La dieta primitiva que recomiendan los expertos

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En los últimos años, las llamadas “dietas ancestrales” volvieron a ganar terreno en consultorios nutricionales y redes sociales, impulsadas por la idea de que el cuerpo humano estaría mejor adaptado a los patrones alimentarios previos a la agricultura y a la industrialización. Entre las más difundidas aparece la dieta paleolítica, que propone una alimentación basada en carnes, pescados, huevos, frutas, verduras, frutos secos y semillas, con exclusión de cereales, legumbres, lácteos y productos ultraprocesados. El argumento central es que durante cientos de miles de años los humanos se alimentaron de la caza y la recolección, y que esa matriz genética aún condiciona nuestro metabolismo.

Las reconstrucciones científicas sobre cómo comían los grupos de cazadores-recolectores muestran una notable diversidad según región y clima, pero también algunos rasgos comunes. La ingesta de proteínas era, en promedio, más alta que en la dieta occidental actual: distintos estudios estiman que podía aportar alrededor del 25 al 30 por ciento de las calorías diarias, proveniente principalmente de carne de animales silvestres, pescado y mariscos. Las grasas, muchas veces derivadas de piezas animales completas —incluidos órganos y tejido adiposo— representaban cerca del 30 al 40 por ciento, mientras que los carbohidratos procedían casi exclusivamente de frutas, raíces y tubérculos, no de harinas refinadas.

En cuanto a vegetales y frutas, el consumo estaba determinado por la estacionalidad. Se recolectaban hojas verdes, frutos silvestres, semillas, nueces y raíces ricas en almidón, con un aporte elevado de fibra y micronutrientes. A diferencia de las variedades actuales, muchas frutas eran menos dulces y más fibrosas, y su disponibilidad dependía del entorno. La ausencia de azúcar refinada y de productos industrializados implicaba un perfil glucémico distinto al contemporáneo, con menor carga de azúcares simples y mayor densidad nutricional por volumen de alimento.

El nivel calórico total variaba ampliamente según la actividad física y el acceso a recursos, pero no necesariamente era bajo.

Investigaciones antropológicas sugieren que los cazadores-recolectores podían alcanzar consumos energéticos similares a los actuales —entre 2.000 y 3.000 calorías diarias o más en hombres activos— aunque con un gasto energético también elevado por la movilidad constante. El equilibrio entre ingesta y actividad resultaba determinante, más que una restricción calórica deliberada.

En la actualidad, algunas personas, incluidas mujeres embarazadas, adoptan versiones adaptadas de estas dietas bajo la premisa de priorizar alimentos frescos y evitar ultraprocesados. Sin embargo, especialistas en nutrición advierten que el embarazo implica requerimientos específicos de hierro, ácido fólico, calcio y determinadas vitaminas que deben planificarse con precisión. Si bien el énfasis en proteínas de calidad, vegetales y frutas puede alinearse con recomendaciones sanitarias modernas, cualquier enfoque inspirado en patrones ancestrales requiere supervisión profesional para garantizar un aporte adecuado de energía y micronutrientes en una etapa clave del desarrollo fetal.

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