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Séptimo Día |EL BAOBAB DE “EL PRINCIPITO”

El misterio de la gente que le habla a las plantas

Últimos estudios destacan los beneficios botánicos de conversarle a las flores, los arbustos y los árboles. La íntima relación de la literatura con el reino vegetal: Tolkien, Machado, Buzatti, Hudson, Ibarbourou

El misterio de la gente que le habla a las plantas

MARCELO ORTALE
Por MARCELO ORTALE

12 de Marzo de 2023 | 06:48
Edición impresa

Un grupo nutrido de sobrinos se burlaba de una tía que le hablaba a las plantas. Esa burla. Esa burla inocente era extensiva a todas las personas que les decían palabras de amor y aliento al brote de las hortensias, al jazmín que se resistía a florecer, al severo laurel que no tomaba altura. Algunos se burlaban, pero el misterio persistía. ¿Se le puede hablar a las plantas?. ¿Conviene hacerlo?

Cuando las décadas pasaron, se habrá empezado a comprender por qué aquellas tías arquetípicas, todas ellas, tenían jardines paradisíacos, con sinfonías de arbustos y flores armoniosas. Y ahora, desde hace poco, se asegura que a las plantas les hace muy bien si alguien les habla. Dicen que es porque el reino vegetal está conectado con la integridad de la vida.

Los “diálogos” con las plantas, una práctica que, aseguran, tiene beneficios / Web

También debe consignarse que la relación entre el mundo de los árboles, arbustos y flores con la literatura fue pródiga desde el origen de las palabras. Una galaxia de novelas, poemas y cuentos hubiera quedado sin nacer si la creación literaria no se hubiera visto atraída por esos tesoros naturales, si no hubieran entretejido a partir de ellos historias y metáforas maravillosas.

Lo cierto es que recientes estudios habrían demostrado que es beneficioso hablarles –o cantarles- a las plantas, porque el sonido tiene la facultad de incidir en forma directa en las células de los vegetales.

La idea central es la de que las plantas se beneficiarían con el dióxido de carbono que expele el aliento humano, algo que favorecería el proceso de fotosíntesis. Establecida una rutina, la planta necesitaría de la voz humana casi como de un riego, en forma cotidiana. Una vez más tendrían razón aquellas tías referenciales de la infancia.

 

Fechner creía que las plantas disfrutan del sonido de la música y cuando les hablan

 

Ellas poseían sin saberlo eso que se llama “mano verde”. “Avoir la main verte” (“Tener la mano verde”) expresó por primera vez en Francia, en 1950 el escritor Michel Tourmier (1924-2016), cuando dijo: “una mujer cuyas manos verdes parecían tener el don de hacer crecer cualquier cosa en cualquier lugar”. La calificación comenzó a caminar y hoy se aplica en todo el mundo. Pero muchas de esas mujeres y varones con mano verde para las plantas, también les hablan.

La catalana Rocío Carmona (1974-), que además de escritora es cantante, fue hace poco más allá al sostener que los vegetales necesitan que les canten, ya no sólo que les hablen. “Las plantas también oyen” y valoran la música, afirma esta mujer.

Según Carmona, el asunto del canto viene de lejos: “Ya en 1848, el psicólogo experimental Gustav Theodor Fechner -(1801-1887)- aseguraba que las plantas tienen “alma” y que, al igual que los seres humanos, desean y se benefician de la compañía, la conversación y la interacción. Fechner creía que las plantas no solo disfrutan del sonido de la música, sino que crecen más y mejor cuando se les habla o se les canta”.

 

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y de un huerto donde madura el limonero”

 

Sin embargo, un autor tan imaginativo como J.J.R. Tolkien (1892-1973) enfiló más allá con su imaginación y en su obra mítica, “El señor de los anillos”, creó la alternativa de que los árboles también nos hablan. Tolkien cuenta la historia de un bosque imponente y mágico, poblado por árboles que no sólo hablan sino que caminan y se trasladan para proteger la tierras aún vírgenes de un planeta metafórico.

ESCRITORES Y ÁRBOLES

Otros dos novelistas italianos de mediados y fines del siglo XX –Dino Buzzati (1906-1972) e Italo Calvino (1923-1985)- escribieron asombrosas historias con los árboles. El primero en su novela “El secreto del Bosque Viejo”, en donde el personaje principal se interna en un bosque legendario y fantástico, en el que los árboles toman formas humanas y hablan. A esa conversación se suman los vientos y los animales que conversan con los hombres.

