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Los demonios que en las noches se llevaban a los pecadores

La Banda de los Pitufos de Olmos no tuvo nada que envidiarle a Los Doce Apóstoles de Sierra Chica. Logró prácticamente el control de la cárcel y produjo hechos sangrientos y cinematográficos. Un productor de Hollywood vino a buscar letra sobre ellos

Los demonios que en las noches se llevaban a los pecadores
Hipólito Sanzone

Por: Hipólito Sanzone
hsanzone@eldia.com

18 de Octubre de 2020 | 05:56
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“Usted está buscando culpables entre hombres, pero estos no lo son”.

En los pabellones del primero al tercer piso, donde se alojaban los presos de mejor conducta (los denominados “trabajadores” porque aceptaban realizar tareas en los talleres), se decía que Los Pitufos eran demonios. Que en las noches se le presentaban a los que no podían con su conciencia y se los llevaban a otro infierno más infierno.

Así se hablaba, en aquel inicio de los años ochenta, en las “ranchadas”, las reuniones de mate y comidas en La Unidad Penitenciaria 1 de Olmos, la cárcel más poblada, conflictiva y peligrosa del país, cada vez que un preso desaparecía de su pabellón y al tiempo era encontrado apuñalado, vejado o golpeado hasta morir en algún rincón húmedo y oscuro.

Ocurría tan seguido que en algunos sectores del penal los detenidos se organizaban en guardias nocturnas. Pero no pocas veces eran sorprendidos y asesinados o llevados como botínes sexuales al llamado Territorio Pitufo. Nunca quedaron claros los límites de aquel reino, aunque todos apuntaban a los pisos superiores de la mole gris, donde por entonces se alojaba a los presos más peligrosos que en “orden de importancia” eran los homicidas en ocasión de robo, a los que no les temblaba el pulso para gatillar al menor amago de resistencia y también algunos que mataban por placer.

Los sacudones y turbulencias de la transición de la dictadura a la democracia se hicieron sentir en Olmos de manera inusitada y cuesta creer que en esos tres años entre los primeros meses de 1984 y el otoño de 1987 nadie haya podido frenar el avance de Los Pitufos hasta un final sangriento.

La cárcel se convirtió en un escenario de violencia casi cotidiana, incontrolable. Los Pitufos le hicieron a Olmos más de 200 perforaciones, entre pasadizos entre paredes, pisos y hasta un túnel por el que sus principales jefes lograron una memorable fuga.

Al principio la banda fue una construcción transversal, con jefes menores que se renovaban e intercambiaban pequeños territorios en los pabellones y que a diferencia de las estructuras piramidales no ofrecía cabezas visibles para siquiera pensar en la metáfora de cortarlas. Algunos analistas de entonces atribuían eso a las especiales características de algunos miembros de la banda y se decía de ellos que eran presos que venían “desde menores”, que desde los 15 ó 16 años ya cargaban con varios muertos y que habían pasado y sacado pecho por tantos encierros que las rejas, las paredes húmedas y los rincones inciertos eran su jungla.

EL PAPÁ PITUFO

Una selva de depredadores. Pero, como en la selva, más tarde o más temprano aparecerían las fieras mayores. Y así se consolidó el poder de un grupo de reclusos referenciados en Miguel Ángel Acosta Gadea, alias El Porra o, como bien merecido lo tenía, “Papá Pitufo”.

El Porra era de la zona de Olmos y empezó de muy pibe como asaltante de taxistas hasta convertirse en un peligroso pirata del asfalto. Y sus jefes militares poco tenían que envidiarle, empezando por Ángel Menucci Flores, que cuando la policía fue a buscarlo después de una fuga para Netflix, los esperó con una granada en cada mano.

En 1985 se conoció un informe reservado en el que el Servicio Penitenciario identificaba a algunos supuestos líderes pitufos y a partir de ahí se produjeron algunos traslados. Llevando detenidos a Batán y Sierra Chica se creía haber podido desarticular la banda.

Pero la paz duró apenas unas noches. “No son hombres, son demonios”, repetían en los pabellones de los “hermanitos”, como en la jerga tumbera se llama a los presos que se convierten a la fe evangélica.

