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Entre los años 1629 y 1651 tuvo lugar en dos localidades del norte aragonés una brutal cacería de mujeres, a las que se torturaba y acusaba de ser siervas de Satanás debido a distintos signos interpretados como diabólicos por los jueces
Carlos Garcés
LUIS ENRIQUE FÁCIL
Entre los años 1629 y 1651, el entonces conde de Aranda, Antonio Ximénez de Urrea, emprendió en las localidades aragonesas de Épila y Almonacid de la Sierra (norte) una brutal cacería de brujas que se saldó con la tortura, escarnio y ajusticiamiento de varias mujeres señaladas como siervas del diablo por distintos signos interpretados como diabólicos por sus jueces.
Una historia que se sumergió en las aguas del olvido y que recuperó el historiador e investigador Carlos Garcés en su libro “Las brujas y la condesa. Caza de mujeres en Épila y Almonacid, y las brujas de Trasmoz”, un relato apasionante, que se sustenta en un minucioso rastreo de los documentos que aún se conservan sobre estos procesos en archivos de Burdeos (Francia) y en los españoles de Lérida, Zaragoza y Huesca.
Según explica el autor, se trata de un libro de historia sobre mujeres que se encuentran a ambos lados del tablero: las acusadas falsamente de ser brujas debido a comentarios, rumores o pruebas preparadas por un lado, y por otro, la condesa de Aranda, Luisa de Padilla, esposa del promotor de estos sangrientos juicios y una de las más importantes escritoras del siglo XVII.
En su nuevo libro, Garcés habla de unas mujeres que cargaron sobre sus espaldas los miedos y las supersticiones de una sociedad que las desnudó en busca de la señal del demonio, que torturó sistemáticamente sus cuerpos para forzar confesiones y que finalmente ajustició en la horca o en la hoguera.
Aunque algunas de estas supuestas brujas fueron absueltas o simplemente desterradas, muchas otras pagaron con su vida tras innumerables horas de tormento.
Una de ellas fue Ana Marco, juzgada y ajusticiada en 1634 a instancias de un fraile capuchino, que simuló un “vómito de hechizos” en el exorcismo al que fue sometido para librarse de la supuesta influencia diabólica de esta mujer, a la que se responsabilizó, además, de daños en frutos y cosechas y de las muertes de personas y de animales.
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“Para que no volvieran a torturarla, Ana Marco comenzó a atribuirse maleficios y a denunciar como brujas a otras mujeres”, relata en su libro Garcés, quien indicó que este tipo de comportamientos ya había desencadenado tres años antes, con otra supuesta endemoniada llamada Luisa Nuella, una gran caza de brujas en la zona.
La mujer murió en 1634 a golpes de garrote, una suerte similar a la que vivió en 1629 Isabel Alcaide, cuyo error fue hablar ante unas compañeras de trabajo del daño que le habían causado los condes de Aranda al expulsarla de Épila.
Isabel Alcaide murió sin confesar, a pesar de unas torturas que, según los acusadores, debían servir para que la acusada “diga, declare y confiese las muertes, males y daños que tiene hechos con sus brujerías y hechizos en la villa de Épila y otros lugares y partes del presente reino, así en personas como en animales y cosechas”.
Tortura y muerte recibieron también en estos procesos Luisa Nuella, Gracia Gascón y María Vizcarreta, ahorcada en Épila en 1651 y a la que se refiere el autor como “la última mujer ajusticiada en Aragón y en España por bruja”.
Cuarenta años después del célebre episodio de las brujas de Salem (EE UU) y en un momento en que la caza de brujas en Europa llegaba a su fin, María Vizcarreta, comadrona de oficio, fue acusada de ser bruja hechicera y de haber dado muerte a un niño de casi dos años.
A pesar de que no se conservan las actas del proceso, un escrito elaborado por un abogado de Zaragoza a petición del conde de Aranda revela alguna de las claves del juicio.
“Válgate el diablo, qué bonito que eres”, son las palabras que, según el padre de un niño de 19 meses, dijo Vizcarreta de su hijo mientras lo alzaba en el aire y le hacía diversas fiestas.
La muerte del niño poco después y otros hechizos que le fueron imputados sellaron finalmente el destino de esta mujer, en cuya espalda los jueces hallaron, tras lavarla con agua bendita, una marca parecida a una garra o zarpa, que según los acusadores era la marca del diablo. María Vizcarreta fue ahorcada públicamente en Épila en abril de 1651.
“Uno de los factores en los que estriba el interés que ha despertado el libro es que las brujas siguen formando parte de la cultura popular”, asegura Garcés, para quien sobre estos personajes “continúan vigentes un buen número de tópicos, cuando no de falsedades, que libros de historia como el mío deben tratar de disipar en la medida de lo posible”. (EFE)
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