La presión de “estar bien”: por qué a los jóvenes les cuesta decir “estoy mal”

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Hay una frase que se repite con frecuencia entre jóvenes de distintas edades y contextos: “No tengo derecho a sentirme mal”. En sociedades donde la felicidad se volvió una obligación y el bienestar, una marca personal, la tristeza dejó de ser una emoción posible para convertirse en una falla.

Estudios internacionales recientes indican que los jóvenes reportan hoy más estrés, ansiedad y sensación de vacío que generaciones anteriores, incluso en países con altos niveles de desarrollo económico. No es que “todo esté peor” en términos absolutos, sino que la distancia entre lo que se promete y lo que efectivamente se puede alcanzar se volvió demasiado grande.

Uno de los núcleos de esa frustración es el futuro. Durante décadas, la idea de progreso funcionó como un organizador subjetivo: estudiar, trabajar, esforzarse y, con el tiempo, vivir mejor. Hoy, esa narrativa aparece dañada. El acceso a la vivienda, la estabilidad laboral, la posibilidad de ahorro o de ascenso social se volvieron metas cada vez más lejanas. Incluso quienes logran insertarse en el mercado de trabajo lo hacen bajo condiciones de precariedad, multiempleo o incertidumbre permanente.

A esa dificultad estructural se suma un contexto económico volátil, atravesado por crisis recurrentes, inflación, endeudamiento y pérdida de poder adquisitivo. La sensación de “no llegar”, de estar siempre corriendo detrás de algo que se escapa, genera un desgaste emocional sostenido. El cansancio aparece temprano, antes incluso de haber empezado del todo.

Pero el malestar no es solo económico. También es político y cultural. La desconfianza en las instituciones, la polarización, la falta de horizontes colectivos claros y la percepción de que las decisiones importantes se toman lejos de la vida cotidiana alimentan una sensación de impotencia. Para muchos jóvenes, el futuro no es una promesa, sino una incógnita cargada de amenazas: crisis climática, conflictos globales, inestabilidad democrática.

REDES SOCIALES

En este escenario, operan como un amplificador. Lejos de ser la causa única, refuerzan la comparación constante y el ideal de una vida siempre activa, productiva y feliz. Viajes, cuerpos, vínculos, logros: todo se exhibe en tiempo real. La tristeza, en cambio, no se muestra. No genera likes, no suma capital simbólico, no construye relato de éxito. Queda relegada al espacio íntimo, cuando no directamente reprimida.

Así, sentirse mal no solo duele: también avergüenza. Aparece la culpa por no estar agradecido, por no “aprovechar” oportunidades, por no rendir emocionalmente.

Los especialistas en salud mental advierten que este clima cultural dificulta la posibilidad de pedir ayuda. Todo empuja a pasar rápido, a resolver, a seguir.

La paradoja es clara: nunca se habló tanto de bienestar y nunca fue tan difícil sentirse bien. La exigencia de felicidad permanente convive con condiciones materiales y simbólicas que la vuelven inalcanzable.

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