El concepto “pitufear” fue con los años perdiendo poder de fuego en la jerga cacelaria. Los que conocen el paño aseguran que hoy se dice que alguien anda pitufeando si se sospecha que a hurtadillas roba tabaco, droga o algo de valor que no pueda entrar con las visitas.

“Ahora cualquier gato pitufea”, dicen. Pero entonces el que salía a pitufear salía a matar, a secuestrar a otros presos para ajusticiarlos por cuentas pendientes o, simplemente, para someterlos.

En un trabajo sobre la historia de los evangelistas en la cárcel de Olmos, el pastor de la orden “Cristo la Única Esperanza”, Juan Zucarelli, describía en esos años que “las violaciones y los asesinatos en las áreas circundantes a los presos eran casi imposibles de controlar. Hasta el final de 1987, la violencia fue abundante en la prisión. Los presidiaros conocidos como “Los Pitufos” aterrorizaban a otros presos. Durante este período, los presos comparaban la cárcel con un queso, debido a la cantidad de agujeros y la habilidad de los presos de moverse de una celda a la otra. La cárcel a veces estaba en manos de los presos”.

Zucarelli fue pionero en la prédica de la fe evangélica dentro del penal, una labor que produjo un cambio en la vida carcelaria.

RITOS SATÁNICOS

“El cuarto de cinco pisos de la cárcel de Olmos, era un centro de poder donde toda clase de conductas criminales incluyendo motines, drogas, asesinatos y violaciones eran instigados. Sacrificio de animales y ritos satánicos eran prácticas comunes en la cárcel. De esta forma, ellos se sometían constantemente al dominio satánico”, escribía Zucarelli.

“Los presos decían que podían ver demonios en la aparición de enanos, subiendo y bajando por las escaleras. Numerosos testimonios cuentan la abrumadora presencia del diablo gobernando en la cárcel. El caos espiritual estaba en todas partes”, señalaba el pastor Zucarelli al describir lo que encontró en aquellos días en que empezó a predicar en Olmos.

Las viejas paredes, acosadas durante décadas por la humedad y la falta de mantenimiento, cedían como madera podrida a las púas en que se transformaban los elásticos de las camas. Por un agujero pequeño era posible comunicarse entre celdas y pabellones y por algunos más grandes, directamente pasarse entre ellos.

Y había “ascensores”. Así se llaman los pasadizos de un piso a otro que se construían con paciencia, primero escarbando hasta alflojar las baldosas, donde las había y poco a poco perforar el cemento. Después se armaba un entramado de sábanas y cobijas por el que se deslizaban de un piso a otro.

EL GRUYERE

La mejor definición de aquel escenario la daría el Prefecto Julio Barroso, por entonces jefe del área de Tratamiento y Vigilancia de la Unidad: “La cárcel está llena de agujeros, es un queso gruyere”.

Siempre de dio por sentado que Los Pitufos contaban con apoyo externo. Y una prueba de ello fue cuando se descubrió que parte de la comida que robaban la vendían a unos criaderos de cerdos de la zona y que el dinero que recibían a cambio les llegaba escondido en las provisiones que les proveía el penal porque en la Fortaleza Pitufa casi nadie recibía visitas.

“Eran jugados de todo. Tipos que no tenían la mínima esperanza de una reducción de pena, de un beneficio. Para ellos era sobrevivir ahí adentro, morir o escapar”, señalaba un agente penitenciario.

En esos años, el edificio alojaba al doble de la población para la que había sido construído. Y esa sobrepoblación se hacía sentir en los baños, las cañerías, las paredes. Olmos, decían, crujía por las noches como en un quejido largo y espeluznante.

Hacia el verano de 1986 Los Pitufos y las autoridades del penal llegaron a un acuerdo: si ningún guardia subía al cuarto y quinto piso la banda dejaba de secuestrar a otros presos y tirarlos por el hueco de los ascensores. Ese pacto de “no agresión” duró unos meses y mientras tanto fueron despareciendo casi todas las herramientas de los talleres. Ni pinzas, ni destornilladores, ni leznas, ni tenazas, ni serruchos. Nada había quedado y todo era material en territorio pitufo. Olmos vivía entonces en una suerte de paz negociada donde a pesar de los compromisos y “pactos de caballeros”, el horror seguía paseándose por los pabellones.

