Se les “incendió” un sueño, pero se casaron y lograron cumplirlo
Edición Impresa | 22 de Febrero de 2026 | 02:39
Alejandra Castillo
alecastillo95@hotmail.com
La casa rodante es más que un vehículo: es un umbral. En ella se guardan decisiones, cicatrices y un modo particular de asomarse al paso del tiempo. Para Fabricio Santillán y Yanina Villoldo, ambos de 36 años, esa construcción -literal y simbólica- empezó como un plan a medias, con noches de fin de semana desmontando interiores, horas gastadas en tutoriales de internet, y la convicción de que era posible vivir trabajando desde cualquier parte. Hoy, Estación Qua es un canal de YouTube que tiene una comunidad y la casa con ruedas que los llevó desde Berisso hasta Ushuaia, el mítico “fin del mundo”.
Ellos se conocieron por Facebook en 2011, se reencontraron en 2018 y desde hace ocho años sostienen una relación que los llevó a entrelazar proyectos personales y laborales. Yanina estudió la carrera de Diseño Multimedial en la Facultad de Artes de La Plata con la mira puesta en un teletrabajo que le garantizara libertad de movimientos. Y la pandemia aceleró decisiones: ella y Fabricio empezaron a trabajar juntos en marketing digital, organizaron horarios, aprendieron a compatibilizar clientes y viajes cortos. La idea de camperizar la casa rodante de la familia de Yanina, que estaba guardada y deteriorada desde 2016, parecía el paso lógico para transformar aquel deseo en una realidad concreta.
Invirtieron en esa primera unidad tres años de trabajo y todos sus ahorros. “Los fines de semana le metíamos mucho trabajo, con la poca experiencia y herramientas que teníamos”, cuenta Fabricio. La camperización fue pedagógica: buscaron, probaron, erraron y volvieron a intentar. El sueño, dicen, se alimentó de paciencia y de esa vieja costumbre familiar que tenían los Villoldo de vacacionar muchos años en carpa y después en casilla.
Pero cuando faltaba menos de un mes para que la “casita” -como ellos la llaman- saliera por fin a las rutas, un incendio la consumió por completo. Lo que era un proyecto en marcha quedó entonces reducido a cenizas “en diez minutos”, aseguran. El golpe fue doble: material y emocional.
El incendio ocurrió una noche de diciembre de 2024, mientras la joven pareja probaba una heladera a gas. Una maniobra desafortunada derramó gas en la cañería y el piloto, que permanece encendido unos segundos después de apagarla, fue la chispa.
En medio de la confusión, Yanina corrió a pedir ayuda, Fabricio la creyó atrapada dentro de la casita rodante e intentó rescatarla: sufrió quemaduras en la cara, las manos y los hombros, que, por suerte, fueron leves. Tan devastador resultó el siniestro, que las llamas estuvieron a punto de propagarse a la casa de la familia del joven.
“El sueño quedó hecho cenizas, literalmente”, resume él. Sin embargo, donde muchos podrían haber visto un final, ellos encontraron una espina que los impulsó a apostar por la insistencia. Y decidieron montar todo de nuevo.
REDOBLAR LA APUESTA
Hubo colectas simbólicas, préstamos y, en medio de tanta confusión, una decisión vital. Yanina le propuso casamiento. Pensó en hacerlo la madrugada triste que terminaron en el hospital, atendiendo las quemaduras de Fabricio, pero prefirió pedírselo con una carta de Navidad.
La boda fue el 26 de abril de 2025 en una iglesia de San Vicente -“un lugar muy especial para nosotros”, explican- después de pasar por el registro civil de Berisso. El gesto fue un punto de inflexión que no detuvo el plan inicial sino que lo reforzó, dándole continuidad a una apuesta compartida.
Pensaron en comprar otra casilla usada, pero eso les hubiera demandado -de nuevo- años de trabajo, por lo que optaron por adquirir una nueva, aunque básica, en Florencio Varela, que pudieron adaptar con menor inversión de tiempo. Recuperaron los pocos elementos que la pintura ignífuga había salvado del incendio, como cargadores y baterías de litio, y fueron sumando mejoras: instalación de paneles solares, antena de internet y comodidades para trabajar y vivir. A mediados de julio hicieron una prueba piloto y, en octubre pasado, se largaron a la ruta.
