Estrés crónico; la carga silenciosa que acelera el envejecimiento
Edición Impresa | 25 de Enero de 2026 | 06:18
La vida moderna llegó con un costo invisible: la carga alostática, o el desgaste fisiológico que genera el estrés crónico sobre el cuerpo. No se trata solo de sentirse “agotado” o “preocupado”, sino de cómo ese estado sostenido pone en tensión sistemas clave —inmunológico, metabólico y celular— y se traduce en señales de envejecimiento acelerado y mayor riesgo de enfermedades crónicas.
La evidencia científica contemporánea vincula el estrés prolongado con varios de los mecanismos biológicos que definen el envejecimiento. Estudios de biología del envejecimiento muestran que el estrés puede desencadenar inflamación persistente, daño en el ADN, producción de especies reactivas de oxígeno y acortamiento de telómeros, todos considerados “marcadores” del proceso de senescencia celular.
ESTRÉS Y CONSECUENCIAS
En humanos, la investigación ha encontrado que personas expuestas a estrés crónico presentan niveles más bajos de “klotho”, una hormona asociada a la longevidad y la protección frente al deterioro cognitivo y físico. Este tipo de alteraciones no son cosméticas: se reflejan en la función de órganos vitales —corazón, cerebro, sistema inmune— y, según estudios poblacionales, el estrés elevado se asocia con mayor riesgo de mortalidad por todas las causas, especialmente en adultos mayores.
El estrés sostenido mantiene al cuerpo en “modo alarma”, con consecuencias acumulativas
Un vínculo clave entre estrés y envejecimiento es el de los relojes epigenéticos, mediciones de “edad biológica” basadas en patrones de metilación del ADN. Personas con indicadores crónicos de estrés tienden a mostrar una aceleración en estos relojes biológicos —es decir, sus tejidos exhiben signos de “ser más viejos” que su edad cronológica— y esto se correlaciona con una mayor probabilidad de enfermedad y mortalidad.
Este fenómeno no aparece de la nada: el eje hipotálamo–pituitario–adrenal, que regula la respuesta al estrés, al estar constantemente activado eleva los niveles de cortisol y otros mediadores inflamatorios. Con el tiempo, esa activación sostenida degrada la capacidad de reparación celular, enlentece la recuperación tras lesiones y desregula funciones básicas como el sueño, la inmunidad y el metabolismo.
Desde una perspectiva epidemiológica, una cohorte grande de adultos mayores muestra que niveles altos de estrés social y psicológico se traducen en hasta 38 % más riesgo de mortalidad comparado con quienes experimentan bajos niveles de estrés, incluso después de ajustar por hábitos de vida y condiciones médicas.
La ciencia no presenta al estrés como un enemigo absoluto —mucha parte de la respuesta al estrés es adaptativa y útil en situaciones puntuales—, pero es la cronicidad lo que marca la diferencia. El estrés sostenido mantiene al organismo en “modo alarma”, con consecuencias acumulativas en la salud y en la velocidad del envejecimiento.
CÓMO REDUCIR EL IMPACTO
La evidencia reciente sugiere que prácticas simples y cotidianas —desde actividad física regular y sueño de calidad hasta técnicas de relajación como la respiración profunda o la meditación— pueden mitigar los efectos negativos del estrés y frenar parte de esa aceleración biológica.
Además, fortalecer vínculos sociales, participar en comunidades y construir resiliencia emocional son factores protectores que reducen la carga alostática global.
En resumen: el estrés crónico no solo se siente, se almacena en el cuerpo**. Está en cada hormona, cada célula que reparte sus recursos entre luchar y recuperar, y con el tiempo deja la marca que llamamos envejecimiento. Reconocerlo, medirlo y gestionarlo con estrategias basadas en evidencia no es solo bienestar emocional: es una inversión en la salud de largo plazo.
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