La temeridad humana es más peligrosa que el río o las canteras
Edición Impresa | 4 de Enero de 2026 | 03:13
Mientras se registró un trágico episodio hace pocos días en la cantera ubicada en la intersección de las calles 90 y 175, en la localidad de Lisandro Olmos, conocida en la zona como “la cantera de 90”, donde un joven de 22 años murió ahogado, en los últimos días del año pasado un hombre que se había internado en el río en una de las playas de Quilmes, fue arrastrado por la corriente y permanece desaparecido mientras continúan los operativos de búsqueda.
Además de los gravísimos problemas de contaminación ambiental que plantean las canteras, pues muchas están convertidas en peligrosos basurales a cielo abierto, en donde no faltan incendios clandestinos, estos enormes pozos se convirtieron en peligrosas lagunas cuyas aguas no sólo son peligrosas para los potenciales bañistas por su profundidad, sino por los elevados niveles de contaminación que registran. Se han reiterado a lo largo de los años múltiples sugerencias de urbanistas y otros especialistas, sin que se haya logrado revertir el peligro que representan.
En cuanto a las playas extendidas sobre el río de La Plata, fundamentalmente las de Quilmes, Berazategui, Hudson, Punta Lara y Berisso, no ha dejado de exhortarse a quienes acuden a ellas –y desde luego que también a todos los espejos de agua, ríos y lagunas de la zona-, para que actúen con la prudencia que estos casos exigen.
Cabe recordar que en los mismos comienzos de las temporadas veraniegas anteriores se registraron experiencias muy graves, con casos de personas ahogadas o rescatadas heroicamente por los bañeros –en los lugares en donde existe este servicio-, pues se habían internado más allá de lo prudente.
En el caso de Punta Lara se vino registrando en los últimos tiempos un promedio de tres salvatajes por día, enfatizándose desde el cuerpo oficial de guardavidas de Ensenada en que el mayor riesgo no residía tanto en las aguas del Río, sino en las anfractuosidades de una costa ganada en varios sectores por el suelo pedregoso, las depresiones y los vestigios de antiguos espigones.
Parece imprescindible, entonces, informar acabadamente a la población sobre los riesgos existentes no sólo en el río, sino en las lagunas y en las canteras convertidas en profundos espejos de agua. Y una de tales advertencias debiera ser la de enfatizar que esos peligros naturales son mucho menores que la temeridad que exhiben algunos bañistas.
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