“Más que rivales”: un amor prohibidísimo que puede abrir una puerta al futuro o ser solo una fantasía
Edición Impresa | 6 de Febrero de 2026 | 03:31
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
El deporte moderno está absolutamente tomado por su dimensión comercial. Los equipos son empresas, los jugadores son marcas. Todo está férreamente controlado: el juego, esa danza primigenia de cuerpos, ha quedado en el olvido. Pero Shane e Ilya, los protagonistas de “Más que rivales”, el nombre que HBO Max ha dado para la serie que causa furor en el mundo, “Heated Rivalry”, deciden poner en riesgo todo: su carrera, su marca, millones de dólares. Y todo porque estos dos jugadores de hockey sobre hielo se aman.
Bueno, primero, simplemente, se quieren “explorar”. Son rivales acérrimos, dos genios de la misma generación enfrentados en sus equipos y selecciones, uno serio y tímido, el otro desfachatado: aunque vendería mucho más el marketing de la rivalidad y el odio, los apuestos opuestos se atraen al calor de los embates. Y con el paso del tiempo crece el amor y el deseo de desafiar las reglas, de soltarse, de arriesgar todo.
Todo es todo. Porque es un amor prohibido, prohibidísimo: uno es ruso, el otro canadiense, polos opuestos en el mapa geopolítico; se suponen que son rivales, que se odian, eso alimenta la máquina de imprimir billetes; y, sobre todo, son dos varones en un deporte que toma examen de masculinidad a cada instante.
La serie, que estrena su primer episodio en América latina hoy a través de la plataforma, no escatima los elementos rosas: hay tierno romance empatado con desnudez y alto voltaje erótico, cuerpos monumentales aptos para la fantasía, sexo justo al filo de lo explícito. Jacob Tierney, quien adaptó las novelas románticas de Rachel Reid para la pantalla, arriesgó al contar su historia de romance gay en el hockey sobre hielo con todo el sudor posible: ¿a quién podría interesarle esta historia con una premisa más parecida a una fantasía erótica sobre deportistas que a la sentida ficción que termina siendo?
Resulta ser que a mucha gente: el éxito furioso desde su estreno en una pequeña plataforma canadiense, fuera de toda predicción algorítmica, ha escapado de nichos y clasificaciones. Es el show más visto de HBO en Estados Unidos y hoy sus protagonistas, los actores Hudson Williams y Connor Storrie, portarán la bandera en la apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno que se disputan en Milano-Cortina.
Es que en “Más que rivales”, el romance (y el sexo) cuentan una historia: la relación dentre los dos se cocina a fuego lento mientras esos cuerpos exploran lo tabú, que siempre enciende las llamas. La desnudez gay explota en la pantalla como una forma de empoderamiento que interpela la mirada voyeur del espectador (todo espectador es voyeur, ya lo sabía Hitchcock): una llamada a recuperar la dimensión erótica de los cuerpos, del juego, tan sanitizado y controlado todo en la pantalla como en el deporte.
La serie tiene algo de misión, en ese sentido: incomodar al espectador no habituado a la intimidad gay es apenas un escalón en una serie que empuja al goce, a la apertura de todos los closets. Un terremoto que quiere sacudir los cimientos conservadores del deporte profesional. Es, también, una fantasía. Hay unos mil deportistas profesionales en la NHL, la liga profesional de hockey norteamericana. Ninguno ha declarado públicamente ser gay. Ni en el presente, ni en la historia. También hay unos mil jugadores de fútbol compitiendo en la Primera de AFA, y ninguno dice ser homosexual. La homosexualidad, en algunos deportes que son un bastión de la vieja masculinidad, sigue siendo un profundo tabú, un estigma.
¿Es posible salir del closet en ese ambiente opresivo? ¿Puede una serie empujar el cambio social? “Más que rivales” muestra la dificultad de nuestros protagonistas para vivir su vida en público, pero también entrega un episodio 5 que es catártico, de lo mejor de la televisión del año pasado, y a la vez puede resultar una trampa: el riesgo de salir del armario en el deporte profesional no es solo la posibilidad del oprobio de una comunidad conservadora, también es la posibilidad de encontrar aplausos por un lado y, por el otro, que los equipos prefieran no contratarte. La vida suele ser dura para los pioneros, particularmente en deportes tan conservadores, y si no que lo diga Justin Fashanu.
En 1990, fue el primer futbolista en decir abiertamente que era gay. Recibió rechazo, burlas, aislamiento, y perdió apoyos dentro del fútbol. Incluso su propio hermano, John Fashanu (también futbolista), se distanció públicamente de él durante años. En 1998, mientras vivía en Estados Unidos, Fashanu fue acusado de una agresión sexual. Él negó los cargos y sostuvo que se trataba de una relación consensuada, pero temía no recibir un juicio justo. Antes de que el caso se resolviera, se suicidó en Londres.
Algo, de todos modos, ha empezado a cambiar en el panorama deportivo. La NFL, la liga de fútbol americano que celebra el domingo su Super Tazón, tiene a su primer jugador abiertamente gay desde 2021, Carl Nassib. El fútbol argentino tiene en Nicolás Fernández, que juega en la liga pampeana, a su primer jugador profesional homosexual. En los Juegos Olímpicos los atletas LGBTQ+ son todavía minoría, pero una minoría ruidosa. Ningún jugador de la NHL ha hablado del éxito de “Más que rivales”, pero en las tribunas sí ha habido múltiples referencias a la serie, desde remeras hasta banderas, y desde las redes sociales los clubes han aprovechado el furor por un deporte que en Estados Unidos es el hermano menor y que está en crisis. En su desesperación por conseguir nuevos espectadores, la liga ha abrazo el éxito de la serie, que “ha sido un vehículo único para crear nuevos fans”, dijo un representante de la liga sobre el show.
“Espero que traiga algún cambio en la liga y que tenga real influencia en la forma en que se trata a los jugadores”, agregó François Arnaud, uno de los actores de la serie. “Porque, históricamente, no ha sido la asociación más abierta”.
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