Vivir más y mejor: la prevención como llave para llegar a los 100 años

Investigaciones muestran que, aunque no existen estudios específicos sobre centenarios, este tipo de medicina —a través de hábitos y control de enfermedades— es el factor clave para tener una mejor calidad de vida

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Durante décadas, alcanzar los 100 años fue interpretado como una excepción biológica, casi un capricho de la genética o del azar. Hoy, sin embargo, ese límite comienza a resignificarse. No porque exista una fórmula mágica para la longevidad extrema, sino porque la evidencia científica —incluida la que surge de los repositorios académicos de La Plata— muestra que vivir más tiempo es, en gran medida, el resultado de procesos acumulativos donde la medicina preventiva ocupa un lugar central. Lo que antes parecía un privilegio, ahora empieza a leerse como una posibilidad condicionada.

A partir de una investigación exhaustiva en el repositorio SEDICI de la Universidad Nacional de La Plata, en el sistema de publicaciones del CONICET con eje en La Plata y en los repositorios institucionales de la UCALP y la Universidad del Este, emerge una conclusión tan clara como incómoda: no existen estudios locales que aborden de manera directa y exclusiva el impacto de la medicina preventiva en la posibilidad de llegar a los 100 años. No hay tesis, diplomaturas ni papers centrados específicamente en “longevidad extrema” o en la figura del centenario como objeto científico.

Sin embargo, esa ausencia no implica un vacío de conocimiento. Por el contrario, lo que aparece es un entramado robusto de investigaciones que, desde distintos enfoques —salud pública, medicina, psicología, nutrición— construyen una base sólida sobre la cual se entiende cómo y por qué la prevención incide en la expectativa de vida y en la calidad de esos años. La longevidad no se estudia como meta, pero sí como consecuencia.

En ese sentido, los trabajos alojados en SEDICI, especialmente los vinculados a la Facultad de Ciencias Médicas y a la Cátedra de Higiene, Medicina Preventiva y Social, resultan claves. Allí se reconoce de manera consistente que los avances socio-sanitarios, entre ellos la medicina preventiva, han sido determinantes en el aumento de la esperanza de vida a lo largo del último siglo. No se trata de una hipótesis, sino de una constatación histórica.

DEL DATO HISTÓRICO A LA CONSTRUCCIÓN DEL PRESENTE

Uno de los documentos más reveladores en este punto es “El envejecimiento del sistema nervioso” (Cambiaggi y Zuccolilli, 2011), donde se afirma de manera explícita que los avances en medicina preventiva, junto con la nutrición y el desarrollo de antibióticos, permitieron que la expectativa de vida pasara de aproximadamente 50 años a principios del siglo XX a más de 75 en la actualidad en países desarrollados. La frase no solo describe un cambio, sino que señala su causa: la prevención.

Pero ese aumento no es homogéneo ni automático. El mismo trabajo introduce una distinción fundamental entre longevidad y expectativa de vida activa. Es decir, no basta con vivir más años si esos años no se transitan con autonomía. Allí aparece uno de los desafíos centrales de la medicina contemporánea: no solo extender la vida, sino mejorar su calidad, reduciendo la carga de discapacidad, especialmente la de origen neurológico, que explica una porción significativa de la dependencia en la vejez.

Esa misma línea es retomada en el trabajo “Envejecimiento saludable, el tiempo libre de las personas adultas” (Correa, 2013), donde se plantea que los avances en medicina preventiva no solo aumentan la esperanza de vida, sino que amplían las posibilidades de vivir mejor. El texto enfatiza el rol de los hábitos, del uso del tiempo libre y del envejecimiento activo como dimensiones que complementan la prevención médica clásica.

En paralelo, obras de referencia como “Fundamentos de Salud Pública” (Barragán, 2007), utilizadas en la formación de médicos en la UNLP, consolidan este enfoque desde una perspectiva estructural. Allí se sostiene que la prevención se despliega con mayor intensidad en la tercera edad, pero que su impacto se construye a lo largo de toda la vida, mediante la promoción de la salud, el control de factores de riesgo y la implementación de políticas públicas.

PREVENCIÓN, DESIGUALDAD Y LÍMITES ESTRUCTURALES

Cuando se amplía la mirada hacia el sistema científico vinculado al CONICET, el enfoque se complejiza. Aunque no se encontraron trabajos centrados en longevidad extrema dentro del nodo La Plata, sí aparecen investigaciones que analizan la esperanza de vida desde sus determinantes sociales. Un ejemplo es el estudio sobre inequidades intraurbanas en Córdoba (Rodríguez López et al., 2022), que muestra cómo variables como educación, empleo y condiciones habitacionales inciden directamente en la expectativa de vida.

