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Eduardo Gutiérrez, autor de juan moreira, nació en 1851. no fue un buen estudiante, pero tuvo un sigular talento para las letras y para la música. entre otras cosas, fue militar y conoció de primera mano a los soldados fortineros
DIEGO RUIZ
“Los diarios mordían grueso y hondo, no sin amostazar a trechos la magra presidencial con sabroso condimento de travesura criolla, en la cual sobresalía aquel ingenioso Eduardo Gutiérrez, especie de ‘Ponson du Terrail’ de nuestro folletín, mordiendo como una chaira para sacar filo de epigrama a lo ridículo, concertador de lindas décimas, cuentista, militar, cronista amenísimo, siempre en desastre fiduciario con los vales de la administración, aunque a crédito ilimitado con la jovialidad, musa, entonces, de las gacetas porteñas; y en medio de todo, el único novelista nato que haya producido el país, si bien malogrado por nuestra eterna dilapidación de talento.”
Quien esto escribía en su Historia de Sarmiento, en 1911, era Leopoldo Lugones, que del tema algo sabía, y lo curioso es que será él mismo quien inicie en 1916, al publicar El Payador, la operación intelectual que terminará entronizando a Martín Fierro, al gaucho, como arquetipo de un supuesto ser nacional cuando ya ese gaucho había desaparecido.
El autor de Juan Moreira murió en Buenos Aires el 2 de agosto de 1889
Alguien, cuyo nombre se nos escapa, dijo que otra hubiera sido nuestra historia si ese lugar hubiese sido ocupado por Juan Moreira y quizá no le faltara razón; Moreira muere rebelde y fuera de la ley, mientras Fierro acepta el nuevo orden de cosas y termina haciendo un panegírico del orden, la autoridad y las jerarquías sociales.
Pero ojo, que el Moreira que se convirtió en arquetipo no fue el real, sino un personaje literario.
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El verdadero era un petisón hijo de gallegos, rubio y afeitado, no el hércules con barbas asirias que pinta Gutiérrez, y si fue muerto en el peringundín La Estrella de Lobos –hoy demolido, cuándo no– fue porque se había pasado del autonomismo al mitrismo en su profesión de matón electoral; el primero había ganado las elecciones con la violencia típica de la época, el mitrismo, fracasado en su revolución –en la que murió Francisco, el abuelo de Borges– y Moreira, en fin, se había convertido en un personaje incómodo.
Pero, ¿quién era el inventor del personaje? Eduardo Gutiérrez había nacido en 1851 de padre uruguayo y madre porteña, con hermanos casi veinte años mayores entre los que se destacaron José María, el periodista y escritor, Ricardo, el poeta y médico que fundó la pediatría en la Argentina y, dato anecdótico pero interesante, teniendo por tío abuelo a Bartolomé Hidalgo como luego tendría por cuñado a Estanislao del Campo, dos pilares del género gauchesco. Mal estudiante, tuvo sin embargo un singular talento para los idiomas y para la música, llegando a dar conciertos de piano sin saber una corchea y, bajo el ala de José María se inició en el periodismo, donde pronto adquirió reputación. En 1874 ingresó al ejército como alférez de caballería, bajo el mando de Hilario Lagos, prestando servicios en el fortín General Paz, lo que refleja en sus Croquis y siluetas militares. O sea que Gutiérrez convivió con el soldado fortinero, el gaucho condenado a ese servicio por un tajo inoportuno, ojeriza de un juez de campaña o por “vago y malentretenido”, o sea sin papeleta de conchavo; lo conoció de cerca como Lucio V. Mansilla, o José Olascoaga –otro militar-escritor hoy olvidado–, cosa que mal que nos pese nunca estuvo al alcance de José Hernández. Gutiérrez combatió contra los revolucionarios de 1874, con los indios en Monte, Guaminí y Blanca Grande y en esa vida fortinera –donde llegó a capitán– contrajo la tuberculosis que lo mataría con sólo 38 años.