El final de Los Pitufos se empezó a escribir en 1987 y en capítulos de sangre y fuego.

A fines de mayo de 1987, con la cárcel prácticamente bajo el control de Los Pitufos, el entonces juez de Instrucción en lo Penal, Eduardo Carlos Hortel firmaba la autorización que daría inicio a lo que se conocería como “La Batalla del Pabellón 9”. Se decía que había que esperar el turno judicial de Hortel porque era el único que por entonces se animaba a firmar la orden para irrumpir en La Fortaleza.

Con el compromiso no escrito de la mayoría de la población carcelaria que padecía a Los Pitufos, 35 oficiales ingresaron al Pabellón 9 donde los esperaban 74 reclusos dispuestos a resistir. En la refriega hubo seis oficiales heridos de arma blanca y 12 internos con impactos de balas de goma y golpes de bastón. Oficiamente no se reportó ningún herido de balas de plomo. La batalla duró más de una hora y media y al cabo, 34 reclusos fueron subidos a cinco camiones celulares y repartidos entre los penales de Sierra Chica, San Nicolás y Batán.

Dos días después de la Batalla del Pabellón 9, el Servicio Penitenciario mostraba “el Queso Gruyere” al que alguna vez se había referido el Prefecto Barroso. Los daños se calculaban en más de 65 mil de esos australes que rondaban los 0,80 centavos de dólar cada uno.

EL AYUDANTE DEL CURA

Y empezaban aparecer algunas historias del tenebroso dominio Pitufo.

“Eran fieras, tenían drogas, alcohol, yo que no me asusto de nada viví un infierno”. El testimonio era de “Titina”, una travesti que fue secuestrada por Los Pitufos y que, como reconocía, “no se asustaba de nada”, habida cuenta que Titina había ido a parar a Olmos después de una larga lista de robos en casas de familia del conurbano norte, donde se hacía pasar por mucama.

Pero antes de aquella batalla que significó un fuerte golpe al Estado Pitufo, se había escrito otro capítulo central: la fuga de los principales jefes en la noche del 8 de mayo de 1987 a través de un túnel que nacía del otro lado del muro, en la capilla y casa parroquial y terminaba en un sector del patio que las autoridades reconocerían como “poco vigilado”.

Un preso, que oficiaba de ayudante del sacerdote a cargo de los oficios religiosos sería sindicado como el principal nexo para las excavaciones al contar con las llaves de la capilla.

“Contaron con apoyo externo”, diría con absoluta seguridad el entonces jefe del SPB, José Omar Giorno, que se presentaría a dar detalles de la fuga en una tumultuosa conferencia de prensa junto al entonces Subsecretario de Justicia, Daniel Márquez. En busca de explicaciones sobre cómo habían podido hacer el túnel sin levantar la perdiz, se dijo que parte de las excavaciones eran de 1983, de un frustrado intento de fuga pero que la terminación de la vía de escape se habría hecho durante la Semana Santa de aquel 1987.

Por ese túnel fugarían el Papá Pitufo, Miguel Ángel Acosta Gadea y sus principales espadas: Ángel Menucci Flores, Alberto Faustino Álvarez Cejas, Jorge Fernández, alias “La Lujanera” y Omar Alberto Martí Chegli, alias El Loco.

LA LUJANERA

La Lujanera era toda una leyenda en el ambiente carcelario por sus tres intentos de fuga, cada uno más arriesgado. El último y más comentado había sido dos años antes, en 1985. Viendo que tenía un sorprendente parecido físico con uno de sus guardias, La Lujanera Fernández se las ingenió para conseguir un uniforme del Servicio Penitenciario, algo que mucho no le habrá costado en esos días de “gobierno pitufo”. Como en las películas, el verdadero guardia fue retenido en una celda y La Lujanera emprendió el camino a la calle hasta que al pasar el último control se encontró con el hermano del agente que pretendía suplantar y que también trabajaba en el SPB. Y ya se sabe que la sangre es la sangre. El hombre se dio cuenta del engaño, dio la alerta y La Lujanera siguió preso.

