Intestino: por qué se dice que es el “segundo cerebro”
Edición Impresa | 25 de Enero de 2026 | 06:19
Durante años, el intestino fue visto únicamente como un órgano encargado de digerir alimentos y absorber nutrientes. Sin embargo, la ciencia viene demostrando que su función va mucho más allá. Hoy se sabe que el intestino posee un sistema nervioso propio, capaz de enviar y recibir señales del cerebro, regular procesos complejos y hasta influir en las emociones. Por eso, cada vez con más frecuencia, se lo define como el “segundo cerebro”.
Esta idea no es una metáfora exagerada: tiene bases anatómicas, químicas y funcionales bien documentadas.
El intestino alberga el sistema nervioso entérico, una red formada por más de 100 millones de neuronas, una cantidad comparable a la de la médula espinal. Estas neuronas están distribuidas a lo largo del tubo digestivo y regulan de manera autónoma funciones como la motilidad intestinal, la secreción de enzimas y la absorción de nutrientes.
Lo notable es que este sistema puede funcionar sin intervención directa del cerebro. Es decir, el intestino “toma decisiones” por sí mismo, ajustando su actividad según lo que ocurre en el organismo.
COMUNICACIÓN CON EL CEREBRO
El intestino y el cerebro están conectados por una vía bidireccional conocida como eje intestino-cerebro. Esta comunicación se da principalmente a través del nervio vago, pero también mediante hormonas, neurotransmisores y señales del sistema inmune.
Esto explica por qué el estrés puede provocar síntomas digestivos, como dolor abdominal o diarrea, y por qué ciertos trastornos intestinales se asocian con ansiedad o depresión. El diálogo entre ambos sistemas es constante y profundo.
NEUROTRANSMISORES Y MICROBIOTA
Uno de los datos más llamativos es que alrededor del 90% de la serotonina del cuerpo —un neurotransmisor clave para el estado de ánimo, el sueño y el apetito— se produce en el intestino. También allí se sintetizan otras sustancias como la dopamina y el GABA, vinculadas al bienestar y la regulación emocional.
Aunque estas moléculas no siempre llegan directamente al cerebro, sí influyen en su funcionamiento a través de señales químicas y nerviosas. Por eso, una alteración en la salud intestinal puede impactar en el humor y la energía diaria.
Dentro del intestino viven billones de microorganismos que conforman la microbiota intestinal. Este ecosistema participa en la digestión, la producción de vitaminas, la regulación del sistema inmune y la protección frente a patógenos.
La composición de la microbiota también influye en el eje intestino-cerebro. Estudios recientes muestran que ciertos perfiles bacterianos se asocian con mayor riesgo de trastornos del ánimo, mientras que una microbiota diversa y equilibrada se vincula con mejor salud mental y metabólica.
Lo cierto es que aproximadamente el 70% del sistema inmune se encuentra en el intestino. Allí se decide qué sustancias son toleradas y cuáles deben ser combatidas. Cuando este equilibrio se altera, pueden aparecer inflamación crónica, alergias alimentarias o enfermedades autoinmunes.
Además, una disfunción del eje intestino-cerebro se ha relacionado con patologías como el síndrome de intestino irritable, la obesidad, la diabetes tipo 2 y algunos trastornos neurológicos.
“SEGUNDO CEREBRO”: CUIDADOS
La salud intestinal depende en gran medida de los hábitos cotidianos. Una alimentación rica en fibra, frutas, verduras, legumbres y alimentos fermentados favorece una microbiota diversa. Dormir bien, manejar el estrés y realizar actividad física regular también impactan positivamente en el funcionamiento intestinal.
Por el contrario, dietas ultraprocesadas, el uso excesivo de antibióticos y el estrés crónico pueden alterar este delicado sistema de comunicación.
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