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En Ruta 2, no se puede ir al baño tranquilo: paró, entró y le robaron casi $8 millones

Un empresario constructor fue víctima de ladrones que operaron con un inhibidor. Su plan era abonar salarios a sus trabajadores, pero todo cambió cuando tomó la decisión de detenerse en una estación de servicio

El hecho tuvo lugar a la altura del kilómetro 61 de la Ruta 2 / web

Por Redacción

El sol del mediodía abrasaba el asfalto cuando Rolando, un constructor que transportaba una importante suma en efectivo, se detuvo en la estación de servicio YPF a la altura del kilómetro 61 de la Ruta 2 para pasar al baño. Jamás pensó que aquella acción tan rutinaria como elemental iba a terminar costándole tan cara.

Su jornada había comenzado temprano, a las 6:40, cuando salió de su casa en su Volkswagen Nuevo Polo Track con una misión clara: pagar a sus trabajadores en las obras que lleva adelante en varios barrios privados ubicados en La Plata y alrededores. En su mochila se hallaban 7.500.000 pesos en billetes de distintas denominaciones. Sin imaginarlo, llevaba consigo un botín codiciado.

Minutos después, lo que debía ser una simple parada técnica se convirtió en una pesadilla. En el breve lapso en que se alejó de su auto para ir al baño, la fatalidad se apoderó de la escena. Cuando regresó, la angustia y la desesperación se apoderaron de él.

Su vehículo estaba abierto. El vacío en el asiento del conductor lo golpeó como un puñetazo: la mochila había desaparecido. El dinero, los planos de sus obras, su chequera. Todo, esfumado. Un golpe limpio, quirúrgico. Los ladrones no dejaron huellas ni forzaron la cerradura. Usaron un inhibidor de señal y, con la destreza de profesionales, se llevaron la fortuna sin disparar una sola alarma.

Las cámaras de seguridad de la estación registraron la frialdad con la que se ejecutó el crimen. En las imágenes, dos hombres acechan en un Peugeot 207 familiar de color gris. Uno de ellos, de entre 45 y 60 años, sigue a Rolando con la paciencia de un depredador, asegurándose de que ingrese al baño.

Su cómplice, un joven de entre 20 y 30 años, se mueve con precisión milimétrica. Un clic invisible, una puerta que cede sin resistencia, una mochila arrebatada. Luego, la fuga. Se alejan caminando con la parsimonia de quien no tiene nada que temer. Ni las cámaras, ni los testigos, ni la luz del día parecen importarles. La audacia de la impunidad en su máxima expresión.

Los investigadores barajan dos hipótesis: o los ladrones venían siguiendo a su presa desde antes, esperando el momento exacto para atacar, o la suerte simplemente les puso en bandeja un golpe millonario. De una u otra forma, el destino parecía haber conjurado el escenario perfecto para el crimen.

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