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Trabajan en la escuela domiciliaria 518, la única en la región

Docentes “todo terreno” dan clases a domicilio para chicos con diversas enfermedades

Es un establecimiento público y gratuito, que presta servicio educativo a decenas de alumnos. “Muchas veces nos conocen por necesidad”, aseguran los directivos

Docentes “todo terreno” dan clases a domicilio para chicos con diversas enfermedades

parte del equipo docente de la escuela especial 518, de nuestra ciudad. es la única domiciliaria que hay en la región/ el dia

Jorge Garay

jgaray@eldia.com

Se reconocen como maestras y maestros “todo terreno”. Su tarea, dicen, consiste en llevar sus clases “allí donde no hay nada”. En unir, como pueden, con lo que tienen, barriadas de La Plata, Berisso y Ensenada -a veces también Magdalena- para enseñar a alumnos que por alguna enfermedad -desde una afección temporal hasta un cáncer terminal- no pueden asistir al jardín o la escuela. Llegar, muchas veces, implica hacer cientos de kilómetros -en vehículo propio o en más de un colectivo- hasta entornos lejanos, cuando no complejos. Y eso, en parte, explica que sean apenas 14 los docentes que le ponen el cuerpo y el alma a la única escuela domiciliaria de la Región, la Nº 518, de la que dependen “65 estudiantes fijos -o sea, aquellos que padecen patologías de largo plazo o crónicas-, pero que al año pueden superar los 230, dependiendo del diagnóstico con el que llegue el alumno”, cuenta en la “sede” de calle 14, entre 44 y 45, Carolina Ibarra, que fue “domiciliaria” por 13 años y hace 5 que es la vicedirectora.

En ese edificio, que guarda el aspecto de lo que supo ser una antigua casa chorizo, se dictan clases de apoyo para chicos con trastornos del lenguaje y es el lugar en el que se realizan las inscripciones para la modalidad domiciliaria, se asignan los alumnos y se sigue su evolución.

Las aulas, en cambio, están afuera. En ocasiones, literalmente afuera: “Me acuerdo de una vez que tuve que dar clases abajo de un árbol, porque la casa a la que fui no tenía techo y ese día los rayos del sol pegaban fuerte”, rescata Juan Carlos Luperne, que lleva 19 años como maestro domiciliario y admite que cuando se recibió, hace más de 20 , no sabía de la existencia de este tipo de enseñanza.

“Ni siquiera los colegios comunes, ni privados ni estatales, saben que en La Plata existe una escuela domiciliaria, pública y gratuita -advierte la secretaria Irma Marconi-. Muchas veces nos conocen por necesidad, recién cuando tienen un nene enfermo en su matrícula”.

Para llevar la escuela a domicilio, es necesario especializarse en discapacidad motora o intelectual. “Yo no sabía que seguir esa especialidad me iba a habilitar para ser maestro domiciliario -confiesa Juan Carlos-. Hoy no lo cambio por nada, porque podés tener mil problemas, pero llegás, ves a tu chico que está ahí, esperándote, y se soluciona todo. Aún cuando tenemos todas las cuitas de los demás maestros y aunque damos clases en medio de situaciones increíbles, como puede ser una redada policial”.

Cerca de él, sus pares docentes Walter Gaud y la ex directora, María Cecilia Cañete, completan el cuadro con más pinceladas: entonces, uno habla de la vez que se embarró -o encajó su auto- para llegar a una casa en un barrio sin asfalto, o aquella otra en que tuvo que hacer 20 cuadras a campo traviesa o cuando se perdió entre viviendas sin numerar.

“Por eso yo digo que son todo terreno, 4 x 4 que educan en medio de la nada”, define Carolina, con una admiración que transmite con palabras y refuerza con sonrisa espontánea. “Ellos tienen la plasticidad tanto para enseñarle a pintar a un nene de jardín como para explicarle el teorema de Pitágoras a uno del Secundario, con lo que su formación debe ser constante”, destaca la vicedirectora, que reconoce que “a la distancia pareciera que el trabajo tiene más contras qué beneficios” y que “quizá, desde lo económico, al maestro le conviene más estar en la escuela. Este es un beneficio más íntimo, que tiene que ver con el crecimiento personal y la evolución de cada alumno”.

El objetivo que persiguen todos, y que María Cecilia resume en pocas palabras, es “que los estudiantes vuelvan a la escuela que dejaron antes de quedar convalecientes”, y que, por ejemplo, los estudiantes puedan cursar sus estudios. Como aquella alumna que, “habiendo nacido en una casa muy precaria, con una atrofia muscular, terminó la primaria conmigo y años después se recibió de abogada”, narra le ex directora, que también destaca el necesario foco puesto “en la revinculación del menor con su colegio, de ahí que nuestro trabajo sea tan pedagógico como humano”.

Walter Gaud, que es uno de los más jóvenes del equipo, todavía se emociona al contar su reciente experiencia con un alumno de una Primaria de Berisso, con alteraciones en el lenguaje: “Conectábamos con la mirada o a través del tacto, pero tras una cirugía repitió mi nombre. Eso fue muy importante para mí”, dice y sonríe con un recuerdo más fresco: “El otro día me volvió a pasar. Yo iba por Plaza San Martín y me reconoció, pese a que hace un año que no nos vemos porque él recibió el alta médica y pudo reincorporarse a su escuela. Es decir, yo siempre me acuerdo de él y él se acuerda de mí”.

