Dispositivos en el aula: del uso cotidiano al conflicto educativo
Edición Impresa | 1 de Febrero de 2026 | 02:59
En las aulas argentinas, el teléfono celular dejó hace tiempo de ser un objeto marginal para convertirse en un protagonista incómodo. Apoyado sobre el pupitre, escondido entre las piernas o vibrando en un bolsillo, el dispositivo acompaña a chicos y chicas durante toda la jornada escolar. Su presencia constante alteró rutinas, dinámicas de clase y formas de vinculación, al punto de obligar a docentes, directivos y gobiernos a tomar decisiones que hace apenas una década parecían impensadas. La pregunta ya no es si el celular está en la escuela, sino qué hacer con él.
Los datos son elocuentes. Más de la mitad de los estudiantes argentinos reconoce usar el celular en clase y distraerse, mientras que casi la mitad asegura que también se ve afectado por el uso que hacen sus compañeros. La Argentina aparece entre los países con mayores niveles de distracción escolar vinculada a dispositivos digitales, un fenómeno que no distingue entre escuelas públicas o privadas ni entre grandes ciudades o localidades del interior.
ATENCIÓN FRAGMENTADA Y RENDIMIENTO EN CAÍDA
La preocupación principal del sistema educativo pasa por el impacto del celular en el aprendizaje. Docentes y especialistas coinciden en que la atención fragmentada se volvió uno de los principales obstáculos dentro del aula. Interrupciones constantes, dificultad para sostener una explicación prolongada y menor predisposición a la lectura profunda forman parte de un escenario que se repite en distintos niveles educativos.
Las evaluaciones muestran una relación clara entre distracción digital y bajo rendimiento, especialmente en áreas como Matemática. Allí donde el uso del celular es más frecuente durante las clases, los resultados tienden a ser peores. En contraposición, en países y sistemas educativos con restricciones más firmes, los niveles de distracción descienden y el clima pedagógico mejora. No se trata solo de estudiar más, sino de poder hacerlo sin estímulos permanentes que compitan por la atención.
EL CELULAR LLEGA CADA VEZ MÁS TEMPRANO
El fenómeno se agrava por la edad de inicio. Hoy, muchos chicos acceden a su primer celular con conexión a internet antes de los 10 años. A los 17, la inmensa mayoría ya tiene un teléfono propio y se conecta todos los días. El dispositivo no solo funciona como herramienta de comunicación, sino como reloj, agenda, cuaderno, buscador, entretenimiento y espacio de socialización.
En el ámbito escolar, esa multifunción genera tensiones. Aunque muchos estudiantes utilizan el celular para buscar información o resolver tareas, también se evidencia una dificultad creciente para distinguir fuentes confiables, organizar el estudio y evitar distracciones. La tecnología está disponible, pero no siempre hay herramientas para usarla de manera crítica.
CIBERACOSO Y CONFLICTOS QUE ATRAVIESAN LA ESCUELA
Otro de los focos de preocupación es el impacto del celular en la convivencia. El acoso escolar encontró en las redes sociales y la mensajería instantánea un terreno fértil para multiplicarse. Fotos tomadas sin consentimiento, mensajes ofensivos, rumores que se viralizan y conflictos que continúan fuera del horario escolar forman parte de una problemática que desborda a las instituciones educativas.
La posibilidad de filmar y difundir situaciones de violencia dentro de la escuela encendió alarmas en directivos y familias. En ese contexto, limitar el uso del celular durante la jornada aparece como una herramienta para reducir la exposición al conflicto y recuperar espacios de interacción cara a cara, especialmente en recreos y momentos de socialización.
PROHIBIR, REGULAR O EDUCAR
Frente a este escenario, las respuestas no son uniformes. Algunas jurisdicciones avanzaron con prohibiciones claras dentro del aula, especialmente en los niveles inicial y primario. En secundaria, las restricciones suelen ser más flexibles y permiten el uso del celular solo cuando el docente lo autoriza con fines pedagógicos. El objetivo es claro: que el teléfono deje de ser un distractor permanente y pase a ser, en todo caso, una herramienta puntual.
La atención fragmentada se volvió uno de los obstáculos mayores dentro del aula
En otras escuelas, la estrategia fue distinta. En lugar de prohibir de manera tajante, se optó por acordar reglas con las familias y los estudiantes, establecer momentos sin pantallas y trabajar el uso responsable. En esos casos, la clave estuvo en el acompañamiento y en la construcción de consensos, más que en la sanción.
UNA DISCUSIÓN QUE EXCEDE EL AULA
El debate sobre el celular en la escuela es, en el fondo, una discusión más amplia sobre cómo se vinculan niños y adolescentes con la tecnología. Las experiencias muestran que no existe una solución única ni definitiva. La prohibición puede mejorar la atención y la convivencia dentro del aula, pero no resuelve por sí sola el uso intensivo fuera de la escuela. La educación digital, en cambio, requiere tiempo, formación docente y compromiso familiar.
Mientras tanto, el teléfono sigue ahí, omnipresente, marcando el pulso de una generación que creció conectada. Regular su uso en la escuela no implica negar la tecnología, sino intentar que el aprendizaje vuelva a ocupar el centro de la escena. En ese delicado equilibrio entre límites y acompañamiento se juega buena parte del futuro educativo, en aulas donde el desafío ya no es solo enseñar contenidos, sino también enseñar a desconectarse.
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