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Ocurrencias: un crimen volvedor

Ocurrencias: un crimen volvedor

Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda

3 de Diciembre de 2023 | 01:57
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Diecisiete años después del femicidio de Nora Dalmasso, ocurrido el 26 de noviembre del 2006 en Río Cuarto, un fiscal inició una nueva investigación. Aguarda el resultado de un “mapeo y trazabilidad” de 45 muestras genéticas, con la intención de identificar al autor del crimen, cuyo ADN quedó en la bata que llevaba puesta la víctima al momento del ataque.

Nora Dalmasso y María Marta García Belsunce siguen unidas por la muerte. Los dos asesinatos echaron sombras sobre sus vínculos más cercanos. Sus esposos estuvieron siempre en primer plano, arrimando sospechas y coartadas. Y al final ninguno de los dos crímenes pudo ser esclarecido. Hay puntos comunes. No sólo por la edad y la figuración social de las dos señoras. También el country, la intimidad violada y la instrucción chapucera, emparentaron los casos. Y hay más: móviles ausentes, ADN esquivos, sospechas cruzadas, muertes en días feriado, matadores que no roban nada, puertas sin llave y esposos que cuando los investigaban apelaron al deporte (golf y fútbol) como coartadas. No hay llaves forzadas, ni pisadas ni faltantes. Nadie vio nada y el nudo y los pitutos pasaron a ser evidencias.

La investigación del caso Dalmasso puso entre paréntesis el proceder de esa dueña de casa que fue asesinada con escenografía y vestuario de amante satisfecha. Parece que lo del matrimonio abierto era una modalidad amorosa de los Macarrón (así lo dijo la madre de Nora) y que los preparativos de ella en su noche final, anticipaban un programa deseado que después acabó convirtiendo las caricias esperadas en nudos mortales. Toda la ciudad hizo de detective. Medio Río Cuarto andaba semen bajo sospecha, incluso un amigo de la casa se hizo un análisis para despejar dudas.

Al comienzo –suele suceder- los más cercanos son los sospechosos. La perversión se alimenta de cercanías. El diablo vive en las vecindades. Se habló de celos, de infidelidades y de asesinos a sueldo. Pero los canallas no necesitan demasiadas razones para matar. La justicia cordobesa empieza a buscar otra vez a ese asesino macabro que merodeo entre la furia y el éxtasis y que dejó marcas de pasión y muerte en la bata de la víctima. Ahora volverán a investigarlo. Su insistencia es casi como un juego macabro que nos viene a recordar que los asesinatos de este tipo siguen allí, listos para ser reencontrados y descubiertos, como si los muertos pidieran a jueces y criminales que no los olviden.

El fiscal cree que la bata de Nora y el ADN del asesino pueden contar algo nuevo sobre un matrimonio con tantos nudos

No es fácil rotular juegos amorosos en noches de tormenta, con marido ausente y con culpas y truenos merodeando

En todo crimen pasional las manos que acarician son las que matan. El amor es desesperación y, en sus excesos, el peligro puede ser un afrodisiaco extra para los que prefieren desear desde los bordes. Este caso hasta tuvo su correspondiente perejil, que fue ese albañil, al que acusaron prontamente de acomodarle los escombros a un matrimonio que tenía varias rajaduras.

Mientras la madre, a pura intuición, hablaba de venganza y hasta admitía la infidelidad de su hija, el marido, prefirió sospechar del círculo íntimo. El hombre prefiere que se lo acuse de cornudo distraído en lugar de volver a ingresar en la maraña criminal de un sicario enamoradizo que antes de consumar su tarea, gratis o ad honorem, disfrutó de la señora por el mismo precio.

Los forenses nunca se pusieron de acuerdo. Es difícil decodificar los alcances del deseo en el trajín del sexo. Los detectives no pudieron precisar si Nora quería o no quería al trasnochador que vino a guarecerse en su cama. Nunca fue fácil rotular los vaivenes de los juegos amorosos, sobre todo en noches de tormenta, con marido ausente y con culpas y truenos, merodeando.

Hubo cambio de fiscales, renuncias en el gobierno, acusaciones de negligencia y hasta un funcionario que habría salido a buscar el postre en otra casa. Y ya se sabe, siempre que el poder político anda cerca, cualquier novelón tenebroso gana en brillo y suspicacia.

Cada vez queda menos remanentes de aquel asesinato feroz que acabó con la pobre Nora. Las huellas están desapareciendo hasta de los chismes. Los celulares borraron todo, la autopsia aportó sólo dudas, las cámaras no registraron nada. Frente a esta tecnología encubridora que dejó a Nora a merced de sus amores, el fiscal cree que la bata y el ADN todavía pueden contar algo nuevo sobre este matrimonio con tantos nudos.

 

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