La camisa blanca

Edición Impresa

Por MARÍA INÉS PORTILLO

Abrí la puerta de mi casa. Vestía guardapolvo blanco y una mochila pesada, cargada de libros. Ahí, en el lavadero, estaba el fuentón gris de lata, lleno de ropa blanca. Guardé la mochila en el armario. Me acerqué al fuentón y pregunté si todo aquello era para colgar.

- Sí, hija. ¡Perdoná que sea tanto! -me respondió mi mamá desde lejos.

Tomé el fuentón pesado. Caminé debajo de las parras por el pasillo angosto de paredes altas, que me llevaron al fondo de la casa.

Era una mañana clara. Por encima del tendedero de alambre gris, asomaba un olivo de aceitunas negras y la pared blanca del vecino que cortaba el fondo de mi casa.

Sobre el pasto verde, dejé el fuentón de lata y empecé el rito de colgar la ropa blanca: pañales de Ana María; guardapolvo de Tere; camisetas de Ricardo, de Raúl; sábanas chicas de Luis; pañuelos de Adriana, de Dorita; medias de Armando; sábanas anchas de mis padres. Y en el fondo del fuentón, la camisa blanca de Andrés.

Sentí satisfacción por el trabajo realizado. Con el fuentón vacío regresé cantando bajo las parras, entre esos muros apretados. Allá, parada junto a la puerta del lavadero, estaba mi mamá vestida con delantal blanco.

-¿Era mucho, no? -me dijo.

- Si, bastante. ¿Pero sabés una cosa? ¡Me encanta colgar la ropa! No sé por qué.

Ella rió con asombro.

Dejé el fuentón vacío debajo de la pileta y me encontré con su mirada perpleja.

-¿Qué pasa mamá?

-Te cuento un secreto. Yo estaba embarazada de vos, casi de ocho meses. Había terminado de poner la camisa blanca de Andrés en este fuentón de lata, cuando una manga se desparramó por el piso. Me apresuré a salvarla, resbalé y de panza, con vos adentro, me caí sobre el montón de ropa blanca. Me levanté como pude. Sentí por dentro un patadón. Eras vos. Me encogí. Abracé mi vientre dolorido queriendo evitar tu salida. Tuve miedo de perderte. Nunca me voy a olvidar…

-¡Pero aquí estoy, mamá! -le dije mientras nos abrazábamos. ¿Será por eso que me gusta colgar la ropa? Nunca tires este fuentón. ¡Lo quiero para mí! Me desabrochó el guardapolvo blanco y lo puso en el fuentón. Murmurando dijo: -El blanco dura muy poco limpio. Enseguida se le notan los roces. Vamos a la mesa. Seguro que trajiste mucha hambre de la escuela.

El tiempo pasó. Yo seguí colgando, colgando mucha, pero mucha ropa blanca. El fuentón gris de lata quedó debajo de la pileta del lavadero de mi casa.

Y el tiempo sigue pasando. En una plaza cualquiera, cada veinticuatro de marzo, yo camino debajo de tendederos grises, cargados de siluetas blancas. Saco de mi mochila, la foto de Andrés con su camisa blanca. Está riendo. Y yo lo tiendo.

 

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