Por su parte, Calvino, en 1957, escribió la novela “El barón rampante”, que cuenta una historia que ocurre en el siglo XVIII, cuando un joven, Cósimo Piovascio, barón de Rondó, se rebela ante una orden de su padre, se trepa a una ventana y de allí salta al árbol más cercano. Desde ese día y hasta su muerte, ya de avanzada edad, jamás bajó de los árboles. Eso no le impidió viajar por toda Europa, saltando de árbol en árbol. Cósimo participa de la Revolución Francesa y de las invasiones napoleónicas, pero nunca abandona su estadía en las altas encinas, plátanos o cipreses. Calvino usa ese escenario arboreo para dejar en claro que existió alguna vez una persona que tomó una decisión y que nunca más desertó de ella. Las connotaciones poéticas y éticas de este libro lo convirtieron en uno de los clásicos del siglo XX.

Antonio Machado / Arturo Espinosa, Flickr

Antoine de Saint Exupery (1900-1944) le dio fama a los baobabs africanos en El Principito, al que no le gustaban estos árboles: “Había unas semillas terribles en el planeta del Principito... eran las semillas de baobab. El suelo del planeta estaba plagado de ellas. Y de un baobab, si uno no lo deja, no es posible desembarazarse nunca más. Obstruye todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño, y si los baobabs son numerosos, lo hacen estallar”. El baobab es un árbol inmenso, de tronco muy ancho, con tronco en forma de botellón, lleno de nudos y cuya altura puede llegar a los 11 metros.

Los árboles del español Antonio Machado (1875-1939) fueron menos mágicos, menos imponentes, más íntimos y sentimentales. “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla/ y de un huerto claro donde madura el limonero…”, dice en uno de sus más recordados poemas.

Y en el otro, escrito luego de su amarga viudez, los críticos dicen que procuró esconder el dolor por la muerte de su mujer. Se llama “A un olmo seco” y la conocida primer estrofa dice: “Al olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido,/ con las lluvias de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido”.

 

Antoine de Saint Exupery le dio fama a los baobabs africanos en El Principito

 

El poema sigue valorando el hecho de que al olmo seco le ha salido “una rama verdecida”, para concluir con una estrofa que oculta su deseo más profundo: “Mi corazón espera/ también, hacia la luz y hacia la vida,/ otro milagro de la primavera”

EN AMÉRICA

El argentinizado Guillermo Enrique Hudson (1841-1922) deslumbró con sus ombúes cercanos a nuestra zona y su conocimiento total sobre el mundo vegetal y de los pájaros . Leer “Alla lejos y hace tiempo” es como ingresar de lleno a la mejor llanura del país.

La talentosa poeta uruguaya Juana de Ibarbourou (1992-1979) rescató la belleza sencilla de la higuera en un poema sin olvido, en el que ruega que el árbol querido comprenda cuando ella le habla.

Vale la copia completa: “Porque es áspera y fea,/ porque todas sus ramas son grises,yo le tengo piedad a la higuera.// En mi quinta hay cien árboles bellos,/ciruelos redondos,/ limoneros rectos/ y naranjos de brotes lustrosos.// En las primaveras,/todos ellos se cubren de flores/ en torno a la higuera.// Y la pobre parece tan triste/ con sus gajos torcidos que nunca/ de apretados capullos se viste.../ Por eso,/ cada vez que yo paso a su lado,/digo, procurando/ hacer dulce y alegre mi acento:/ «Es la higuera el más bello/ de los árboles todos del huerto»./ Si ella escucha,/ si comprende el idioma en que hablo,/¡qué dulzura tan honda hará nido/ en su alma sensible de árbol!// Y tal vez, a la noche,/cuando el viento abanique su copa,//embriagada de gozo le cuente:// ¡Hoy a mí me dijeron hermosa!”

Y si se habla de higueras, cómo no aludir al árbol que perdura desde 1801 plantado en el patio de la casa natal del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento. Ver a esa higuera es sentir que habla, que cuenta la historia de la madre del prócer, doña Paula Albarracín, y que además también se percibe en esa casa humilde el orgullo materno por su prodigioso hijo.

También llena a los espíritus saber que numerosos retoños de esa higuera están multiplicados y creciendo en escuelas de todo el país, entre ellos el que crece en el patio de la Escuela 8 de diagonal 74, en nuestra ciudad.

¿Qué importaría si los árboles y las flores no fueran sensibles a las voces humanas? Si los árboles no escucharan ni hablaran. Si el canto les fuera indiferente. No se puede ignorar que se ha llegado a calificar de “locos” a quienes hablan con las plantas.

Para los críticos y escépticos, para quienes descartan esa alternativa y, sobre todo, el misterio de una comunicación casi milagrosa, el botanista Fernand Lequenne (1906-1976) dejó escrito: “Si quieres forjar una relación cercana con tu jardín, antes que nada debes recordar que estás relacionándote con seres que viven y mueren”.

El escritor, poeta y lingüista John Ronald Reuel Tolkien, a menudo citado como J. R. R. Tolkien

 

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