Este tipo de trabajos permite entender que la medicina preventiva no actúa en el vacío. Su efectividad depende de condiciones sociales que la habilitan o la limitan. La prevención no es solo una decisión individual, sino una construcción colectiva que requiere acceso, educación y políticas sostenidas. En ese sentido, la longevidad también es una cuestión de desigualdad.

A pesar de estas limitaciones, el consenso académico es contundente: la prevención sigue siendo la herramienta más eficaz para reducir la carga de enfermedad y prolongar la vida saludable. Las actividades de extensión, las campañas de vacunación y los programas comunitarios desarrollados en La Plata refuerzan esta idea desde la práctica, mostrando que intervenir antes de que la enfermedad aparezca no solo es posible, sino necesario.

En contraste, los repositorios de universidades privadas como la UCALP y la UDE muestran una menor producción indexada sobre este tema. Si bien existen trabajos vinculados al envejecimiento, la odontogeriatría o el cuidado del adulto mayor, no se encontraron investigaciones que vinculen de manera directa la medicina preventiva con la longevidad. Esto no implica ausencia de trabajo, sino posiblemente una menor visibilidad o digitalización de sus producciones.

EL MODELO INVISIBLE: CÓMO SE CONSTRUYE LA LONGEVIDAD

A pesar de la fragmentación de los estudios, es posible reconstruir un modelo implícito que atraviesa todas las investigaciones relevadas. Un modelo que no habla de centenarios, pero que explica cómo se llega a serlo. En ese esquema, la medicina preventiva actúa en múltiples niveles: desde la nutrición y la actividad física hasta la estimulación cognitiva y el sostenimiento de redes sociales.

Trabajos más recientes en SEDICI, como los vinculados a envejecimiento activo, sarcopenia y deterioro cognitivo, refuerzan la idea de que el ejercicio físico es una de las herramientas preventivas más eficaces, no solo para el cuerpo, sino también para la mente. Proyectos de extensión como “Los Mayores Primero” o el PROSAM muestran cómo estas estrategias se traducen en intervenciones concretas que mejoran la calidad de vida de los adultos mayores.

En paralelo, investigaciones conceptuales como las de Quintero sobre fragilidad o los enfoques psicogerontológicos que promueven la autonomía refuerzan la idea de que el envejecimiento puede ser modulado. No es un destino fijo, sino un proceso influido por decisiones, contextos y políticas.

Incluso desde perspectivas internacionales incorporadas en el debate local, como el análisis de las “Zonas Azules”, se identifican patrones comunes: actividad física regular, alimentación equilibrada, propósito de vida y vínculos sociales fuertes. Todos ellos, en esencia, componentes de una medicina preventiva ampliada.

LA CONCLUSIÓN QUE EMERGE: VIVIR MÁS ES POSIBLE, VIVIR MEJOR ES EL VERDADERO DESAFÍO

Lo que deja en claro esta investigación es que la pregunta no es si la medicina preventiva permite llegar a los 100 años, sino bajo qué condiciones ese recorrido se vuelve posible. Los repositorios académicos de La Plata no ofrecen una respuesta directa, pero sí construyen el camino.

La evidencia es consistente: la prevención —en sus múltiples dimensiones— es el factor más determinante para aumentar la esperanza de vida y mejorar su calidad. No garantiza la longevidad extrema, pero la hace plausible. Y, sobre todo, redefine el sentido de vivir más: no como una acumulación de años, sino como una extensión de la autonomía, la salud y el bienestar.

En un contexto donde las sociedades envejecen y los sistemas de salud enfrentan nuevos desafíos, la medicina preventiva deja de ser una opción para convertirse en una necesidad. No solo para quienes aspiran a vivir más, sino para quienes buscan vivir mejor. Porque, en definitiva, la verdadera revolución no está en alcanzar los 100 años, sino en cómo se llega hasta ellos.

EL FACTOR SOCIAL
La longevidad no es solo biológica; es social. Los vínculos fuertes y el uso del tiempo libre de forma activa son tan determinantes como cualquier tratamiento médico.
NO ESPERAR AL SÍNTOMA
Los especialistas coinciden en que la prevención es la herramienta más eficaz para reducir la carga de enfermedad. No es solo vivir más, es extender la “expectativa de vida activa”.

 

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