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Gobernar la Argentina con un smartphone

Gobernar la Argentina con un smartphone

Gustavo Marangoni
Gustavo Marangoni

15 de Abril de 2024 | 03:48
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Los saltos tecnológicos afectan a la política como a cualquier otra actividad. El deseo de poder es tan antiguo como la humanidad, pero los métodos se adecuan según las épocas. Los reaccionarios se resisten a las innovaciones y muchas veces pretenden revestir de ética sus imposibilidades de adaptación.

En la actualidad, el smartphone ha generado una revolución equivalente a la que significó la imprenta de Gütenberg en su época. El celular inteligente es la pantalla que reina sobre todas las otras pantallas (LEDs, PC), y soportes comunicacionales (libros, diarios, radios, etc.)

Su primacía no es neutral. Se trata de una herramienta multifuncional que nos facilita la vida y a la vez nos condiciona. Acorta distancias, multiplica y mejora la información y simplifica los procesos más variados, solo por mencionar algunos de sus muchos beneficios. Pero incluye también la menor exigencia de conceptos, la primacía de la velocidad sobre la reflexión y la maximización del tráfico de emociones por sobre los razonamientos.

En su reino Impera lo efímero y lo efectista, porque se trata de una tecnología que modela audiencias antes que ciudadanos.

La irrupción de liderazgos como el de Javier Milei son la consecuencia de ese fenómeno, no su causa. Aunque su figura surgió en los paneles de la TV, se perfeccionó y estilizó en las redes, a las que se accede mayormente por los teléfonos inteligentes. Con ese aparato portador de variadas aplicaciones venció al “aparato” tradicional de los partidos. Lo virtual primó sobre lo territorial y X, Instagram, TikTok y Facebook le ganaron a punteros y fiscales.

en tiempo real

Javier Milei, antes como candidato y ahora como presidente, es la encarnación argentina del liderazgo emocional en línea, la comunicación en tiempo real, sin ediciones ni demoras. Un mandatario de sus características no necesita de Télam pues, independientemente de razones fiscales, una agencia oficial de noticias carece de sentido. El mismo criterio se extiende a la TV y la radio pública.

La era de las gacetillas y los medios oficiales le resultan ociosas y prescindibles al anarco-capitalista cuya trayectoria prescindió prácticamente de estructuras físicas. La lógica se extiende al funcionamiento mismo de su gabinete, al que conduce en buena medida por WhatsApp.

En la materialización de sus propósitos le resulta funcional contar con “guerrillas” virtuales antes que disponer de pesados ejércitos oficiales para los que no encontraría nunca entre su tropa a los generales adecuados.

Nadie más alejado que el libertario del apotegma: “La única verdad es la realidad”. El cree y fomenta (con un contexto global que le juega a favor) que cada quien es dueño de editar su realidad como quiera.

Por ello invierte las viejas categorías de emisor y receptor y empodera con sus retuits y likes los posteos de sus seguidores, conformando de ese modo un oficialismo coral en el que cualquiera puede hacer su aporte y ganarse sus momentos de fama.

Esta conducta es su forma de gestionar la cercanía, un punto de identificación incluso para sus fervientes opositores. Así impone un alfabeto de símbolos y significados construido con rusticidad y eficacia en el cual, se jacta, de no dejar lugar a los débiles. Ni grises, ni matices. Solo me gusta o no me gusta. Es dentro de esta lógica donde Milei les saca mucha ventaja a sus competidores. Entiende intuitivamente los dividendos que paga el antagonismo y la práctica cotidiana de la estética del destrato en una sociedad lastimada, herida y acostumbrada a las grietas.

Desde su rol habilita un juego de descalificaciones cruzadas, donde los argumentos ocupan un lugar subalterno y la bronca una función legitimante. Las emociones -no las ideas- son las herramientas adecuadas para dar la “batalla cultural”, conquistar el “sentido común” del argentino promedio y ganar el tiempo que necesitan “las fuerzas del cielo” hasta que los resultados positivos aparezcan.

Dios y la tecnología

La última gira presidencial (interrumpida abruptamente por el conflicto en Medio Oriente) fue concebida buscando alimentar la épica del líder simple que viaja en vuelos de línea para ser distinguido como “embajador de la luz”, recibir la bendición de Elon Musk (propietario de X -Twitter) y materializar la compra de aviones militares. Casi una historia de Hollywood sobre el buen soldado que invoca a Dios y pone la tecnología al servicio de la causa de la gente de bien. Y que hasta sacrifica el amor en el camino, anunciando el pacífico final de su relación sentimental como tributo al cumplimiento del deber.

Hay un guión en toda esta historia que no se debe subestimar. Puede no gustar. Puede señalarse, con buen criterio, que no resulta suficiente para suplir de manera permanente las carencias de gestión. Pero no se puede subestimar el fenómeno que puso de rodillas al sistema político.

Del lado de la oposición

Suponer desde las trincheras de la oposición que las consecuencias ingratas del plan de ajuste (caída del consumo, desplome del nivel de actividad, tarifazos, etc.) se ocuparán de volver a poner las cosas en su lugar constituye más un acto de necedad que de convicción. Ya nada será como antes. Quienes se aprovisionaron de pochoclo esperando ver una corta película catástrofe se encontraron con una de acción, comedia y misterio que promete otros capítulos.

Comenzar el largo camino de una coalición alternativa, confiable, eficaz y competitiva requiere revisarlo todo. Tanto la bronca de los pobres, los trabajadores informales y los asalariados privados con la “ampliación de derechos” como el cansancio de los agentes económicos con las gastadas prácticas del “Estado presente”. Y por supuesto reevaluar también los modos de comunicarse con la sociedad.

Más allá de ligeras y vagas autocríticas se impone un reseteo de ideas y prácticas que conlleven a redefinir el concepto de justicia social dejando de lado los paradigmas del siglo XX y asumiendo los desafíos del presente.

Aún si el experimento libertario en curso fracasara nada lleva a pensar que los sospechosos de siempre regresaran como si nada hubiese pasado.

La irrupción de liderazgos como el de Milei son la consecuencia del fenómeno, no su causa

 

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