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Creadores de contenidos, con recorridos y públicos distintos, contaron cómo se construye influencia en tiempos de algoritmos, “ hate” y monetización. Qué significa hoy “influir”, cómo se sostiene una audiencia y qué se pone en juego cuando la vida también se vuelve algo viral
Alejandro Alfonzo
La primera pregunta que subyace el algoritmo es: ¿qué hay detrás de la pantalla, de ese consejo, de ese rostro, de ese video? La incógnita, amplia, abre muchas más: ¿qué tan real es la persona que me habla? ¿Posee un interés verdadero en ayudar o lo hace por tener más visualizaciones o “likes”? ¿Gana dinero con esto? ¿Lo que hace él, lo que hace ella, podría hacerlo yo?
Detrás de las preguntas que se esfuman al mover el dedo metódicamente hacia arriba e ingresar a un nuevo “reel”, hay una persona que produce contenido. Una historia, una vida; un comienzo y un proceso; miedos y temores.
Tomás Medina tiene 23 años, y tiene una comunidad de más de 300.000 seguidores entre Instagram, TikTok y YouTube. Su contenido es sobre fitness y actividad deportiva.
Luciana Aon es comunicadora social, periodista, docente y tiene una comunidad que ronda los 50 mil seguidores entre Instagram, Twitter y TikTok. Es más conocida como “Lutitravelguide” y comparte contenido de viajes, salidas gastronómicas y recomendaciones sobre qué hacer durante los fines de semana. Su ifluencia en la Ciudad llegó a tal punto que la nombraron como “Personalidad Destacada de la Cultura”.
Lucía Magdalena Bravi, más conocida como Magui Bravi, es actriz y bailarina. Tiene más 1.500.000 de seguidores y afirma que de “alguna manera sí se siente Influencer”. Su contenido es variado, aunque se destacó primero en el fitness y luego exhibiendo su labor como actriz y bailarina. Hoy, a poco de tener un hijo, comparte contenido sobre la maternidad en los tiempos que corren.
Los tres son platenses y en diálogo con EL DIA, contaron los inicios de su figura en redes sociales y cómo continúan sus perfiles fulgurantes.
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En cuanto a si ganan dinero o no, ellos aseguran que no viven exclusivamente de las redes sociales pero que, indirectamente, sí lo hacen. Además, exhiben gratitud a su comunidad, comprenden los riesgos o el “hate” que puede generar publicar contenido y responden a la pregunta: ¿por qué?
¿Y el futuro? Ninguno de las tres evidenció una ansiedad desbordante de expectativas por lo que viene pero si expresaron estar alertas a los cambios tecnológicos y coyunturales en la que todos, influencers e influenciados, estamos inmersos.
Luciana nunca se presentó como influencer. De hecho, la palabra le incomoda. “Jamás diría ‘hola, soy influencer’”, aclara casi de entrada. Sin embargo, más de 33 mil personas la siguen en Instagram y muchas otras conversan con ella a diario en Twitter. Para buena parte de esa comunidad, Luti Travel Guide es referencia.
Luciana es comunicadora, periodista y docente universitaria. Quizás por eso piensa su lugar en redes desde otro lado. “Me gusta pensar la influencia como la capacidad de orientar, no de copiar”, dice. Por eso prefiere definirse como una guía: alguien que propone ideas para salir, viajar, vestirse o recorrer una ciudad, sin imponer ni vender.
Su proyecto nació sin estrategia. Todo empezó con un mail sobre un viaje a Nueva York que empezó a circular más allá de amigos y familiares. Después abrió Instagram, casi como un juego, buscando una forma menos rígida de comunicar que la academia. Con la pandemia, los viajes se frenaron y apareció La Plata. Cafés, bares, salidas culturales y el famoso hilo de planes fueron armando una identidad propia. Su incidencia en la Ciudad fue tanto, que la nombraron Personalidad Destacada de la Cultural a principios de 2025.
Ojo. Luciana insiste en marcar una diferencia: no hace reseñas. “Yo no voy a un lugar, lo subo y no vuelvo más”, explica. Prefiere mostrar lo que realmente forma parte de su rutina. “Uso y recomiendo”, repite. La mayoría de su contenido no es pago y eso, cree, es lo que genera confianza. “La gente sabe que si lo subo es porque me gusta de verdad”. Su comunidad creció lento y eso, para ella, es una virtud. “No explotó de golpe”, dice. Ese ritmo le permitió construir diálogo, intercambio, recomendaciones de ida y vuelta. Cuando recomienda algo y ve que otras personas van y confían, lo vive como una responsabilidad.
El hate existe, claro. Luciana dice que aprendió a no darle entidad, pero también a poner límites. “Mis redes son mi casa”, afirma. No tolera agresiones, ni comentarios sobre su cuerpo, ni ataques a la universidad pública, que define como su espacio de pertenencia. Sobre el dinero es honesta: no vive de las redes, pero hoy necesita monetizar para sostener lo que hace. “Si no, no podría seguir”, explica.
