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Rosa E. Belvedresi
Prof. Titular Dpto. Filosofía (FAHCE-UNLP)
Mucho se habla sobre el impacto que la cuarentena decretada a raíz del COVID-19 tendrá en la economía del país. Y no es para menos, la caída del PBI que se contabilizará en las próximas estadísticas dará una clara muestra de eso. Los números de pobreza, ya altos antes de la pandemia, mostrarán también un incremento importante. Hace unos días UNICEF adelantó que casi un 60 por ciento de niños/as y adolescentes será pobre en nuestro país a fin de año. Nos hemos acostumbrado a ver a economistas discutir sobre qué hacer en este contexto: si seguir con la cuarentena, si dejar que la producción de bienes y servicios vuelva a la normalidad, si hay que emitir y luego ver qué se hace con la inflación o si no hay que emitir para evitar un golpe hiperinflacionario futuro. Además de economistas, la televisión nos entrega un largo desfile de médicos con variadas especializaciones, biólogos, psicólogos, etc., que dan explicaciones sobre la velocidad de los contagios, la tasa de duplicación, la disponibilidad de camas frente a una futura explosión o el impacto de la cuarentena en nuestra subjetividad.
Sin embargo, en los innumerables programas de eternos panelistas que pueblan nuestra TV hemos visto pocos docentes hablando de la verdadera tragedia educativa que estamos viviendo. Casi tampoco se ha escuchado a los responsables de las carteras educativas de nuestro país dar mayores precisiones sobre este tema. Se trata de una tragedia de cuyas consecuencias aún no nos hemos hecho una idea exacta.
De manera instantánea, la educación se trasladó a los canales digitales, obligando a los trabajadores de la educación a readecuar en tiempo récord sus clases, produciendo sus propios materiales, grabando audios o videos, apelando a plataformas cuyo uso (casi) no conocían antes. Ese cambio, drástico y radical, modificó de manera profunda todo el proceso educativo. Arrasó con uno de sus elementos centrales que, sabemos, es el que marca la diferencia: el docente en el aula. Los maestros y profesores en el aula, comprometidos con sus estudiantes, aportan una mirada atenta y una escucha que no se reemplaza por un encuentro virtual.
Pero además, peor aún, ese encuentro virtual muchas veces no puede darse. Primero, porque muchos docentes no están capacitados para el uso de esas herramientas del modo intensivo en que hay que usarlas ahora. Segundo, porque las clases virtuales sólo son posibles en contextos en los que muchas otras condiciones deben darse. En la educación tradicional, presencial (¡qué antiguo suena ahora!), el alumno puede o no entrar al aula, puede tomar notas, puede dormirse en medio de una clase. Que la educación tenga éxito depende básicamente de dos variables: lo que el propio alumno quiera lograr y el compromiso que el docente tenga con su clase.
Pero lamentablemente, hoy, muchos estudiantes no pueden seguir sus clases, porque carecen de las computadoras necesarias para hacerlo o porque tienen un acceso limitado o defectuoso a internet. Lo mismo le ocurre a muchos docentes, trabajadores que no siempre cuentan con elementos informáticos o que poseen una computadora que deben compartir con el resto de la familia. En consecuencia, nuestros estudiantes navegan solos en un mar de información, tareas, consignas, lecturas, videos. Ahora, la condición para que puedan llegar a buen puerto está por fuera del compromiso que ellos o sus docentes tengan con el proceso educativo. El éxito educativo depende, como nunca antes, de un entorno social que garantice el acceso a los instrumentos y herramientas digitales. Pero, más aún, de un entorno familiar que pueda acompañar a esos estudiantes, que pueda responder a sus preguntas, orientar sus búsquedas, proveer contención y ayuda. Y ese entorno familiar no está disponible para muchos de nuestros niños y jóvenes. Porque las condiciones económicas dificultan que muchos padres puedan disponer de tiempo de calidad para acompañarlos. Y también porque muchas familias carecen de recursos simbólicos y culturales para estar atentos a las preguntas de sus hijos y proveer los instrumentos necesarios para responderlas. Y, finalmente, porque los trabajadores de la educación son irremplazables.
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La educación virtual, digital, a distancia, o como quieran llamarla, ha llegado para instalarse en un contexto desigual que sólo contribuirá a profundizar. Es hora de empezar a hablar de ello.
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