A pesar de las afirmaciones sobre “apoyo externo” sobre las que insistían los funcionarios para explicar que los jefes pitufos se habían esfumado, días más tarde se sabría que las cosas no habían sido tan organizadas. Por caso, cuando salieron del túnel corrieron a esconderse en la casa de una tía del Porra, una mujer de apellido Peñalva que vivía en 142 entre 43 y 44.

MATRIMONIOS Y ALGO MÁS

Los Peñalva ya habían terminado de cenar y solo quedaba un poco del flan casero del postre, algunas migas en el mantel y dos tazas de té que todavía reclamaban paciencia o soplidos.

Algo hablaban y un poco reían con la emisión de ese viernes de Matrimonios y Algo Más cuando se sobresaltaron por golpes en la puerta. Eran cuatro y un quinto que esperaba en un Ford Sierra que luego se sabría robado.

El Porra Gadea se presentó ante su tía, le pidió ayuda y le juró que sus amigos no le iban a dar problemas. Y que por una razón que no explicó, tenían que pasar la noche ahí. Una de las hipótesis de aquello fue que la supuesta ayuda externa no había podido asegurar el lugar donde irían a “aguantarse”, en una zona del conurbano bonaerense y la banda debía hacer tiempo hasta entonces. Sobre la base del viejo chiste de que para esconder un elefante hay que mezclarlo con otros elefantes, el Porra Gadea pensó que en la casa de su tía, tan cerca de la cárcel, sería el último lugar donde los buscarían. Y tenía razón.

Pero un imprevisto cambiaría los planes, pondría en riesgo la fuga y casi terminaría en una tragedia para la pobre familia Peñalva, que a esa altura no concebía más espanto.

A poco de entrar a la casa, a uno de los Pitufos, al Loco Chegli, se le puso que Santiago, el hijo de los Peñalva por entonces con 20 años, hacía “movientos raros” con sus manos.

Y creyendo que el joven podía esconder un arma, sin agua va le metió un tiro.

La suerte estuvo del lado de Santiago porque la bala apenas lo rozó, pero el estruendo y el escándalo que siguió, entre los gritos desesperados de la señora Peñalva y los reproches del Porra, alertaron a los vecinos. Cuando el teléfono de la casa sonó por tercera vez en menos de cinco minutos y del otro lado alguien preguntaba a los Peñalva si les había pasado algo, los Pitufos entendieron que aquel ya no era un buen escondite.

Alguna vez se dijo que temerosos de emprender viaje al conurbano en plena madrugada, con toda la policía buscándolos y sin haber podido “cerrar” con el que les debía garantizar el aguantadero, la banda durmió esa noche en el Ford Sierra que estacionaron bajo una árboleda en una calle que cortaba la avenida 44 poco antes de llegar a Etcheverry.

La banda pudo llegar al conurbano donde algunos de ellos se movían con más recursos que el Porra, que a poco de fugarse no encontró otro escondite que la casa de la tía. Se dijo que se habían dividido: el Porra y Menucci por un lado y Chegali, Cejas y Fernández cada uno por su lado. El primero en caer fue Cejas, en Capilla del Señor.

LAS GRANADAS Y EL LOCO CHEGLI

En la primavera de ese año un “informante” le dio a la policía el dato sobre el aguantadero de Menucci Flores, en el partido de Esteban Etcheverría. Los detectives nunca imaginaron que en la misma casa encontrarían al Porra Gadea que de esa “ratonera” logró escapar, del mismo modo que Menucci Flores. Pero las huídas no fueron perfectas y los acorralaron en la localidad de Spegazzini. El Porra recibió media docena de balazos y Menucci Flores no tuvo un mejor final: esperó a la batida policial armado con dos granadas. Una le explotó en la mano y no sobrevivió. La Lujanera Fernández fue el que más tiempo logró mantenerse prófugo.