Lo cierto es que Luti, insiste, sigue siendo su diario, no una vidriera.
Tomás tiene 23 años, es entrenador personal y en las redes lo siguen más de 350 mil personas. Aun así, cuando se le pregunta si se considera influencer, duda. “Para mí no tiene que ver con la cantidad de seguidores, sino con la influencia”, dice y aclara que influir es que alguien escuche, crea y haga algo con eso.
Su contenido gira alrededor del entrenamiento y el cuidado del cuerpo, pero no desde el lugar más habitual de Instagram. No muestra resultados imposibles ni promete cambios exprés. “Yo intento mostrar algo realista, algo que se pueda sostener toda la vida”, explica. La idea, repite, es que cualquiera pueda empezar desde donde esté.
Esa mirada está atravesada por su propia historia. Tomás cuenta que durante años vivió una relación conflictiva con su cuerpo. Pasó de la obesidad a una obsesión por estar flaco, empujado por el miedo a las burlas y la presión social. “Es muy delgada la línea entre cuidarte y volverte obsesivo”, reconoce. En pandemia, cuando dejó de sentir la mirada de los demás, frenó. “Dije: no me ve nadie, no tengo que demostrarle nada a nadie”, recuerda.
Ahí empezó otro camino. Menos control, más comprensión del cuerpo, más responsabilidad. Y después vinieron las redes. No como objetivo, sino como consecuencia. “No empecé diciendo ‘quiero ser influencer’. Empecé porque no quería que nadie se tropece con las mismas piedras que yo”, dice.
Hoy habla de comunidad más que de audiencia. Lee mensajes, responde, escucha. “No los veo como números”, aclara. Cree que el vínculo se construye siendo coherente y mostrando también lo que cuesta. “La gente se da cuenta cuando le hablás de verdad y cuando solo querés likes”, afirma.
Sabe que exponerse tiene riesgos. “Todo lo que se expone puede ser malinterpretado”, dice. El hate existe, pero aprendió a convivir con eso. “No lo romantizo, pero tampoco lo dramatizo”. Para él, lo importante es mantenerse en equilibrio: no volar cuando un video se viraliza ni derrumbarse cuando no tiene visitas.
Sobre el dinero, es directo. En Argentina, dice, las redes casi no pagan. “Te pagan centavos por millones de visitas”. Su ingreso viene por otro lado: planes de entrenamiento, asesorías online, marcas con las que elige trabajar. Y ahí vuelve a aparecer la idea inicial. “Si lo que comparto le cambia aunque sea un hábito a alguien, para mí ya está”.
Magdalena “Magui” Bravi tiene 1,5 millones de seguidores en Instagram y más de 600 mil en TikTok, pero cuando se le pregunta si se considera influencer, duda. “A veces sí, a veces no”, dice. Labura con marcas, usa las redes para mostrar sus proyectos como actriz y comparte su vida, pero no siente que ese haya sido nunca el objetivo.
Su vínculo con las redes fue creciendo casi sin querer. Durante su etapa más ligada al fitness, las plataformas se volvieron una herramienta central. Llegó incluso a lanzar una aplicación que funcionó muy bien gracias a esa visibilidad. “Hubo una movida muy fuerte del fitness en redes y eso me ayudó muchísimo”, recuerda.
Con el tiempo, el contenido fue mutando. La maternidad marcó un antes y un después. Magdalena cuenta que después del nacimiento de su hijo empezó a seguirla una comunidad de mujeres con las que compartió dudas, miedos y aprendizajes. “Se armó una tribu”, dice. Durante el embarazo y el posparto contó experiencias personales, incluso situaciones complejas como una cesárea de emergencia por colestasis. “Muchas no sabían que eso existía”, explica, y cree que hablarlo sirvió para generar conciencia.
Para ella, el vínculo con la comunidad se construye compartiendo. Trabajo, sí, pero también vida cotidiana: libros, películas, gustos, rutinas. “Eso te acerca mucho”, asegura. Sabe que la exposición tiene riesgos, pero dice que hoy el hate ya no la afecta como antes. “Si es agresivo, lo borro, pero cada uno tiene derecho a opinar”, resume.
Sobre la monetización, Magdalena cree que aparece sola. “Es una consecuencia de usar las redes de manera genuina”, explica. Muchas marcas la contactan porque ya usa sus productos y eso le resulta más honesto. Las redes, dice, son parte de su trabajo, pero también una forma de medir el impacto de lo que hace. “Cuando subo un tráiler y mi comunidad acompaña, está buenísimo”.
Hacia adelante, mira con atención lo que pasa con la inteligencia artificial. No desde el rechazo, sino desde la curiosidad. “Estoy viendo cómo usarla de manera positiva”, dice. Como todo en redes, parece, es cuestión de adaptarse sin perder la voz propia.
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