El amor también radica en la simpleza de lo cotidiano

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No se dijeron que se amaban el día que se mudaron juntos. Tampoco el día en que compraron la mesa ni cuando adoptaron al gato que dormía siempre en la ropa limpia. El amor llegó después, sin aviso.

Ella se levantaba antes y dejaba la pava cargada. Él cerraba la puerta con cuidado para no despertarla cuando volvía tarde. Se peleaban por cosas mínimas y se reconciliaban sin palabras, compartiendo el mismo silencio del living.

Un martes cualquiera, ella volvió con los ojos rojos. Había perdido el trabajo. Él no preguntó nada: puso un plato más hondo, sirvió la comida y se sentó frente a ella. Comieron despacio, como si el tiempo pudiera estirarse.

El amor, pensaron después, no había sido una promesa ni una frase bien dicha.

 

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