El último en caer fue el Loco Chegli, en la segunda semana de noviembre de 1987. Dentro de un Ford Taunus color rojo, muy flojo de papeles, el Loco esperaba a un amigo en la puerta de una casa de Guaminí al 1600 en La Matanza cuando una patrulla policial pasó junto él, muy despacio. Tan despacito que su mirada y la del policía al volante del patrullero quedaron prendidas en un instante eterno, encendidas de sospechas en la penumbra de esa noche calurosa. Al Loco lo traicionaron los nervios y sin pensarlo puso en marcha el auto y salió arando. Los chillidos de las cubiertas sobresaltaron a los vecinos de la cuadra siguiente, dos matrimonios de jubilados de los que por entonces todavía podían darse el lujo de sacar unas sillas a la vereda para charlar y tomar fresco. En poco tiempo esa constumbre quedaría en el pasado y en un presente de alto riesgo.

El patrullero persiguió al Loco hasta el cruce de Juan Bautista Alberdi y Aldalgalá, donde su poca experiencia en manejar uno de aquellos autos “modernos” con dirección hidráulica, lo llevó a ponérsela de frente contra un árbol. Aturdido, quiso cubrir su fuga a los tiros pero no le alcanzó.

A los 34 años el Loco caería bajo las balas policiales a las que había intentado repeler con una 9 milímetros que dos días antes le había robado al cabo primero Puterzone, a quien había sorprendido franco de servicio entre los clientes de una pescadería de Burzaco, uno de los tantos golpes que daría tras su fuga de Olmos. Debajo de uno de los asientos del Taunus la policía encontró una bolsa de nylon grueso, como las que daban las zapaterías a los clientes que rechazaban la caja de cartón. Dentro había dos revólveres calibre 38 y más de 100 municiones. Eran los fierros que el Loco Chegli había conseguido para, según se sabría después, asaltar una distribuidora de golosinas en la zona de Paso del Rey.

En 1990 hubo en Olmos un motín que dejó, a causa del incendio que incluyó, 35 reclusos muertos. La historia oficial pretendió cargarle la burra a Los Pitufos, que a esa altura ya solo eran una leyenda carcelaria. Las sospechas de un motín “armado”, supuestamente vinculado a la resistencia de algunos mandos del Servicio Penitenciario a una reforma política que se venía venir, crecieron rápidamente. En un libro titulado “Las Llaves de la Cárcel”, el por entonces ministro de Gobierno bonaerense, Luis Brunatti, contaría detalles de esa experiencia reformista iniciada por iniciativa suya en el Penal de Olmos, y que culminó de manera trágica.

Asomaba el sol rojizo de los 90. Empezaba a discutirse un tema difícil: que fuerzas de seguridad militarizadas, que durante décadas habían funcionado como compartimientos estancos, empezaran a ser gobernadas y controladas por civiles surgidos de la democracia.

DE PARTE DE UN TAL JOHN CARPENTER

Una mañana de aquel invierno de 1987 dos hombres jóvenes se presentaban en el edificio de 6 y 53 y pedían una entrevista con el gobernador Antonio Cafiero. Uno de ellos extrajo una tarjeta donde se veía el escudo de la Embajada de Estados Unidos encima de un nombre y una breve nota en la que se solicitaba “toda colaboración posible al portador de la presente”. Aseguran que Cafiero no los atendió, pero en cambio designó a un estrecho colaborador que oyó el pedido de los visitantes. Uno hablaba perfecto castellano y el otro, nada más que inglés. Le preguntaron al funcionario si había visto “Fuga de New York”, una película estrenada en 1981 del director John Carpenter y protagonizada por Kurt Russell, sobre un futuro distópico en el que las cárceles se habían vuelto tan incontrolables que el gobierno había decidido empalizar la Isla de Manhtattan y convertirla en una mega prisión con gobierno y reglas propias.

Y cuando llegó el momento de ir al grano, pidieron que les abrieran las puertas de Olmos para contar en el cine la historia de Los Pitufos y hacer “una mejor” que la de Carpenter, dijeron.

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La cárcel de olmos, donde tuvieron lugar hechos sangrientos y cinematográficos

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