La crisis también le llegó a Mafalda

Edición Impresa

En los pasillos elegantes de la Feria del Libro, donde el ritual de las firmas y las primeras ediciones siempre tuvo algo de alfombra roja, la noticia cayó como un baldazo helado: Ediciones de la Flor, la casa que convirtió a Mafalda en una celebridad mundial, anunció su cierre definitivo.

No fue una despedida silenciosa. Fue, más bien, un final con estilo: libros en liquidación, lectores emocionados y una sensación compartida de que algo del viejo glamour cultural argentino se estaba apagando.

Durante décadas, Mafalda no fue solo una historieta: fue marca, símbolo y estrella. Una figura que trascendió generaciones y que convirtió a la editorial en un espacio de culto, donde convivían nombres pesados como Roberto Fontanarrosa o Rodolfo Walsh.

El golpe más duro llegó cuando los herederos de Quino decidieron mudar toda su obra a una multinacional. Para la editorial, fue “un golpe al corazón”. Sin su mayor estrella, el escenario cambió para siempre.

Detrás del telón, la trama tiene todos los condimentos de una historia de alto voltaje: separaciones, retiros y decisiones personales que fueron marcando el destino del sello. Tras la salida de Daniel Divinsky y el paso al frente de Ana María Kuki Miller, la editorial siguió adelante, pero cada vez más sola. Sin sucesores y con un mercado en crisis, sostener el estilo independiente se volvió una misión casi imposible.

La caída no fue solo simbólica. La baja del consumo, el aumento de costos y los cambios tecnológicos terminaron de empujar a la editorial hacia el cierre.

Ese universo que supo ser sofisticado, influyente y hasta exclusivo -donde los libros eran objetos de deseo- hoy se enfrenta a una realidad más cruda: números que no cierran y lectores que cambian hábitos.

DESPEDIDA CON ESTILO PROPIO

Fiel a su identidad, la editorial eligió despedirse en su territorio natural: la Feria del Libro. Allí, entre recuerdos, frases emotivas y títulos históricos a la venta, dejó un mensaje que sonó a cierre de época. Porque si algo quedó claro en este final es que, incluso en la caída, el mundo de Mafalda mantuvo su elegancia.

La historia deja una imagen potente: ni siquiera Mafalda, esa niña incómoda que siempre cuestionó todo, pudo escaparle a la crisis.

El jet set cultural argentino pierde uno de sus espacios más emblemáticos. Y mientras las luces se apagan, queda la certeza de que, aunque cambien las reglas del juego, hay personajes que seguirán siendo eternos… aunque ya no tengan casa propia.

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