Retirado del ejército, las penurias económicas lo llevaron a convertirse en un galeote de la pluma, trabajando noche tras noche, sin descanso, para entregar a la madrugada siguiente el correspondiente capítulo del folletín que en ese momento estaba desarrollando. Salvando las distancias, se parecía en esto más al enorme –en todo sentido– Honorato de Balzac que a los Dumas, que disponían de numerosos asalariados –”negros” en la jerga del oficio– y habían llevado la novela por entregas a la categoría de rentable industria. Gutiérrez escribía rápìdo y sin posibilidades de corregir –en las ediciones de sus obras, es corriente hallar la leyenda “Sin corrección del autor”–, urgido por el tiempo, sin notas ni fuentes, confiado sólo a su memoria y a tanto la página, lo que explica su abuso del punto y aparte y su desprolijidad. Dice Alvaro Yunque: “Gutiérrez escribe como habla. Se deja ir, sin preocupaciones de estilo ni de sintaxis, a veces (...) Por momentos, ese dejarse ir se torna insoportable para el oído. Las asonancias, los defectos de sintaxis, las repeticiones, los adjetivos manoseados golpean (...)”.
Es posible que, en otro medio, Gutiérrez hubiese podido desarrollar plenamente su potencial, que entrevemos en La muerte de Buenos Aires y en las cuatrilogías sobre Rosas y el Chacho Peñaloza, quizá sus obras de más carnadura histórica, y no fuera recordado tan sólo –aunque de por sí de capital importancia– por la puesta en escena de su Juan Moreira por los Podestá, en el circo de los hermanos Carlo, partida de nacimiento del teatro nacional. Sabemos que él mismo daba poco valor a su obra. En cierta oportunidad, un conocido le manifestó haber leído su último trabajo, a lo cual le expresó, turbado: “Por favor, doctor, prométame que no leerá esas cosas, no son para usted”. Y Fray Mocho, que fuera su amigo, comenta: “Gutiérrez nunca demostró interés ni aprecio por las propias obras que publicaba en folletones y que luego reunían en libros los editores que se enriquecieron”. Enrique García Velloso, uno de nuestros primeros dramaturgos, lo rescató tanto como Lugones: “Día vendrá en que se haga una revisión minuciosa y pulcra de ocho o diez obras de Eduardo Gutiérrez, y entonces se habrá incorporado a perpetuidad al acervo de la literatura argentina una de sus expresiones más nobles, más interesantes y más bellas, que por desidia de la crítica, por desprecio de los lectores de elite, fueron excluidas o tenidas como cosa subalterna”.
Para solventar su vida, tras retirarse del Ejército, se transformó en autor de folletines
Pero esas cosas subalternas fueron tan populares como el Martín Fierro, cuya segunda parte precisamente fue publicada por Hernández ante el éxito de Juan Moreira. Es que el folletín, nacido en la época en que los periódicos comienzan a imprimir tiradas antes impensadas como producto tanto de los avances técnicos como de la creciente alfabetización, se dirigía a un nuevo público lector al que había que mantener cautivo mediante el suspenso, las emociones fuertes, los gestos heroicos, las historias trágicas, en fin, mediante el melodrama. Y en nuestro medio, Gutiérrez supo concretarlo con un éxito que hoy llamaríamos masivo. La Nación Argentina, La Patria Argentina, La Tribuna, El Pueblo Argentino, La Crónica, El Orden, El Nacional, Sud América, se disputaron, según Alvaro Yunque, “[...] la colaboración de aquel cajetilla porteño, defensor de gauchos, exaltador de ladrones, relator del pasado aventurero, y a quien leían no sólo las gentes del suburbio –como se ha dicho–, sino todas las clases sociales. Y no sólo en la capital, sino en todo rincón del país adonde aquellos diarios llegaran”.
Con las ganancias de Moreira Gutiérrez pudo comprar una quinta en Flores, donde vivió sus últimos años, aunque falleció en una casa cercana a la pulpería del Caballito en 1889. Una cortada del barrio de Versalles lo recuerda desde 1937, corriendo entre Tinogasta y Pedro Lozano desde Víctor Hugo hasta Cortina.
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