Por la inflación más alta, las expectativas de los especialistas se recalibran

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Instituto de Economía Aplicada

Universidad del Este

El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del BCRA dejó una señal clara: el consenso de los analistas comenzó a ajustar algunas de las hipótesis centrales del programa económico. Si bien las proyecciones para 2026 siguen mostrando un escenario de estabilidad relativa, la dinámica de las revisiones revela tensiones crecientes entre las distintas variables. En particular, la inflación esperada empeora incluso en un contexto donde el mercado anticipa mayor disciplina fiscal y menor depreciación del tipo de cambio.

En materia de inflación, las expectativas para 2026 se deterioraron de manera significativa. El REM de febrero proyecta una inflación anual de 26,1%, frente al 22,4% que se esperaba en el relevamiento de enero. Este cambio resulta especialmente relevante porque ocurre en un marco donde el propio mercado también prevé menor tipo de cambio nominal y mayor superávit fiscal, es decir, dos de las principales anclas del programa económico. En otras palabras, aun con esas condiciones más contractivas, los analistas comenzaron a asignar una mayor persistencia inflacionaria. Esto sugiere que las anclas del programa pierden efectividad como mecanismo de coordinación de expectativas: lo que en otro momento funcionaba como un factor de credibilidad empieza a mostrar señales de “pólvora mojada”.

El deterioro se dio principalmente en los meses más próximos: febrero pasó de 1,8% esperado en el REM de diciembre a 2,1% en el REM de enero a un 2,7% en el último REM. Igualmente, las consultoras siguen esperando un camino de descenso de la inflación, que los últimos datos no han convalidado.

Un fenómeno similar se observa en las tasas de interés. La tasa TAMAR promedio esperada para 2026 pasó de 22,4% a 24,0%, lo que implica una corrección al alza de las tasas nominales previstas. Sin embargo, al compararla con la inflación esperada surge una conclusión distinta: el mercado descuenta que el esquema monetario pasa a operar con tasas reales negativas. Esto refleja la percepción de que el Gobierno mantiene una política monetaria más relajada que en etapas anteriores del programa, permitiendo que el costo del crédito quede por debajo de la inflación esperada. En términos macroeconómicos, esto puede contribuir a sostener el nivel de actividad en el corto plazo, aunque también limita el rol de la tasa de interés como ancla nominal.

Las expectativas sobre el tipo de cambio también muestran un cambio relevante. Para diciembre de 2026, el REM proyecta un dólar de $1.707, lo que representa una caída del 2,5% respecto al relevamiento de enero. Si esta trayectoria se concreta, implicaría una apreciación real cercana al 7% durante el año, bajo el supuesto de estabilidad en los precios internacionales. En términos del índice de tipo de cambio real multilateral (ITCRM), esto ubicaría el nivel en torno a 87 puntos, un valor similar al observado en junio de 2025, previo a la corrida cambiaria preelectoral. El dato no es menor: sugiere que el mercado espera que el proceso de apreciación cambiaria continúe, aun cuando la inflación proyectada se revise al alza.

En contraste con estas revisiones, las proyecciones de crecimiento económico mejoraron levemente. El REM ahora estima un aumento del PIB del 3,4% en 2026, frente al 3,2% previsto anteriormente. Parte de esta mejora puede vincularse con la expectativa de tasas reales negativas, que tienden a estimular el crédito y el consumo en el corto plazo. También influye la perspectiva de un mejor desempeño del sector hidrocarburífero, que continúa recibiendo inversiones significativas y consolidándose como uno de los principales motores de generación de divisas.

En conjunto, el nuevo REM describe un escenario donde las expectativas comienzan a desplazarse gradualmente. El mercado sigue proyectando crecimiento y estabilidad macro básica, pero al mismo tiempo reconoce mayores dificultades para consolidar la desinflación y una continuidad de la apreciación cambiaria. El resultado es una combinación particular: crecimiento moderado, inflación más persistente y una estructura productiva cada vez más concentrada en sectores de alta generación de divisas pero baja capacidad de empleo. Un equilibrio posible en el corto plazo, pero que deja interrogantes abiertos hacia adelante.

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