numerosos arroyuelos que van a unirse con los grandes río”, añade Sastre en su introducción.

Y agregará luego: “Mil sitios habrá en el globo más pintorescos, por las variadas escenas y románticos paisajes con que la naturaleza sabe hermosear un terreno ondulado y montañoso; pero ninguno que iguale a nuestras islas en el lujo de su eterno verdor, en la pureza de su ambiente y de sus aguas, en la numerosidad y la gracia de sus canales y arroyuelos, en la fertilidad de su suelo, en la abundancia y dulzura de sus frutos”.

En cuanto al nombre de Tigre, recién le será impuesto en forma legal a mediados del siglo pasado. Como se sabe, el hoy partido de Tigre fue originalmente llamado Las Conchas, tomando ese nombre de un río local (ahora llamado Reconquista), pero se hizo popularmente conocido como Tigre en el siglo XIX.

Según la tradición, habría llegado en esas décadas un camalote que llevaba un tigre americano, al que mejor se conoce como yaguareté o jaguar, pero los pobladores que no lo conocían lo llamaron “tigre”. Oficialmente el nombre de Tigre fue adoptado por el Concejo Deliberante en 1952, aún cuando esa denominación ya había sido asumida por todos, desde mucho antes.

SARMIENTO Y OTROS

Leyendo lo que él dice del lugar, no se sabe bien si Sarmiento esperaba descubrir a estas islas, o fueron las islas del Delta las que esperaban a Sarmiento, cuya casa isleña se conserva. “Por una predisposición especial de mi espíritu, en las cosas más sencillas encuentro siempre algo de providencial. Estas varillitas que vamos a hundir en la tierra para que se conviertan en árboles, han llegado hace tres años de las faldas de los nevados Andes…Y sin embargo la tierra de las islas y el mimbre son el cuerpo y el alma: el uno completa a las otras” dijo Sarmiento en su ensayo fundante “El Carapachay”.

Sarmiento, que se deslumbró con el Delta, planto el mimbre que hoy es emblema de la zona

 

Sarmiento se deslumbró ante el Delta. Pero no se quedó en eso. Llevó semillas todo el tiempo y de todas partes. Plantó el mimbre emblemático de Tigre –para que los productores tejieran canastos en que llevar las producciones de frutos a Buenos Aires-, plantó nogales y muchas otras especies. A sus amigos les hacía traer semillas de todos los lugares del planeta. Se sentía descubridor y conquistador.

La escritora Silvina Ruiz Moreno de Bunge dice que “Sarmiento fomenta el desarrollo del Delta a partir de la creación del ferrocarril y el desarrollo de la embarcación y, junto a ello, piensa en la necesidad de fomentar la educación (funda la primera escuela en las islas) y propugna el fomento de leyes para la adquisición de los títulos de propiedad de las tierras a partir de su labor en el Senado. Como sabemos, tanto él como otras figuras prominentes del ámbito político y económico, literario y artístico adquirirán durante esos años, y luego en la llamada belle époque de los años 30 y en las décadas siguientes, sus propias casas en la región del Tigre o de las islas (Mercedes Guerrico de Bunge, Horacio Butler, Leopoldo Lugones, Manuel Mujica Lainez, Juan Carlos Moretti, Raúl Monsegur, Alejandro Tomatis, Ernesto Tornquist, Xul Solar, entre otros.

Entre esos otros estuvieron, además, Haroldo Conti (1925-secuestrado y desaparecido por la dictadura militar en 1976), esencial habitante tigrense, autor de “Sudeste”, una novela en la que deja esta metafórica moneda de oro sobre la zona: “Se había confiado en el río. No hay cosa que más enfurezca al río”.

Deben ser mencionados, entre tantos que se omitirán involuntariamente, Oliverio Girondo y Norah Lange, así como también Ernesto L. Castro (autor de la novela “Los isleros”, llevada luego al cine en la versión protagonizada por Arturo García Buhr y Tita Merello. El escritor porteño-abastecense Juan Simeran, en una disertación reciente, calificó a Castro como a “nuestro Mark Twain, que, para variar, nos damos el lujo de ignorar”. Otros habitantes y amantes del Delta fueron Rodolfo Walsh y Roberto Arlt.

