En el amor, la diferencia de edad no es un drama
Edición Impresa | 15 de Febrero de 2026 | 04:04
Roberto tiene 50 años, Lucía 28 y se conocieron en un curso nocturno, uno de esos que empiezan tarde y terminan siempre con gente cansada.
Él había vuelto a estudiar después de muchos años, más por una deuda personal que por una necesidad concreta. Ella cursaba porque estaba intentando cerrar una etapa y todavía no sabía bien qué hacer con lo que venía después.
Durante las primeras semanas no se sentaban cerca.
Coincidieron primero en comentarios sueltos, después en charlas cortas al salir. No hubo impacto inicial ni escenas memorables. Hubo, más bien, repetición: verse dos veces por semana, cruzarse en el pasillo, compartir una risa por algo mínimo., la magia de compartir un mate hasta que se lave. La diferencia de edad estaba ahí, visible, pero no ocupaba espacio ni hacía ruido.
Durante meses no pasó nada que pudiera leerse como un avance. Un café después de clase. Un mensaje para pasarse apuntes. Alguna caminata corta hasta la parada del micro. Roberto escuchaba más de lo que hablaba mientras que Lucía preguntaba sin cuidado. Ninguno estaba probando nada.
Descubrieron coincidencias que no estaban previstas y diferencias que no molestaban
Se enamoraron por razones poco espectaculares. A Lucía le gustó que él no tuviera apuro. Que no sobreactuara interés ni distancia. Que supiera decir que no sabía algo. A Roberto le llamó la atención la forma directa de ella, su falta de cinismo, la manera en que todavía podía entusiasmarse sin ironía.
Hablaron de libros, de música, de trabajo. Descubrieron coincidencias que no estaban previstas y diferencias que no molestaban. Él tenía recuerdos que ella no compartía. Ella pensaba futuros que él ya había transitado de otro modo. No lo discutieron demasiado. Simplemente lo anotaron.
El primer beso llegó tarde y sin preparación. No fue una decisión ni un punto de inflexión. Fue una consecuencia. Después de eso, tampoco hubo grandes definiciones. Siguieron viéndose. Un poco más. Un poco distinto.
El conflicto apareció cuando empezaron a circular juntos. Miradas largas. Comentarios formulados como chistes. Preguntas que buscaban confirmar una sospecha. A Lucía la leían como alguien que estaba aprendiendo algo. A Roberto, como alguien que estaba sacando ventaja. Ninguna de las dos cosas era cierta, pero el ruido estaba ahí.
Ellos lo hablaron. Sin dramatizar, él dudó un poco. No por ella, sino por el lugar que sentía que ocupaba frente a los demás. Lucía fue más directa. No estaba pidiendo permiso ni promesas. Estaba eligiendo.
La sintonía de intereses fue lo que sostuvo el vínculo cuando el afuera se volvió más denso. Les gustaban planes parecidos. Conversaciones largas. El silencio compartido. No necesitaban explicarse todo el tiempo ni llenar cada espacio.
La sexualidad también tuvo que acomodarse. No fue un problema, pero sí un ajuste. Ritmos distintos. Expectativas distintas. Él traía experiencia y cautela. Ella, curiosidad y menos miedo. Aprendieron a correrse de los lugares asignados: ni él tenía que enseñar ni ella tenía que demostrar nada. Hablaron. Fallaron. Volvieron a intentar.
Hoy llevan tres años juntos y felices, le contaron su historia a EL DIA. No viven juntos aunque no lo descartan en un futuro. Roberto sigue con su trabajo. Lucía armó el suyo. Se acompañan en lo que pueden y se sueltan cuando hace falta.
No creen que su historia sea ejemplar ni polémica. Es, simplemente, una relación entre dos adultos que se eligieron sin garantías. Cuando les preguntan por la diferencia de edad, a veces responden y otras cambian de tema. Aprendieron que no todo vínculo necesita ser explicado.
No piensan demasiado en el futuro. Piensan, más bien, en sostener lo que funciona. Y en que el ruido de afuera no sea más fuerte que lo que pasa cuando están solos.
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