El viaje es mucho más que una sucesión de postales; en ese devenir conviven la aventura y la rutina, entre paisajes y la logística necesaria para mantener el proyecto en marcha. Además, manejar con una casa rodante demanda la pericia de aprender a estacionar, calibrar recorridos, sortear percances y afrontar costos, compartiendo espacios reducidos y organizando el trabajo.
“Tuvimos que ajustar reuniones, planificar entregas y sostener la calidad del servicio a pesar de las conexiones intermitentes”, cuenta Yanina. Los dos siguen atendiendo clientes desde la ruta, alternando grabaciones, edición y atención al día a día.
La travesía planificada tuvo un primer objetivo simbólico: llegar a Ushuaia. En el trayecto se quedaron en Carhué, Las Grutas, Puerto Madryn, Los Altares, Perito Moreno, El Chaltén y El Calafate. Cada estación fue una confirmación de que la apuesta valía la pena, con paisajes que desdibujan la noción de distancia, gente con quien conversar y otros viajeros para compartir experiencias y relatos.
Yanina y Fabricio no están solos en esta travesía. Los acompaña Quali, una perrita de tres años que nació en la casa de la familia de Yanina mientras ellos hacían los arreglos. “Nos enamoramos y decidimos llevárnosla”, cuenta Yanina, consciente de que viajar con un animal añade exigencias, como mantener las vacunas al día y encontrar campings y otros sitios pet friendly. Quali se convirtió así en una compañera inseparable, motor de relatos para el canal Estación Qua.
También surgieron dificultades, claro. Cuando no había posibilidad de estacionar en un lugar seguro, tuvieron que modificar planes; cuando la señal de internet fallaba, la carpeta de trabajo esperaba por mejores horas.
El vínculo con comunidades de rodanteros por redes sociales y durante el viaje también ha resultado clave para esta pareja, porque “te suma la experiencia del otro”, apunta Fabricio. Esas conversaciones permiten mejorar sobre la marcha, desde calcular consumo hasta recomendar playas libres de vallados o talleres de confianza para arreglos mecánicos.
Hay ternura en la manera en que cuentan su propia historia: la casilla que fue de la familia de Yanina, guardada en la casa de la abuela y trasladada luego a Berisso; el recuerdo de las vacaciones de ella siendo niña en Las Grutas y los cruces a Chile; el modo en que Fabricio dejó de postergar el anhelo de viajar para convertirlo en parte de su rutina, la prueba piloto en Misiones como luna de miel.
También hay pragmatismo: no viven del canal -aunque está monetizado- sino que siguen facturando con su trabajo de marketing digital, adaptando horarios para sostener clientes y proyectos mientras ruedan. “Lo del canal lo hacemos por gusto y para registrar el viaje; la idea es motivar a otros”, dice Yanina.
La experiencia enseña que el sueño de vivir viajando exige una mezcla de improvisación, previsión y resistencia. Requiere aceptar pérdidas, como la primera casa rodante que terminó consumida en diez minutos, para convertirlas en un aprendizaje: reforzar instalaciones de gas, priorizar baterías y sistemas eléctricos seguros, así como planear alternativas para los imprevistos. También supone negociar relaciones familiares. Después de que se casaron y hasta que lograron salir a la ruta, cada uno vivió con su familia mientras camperizaban la casilla para no tener que gastar el dinero que tanto necesitaban en un alquiler.
El proyecto que llaman “Argentina desde adentro” no termina en Ushuaia; les queda por recorrer el centro y el norte del país, no sin antes regresar a la Región para visitar a las familias en La Plata y Berisso antes de seguir.
“Queremos transitar los lugares con calma”, dice Fabricio. También imaginan un día asentarse, tener un lugar al que volver, sin por ello renunciar a la ruta.
Estación Qua es, entonces, la suma de pérdidas recuperadas, decisiones compartidas y la insistencia de una pareja que entendió al viaje como experimentación y oficio. Su historia habla de que los proyectos grandes se sostienen cuando combinan la vocación, la organización y la capacidad de recomponer. Y que el fin del mundo no es necesariamente un punto final, sino un lugar desde donde volver a empezar, repensando los propios límites.
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