La escritura potente de Sarmiento dice de las islas: “Mientras el junco avanza como una guerrilla de descubierta, y se crea la tierra nueva, las islas de más antigua data se han secado a los huracanes lo bastante para dar nacimiento a otras plantas de composición más esmerada. Figuran como arbusto la Rama Negra, el Sarandí, el Amarillo, el Miní. Descuellan el Laurel, la Cuaca, el Canelo, y otros arbustos de adorno y árboles de leña. Manadas de carpinchos (babirusa) frecuentan sus costas, bañándose en los canales las noches de luna, y guareciéndose de día entre las enredaderas que entretejen las plantas, arbustos y árboles en impenetrables masas de verdura”.

Al remontar el Paraná y llegar a la zona litoraleña, Sarmiento ve el génesis y escribe otro texto propio de su estilo: “Como se ve, la creación está tocando a su apogeo de belleza a medida que se asciende río arriba, hasta las islas de Santa Fe y de Corrientes, cubiertas de bosques seculares, sobre los que descuellan palmeras de madera utilizable, y donde abundan leones, yaguares, osos hormigueros, monos y caimanes voraces…Tantas maravillas no fueron creadas para dejarlas abandonadas a las alimañas”.

Más de medio siglo después, Arlt tendrá presencia constante en el Recreo Tres Bocas y se lo vio mucho en la vida nocturna del Canal San Fernando, escribiendo aguafuertes y crónicas sobre el Delta, lugar en el que quiso que esparcieran sus cenizas, en una última voluntad que fue cumplida por sus familiares que lo hicieron en la confluencia del río Capitán y el arroyo de Abra Vieja. Arlt no se privó, por cierto, de cuestionar en sus escritos el trabajo mal pago y muchas injusticias que sufrían los isleños.

“ He estado recorriendo las siete hectáreas que trabaja un joven isleño- dirá Arlt en uno de sus aguafuertes- cuya mano, revestida de una plancha de callosidad, produce, cuando la tocamos, la sensación de ser el casco de un asno. Pero sus palabras ajustadas a la realidad, desmienten la tremenda deformación de sus brazos, que como las dos bielas de una máquina cavadora han reticulado la tierra, de treinta en treinta metros, de paralelos canales de drenaje…”. El poblador le dice: “Nosotros sabemos que a menos de cuarenta kilómetros de Buenos Aires, estamos más olvidados que si viviéramos en el más perdido extremo del país”.

MIGUEL ANGEL ASTURIAS

Escritor guatemalteco, a Miguel Angel Asturias (1899-1974) se lo considera precursor del llamado boom latinoamericano y recibió en 1967 el Premio Nobel de Literatura. Como todo creador y hombre libre, fue expatriado de su tierra y vino a nuestro país, en donde se casó por segunda vez con la argentina Blanca Mora y Araujo. Permaneció ocho años y en ese lapso vivió en una casa en las islas de Tigre, Shangri-la.

Asturias nunca se olvidaría de su hogar y paisaje tigrense. Para ellos escribió: “El río es el coloquio del trino y la molicie/ cuando en su lecho andante se despereza/ el día, lo mudable, la inocencia de Dios que no consume/ lo que en su ardor se quema/ para que siga el tiempo/ al comenzar el día,/como el agua pastosa que en el delta/ camina adivinando/ de un reino a otro reino de la vida/ los profundos caudales del principio:/ el hueso del durazno, su vello de oropéndola,/la violenta dulzura de la sangre en manzana/ que complota contra el seño de la pera desvestida/ de su cascara verde. País de los isleños”.

También Cortázar habló del Delta y Juan José Saer, entre tantos otros. Y también un escritor ineludible quiso recordar a la ciudad de Tigre, acaso para rescatar al maestro, al que cuarenta años antes no se había animado a conocer, con estas palabras: “Ninguna otra ciudad, que yo sepa, linda con un secreto archipiélago de verdes islas que se alejan y pierden en las dudosas aguas de un río tan lento que la literatura ha podido llamarlo inmóvil. En una de ellas, que no he visto, se mató Leopoldo Lugones, que habrá sentido, acaso por primera vez en su vida, que estaba libre, al fin, del misterioso deber de buscar metáforas, adjetivos y verbos para todas las cosas del mundo” (Jorge Luis Borges, “Las islas del Tigre”).

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