“Nuestro trabajo es tan pedagógico como humano”, dice una de las docentes de la Escuela 518

“El desafío que tenemos es que los alumnos vuelvan a la escuela en la que estaban”

 

Por lo general, la asignación de los alumnos depende del perfil de cada docente quien, a su vez, define los contenidos en acuerdo con el colegio de origen del estudiante y trabaja en comunión con una médica que antes se ha entrevistado con el menor y su familia. Un maestro puede llegar a tener a su cargo entre 4 y 6 menores, a los que visita unas dos veces por semana (o una, en los casos en que la matrícula aumenta) , casi siempre por la tarde, durante 1 hora, 45 minutos.

Si la clase coincide con el horario del almuerzo o la merienda, al recién llegado lo esperarán con un plato de comida, o un mate o una taza de té. “Y te lo ofrecen con tanto amor que no te podés negar”, dice la vicedirectora.

“Pensá que sos la escuela en su casa, generás un vínculo, formás parte de su convivencia”, agrega Walter, suelta una carcajada, se explica: “En este momento le estoy dando clases a uno de cuatro años que cuando me ve llegar revolea la mochila (mueve una mano en círculos como quien agita un pañuelo), festeja. Ser domiciliario tiene esto del encuentro que es lo que a mí más me gusta”.

Juan Carlos relaciona ese “festejo” con lo que significa para quienes están sufriendo “que uno les lleve la normalidad del guardapolvo blanco” y, casi en el mismo sentido, propone el humor como mecanismo de defensa ante la adversidad. Así, dice, encaró la enseñanza de uno de los alumnos que más lo marcó, afectado por una de las llamadas enfermedades raras, con problemas para leer, hablar y escribir, “pero él siempre seguía adelante, a pesar de su patología”. En su casa de la zona oeste de La Plata, le dio clases entre los 7 y los 16 años, hasta que pudo reincorporarse a una escuela especial, de la que egresó. “En esos nueve años fui testigo de cómo la familia fue construyendo su casa; hace poco estuve en su cumpleaños, cuando cumplió 18 y en la fiesta de 15 de su hermana”, ilustra sobre ese lazo que va más allá de la escuela.

Es un vínculo a prueba de todo, coinciden los docentes. Una relación que prevalece -y se fortalece- aún en el momento más duro, el que nadie quiere y para el que ninguno está preparado: “Es tan fuerte lo que se genera que cuando fallecen los chicos nos convertimos en sostén de las familia, las acompañamos y mantenemos el contacto tiempo después”, detalla la vicedirectora.

Para María Cecilia, que evoca el caso de un alumno que completó la primaria en su casa porque una distrofia muscular le impedía ir a la escuela y que finalmente falleció, esta “es una de las etapas más difíciles de sobrellevar, pero en la que más se nota el vínculo que creamos”.

Walter es consciente de esa cercanía entre el “domiciliario” y la muerte, con la frustración que muchas veces despierta: “Cuando ocurre es terrible y peor aún cuando los chiquitos, sobre todo aquellos que padecen leucemia, se dan cuenta”, cuenta y recuerda la pregunta que hace poco le hizo una alumna de 8 años: “¿Qué es la muerte? No supe qué responderle”.

Por tratarse de una profesión que los enfrenta a ese tipo de preguntas, a patologías y vicisitudes de lo más diversas o porque -como cuentan los maestros- apenas disponen de $260 mensuales en viáticos para movilizarse de una punta a la otra de la Región, los docentes domiciliarios reconocen que lo suyo “no es para todo el mundo”.

“Es cierto que muchos huyen, pero el que entra no se va más”, sostiene Carolina.

“Al que no le gusta no dura ni un día”, sintetiza María Cecilia, que lleva 31 años en la 518 y que en su caso la sigue atrayendo “la autonomía de ir de un lugar a otro, esta cosa nómade del ‘domiciliario’, muy lejos del sedentarismo de la escuela normal”.

¿Por qué, siendo tan pocos y tan necesarios, la tarea de estos verdaderos maestros y maestras a domicilio permanece tan invisibilizada? ¿Por qué, aún hoy, a 65 años de su existencia, la escuela Nº 518 sigue siendo una (desconocida) novedad para muchos?, son algunas de las preguntas que todavía se hace el equipo de 14 docentes que traslada su enseñanza a las barriadas más lejanas de la Región.

“Cada año pedimos [a las autoridades educativas] entre dos o tres cargos más, porque la matrícula y la demanda son cada vez más altas”, concluyen en la sede de calle 14, apenas el punto de partida hacia las casas de La Plata, Berisso y Ensenada que docentes y alumnos convierten en sus verdaderas aulas.

La inscripción
Para inscribirse a la modalidad domiciliaria, el alumno debe presentar el certificado médico que acredite que no puede concurrir a la escuela por un lapso determinado, a causa de una enfermedad que puede ser crónica o transitoria, postquirúrgica, entre otras.La enfermedad no debe ser infectocontagiosa.Al momento de la admisión, la familia debe concurrir con fotocopia del DNI del estudiante y del calendario de vacunas.Se toman estudiantes de todos los niveles y modalidades (desde la sala de cuatro años del Jardín hasta 6º año de la Secundaria).
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Docentes integran el equipo de la Escuela Nº 518, sede de los maestros y maestras a domicilio que llevan enseñanza a unos 65 alumnos de La Plata, Berisso y Ensenada. La matrícula, que es variable, llega a superar los 230 estudiantes al año.

 

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