La necesidad de sumar unos pesos frente a una inseguridad sin freno

Casos recientes en la Región evidencian una modalidad en alza: falsos pasajeros que convierten viajes en una pesadilla

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La escena se repite, con un patrón que se consolida: falsos pasajeros, viajes que terminan en emboscadas y trabajadores que quedan expuestos en la calle. En la Región, el crecimiento de plataformas como Uber y Didi no solo transformó la movilidad urbana; también expuso a cientos de choferes -muchos de ellos en moto- a un riesgo cada vez más tangible. En ese escenario, el límite entre trabajar y convertirse en víctima se volvió peligrosamente delgado.

En las últimas semanas, la violencia escaló a un punto que sacudió incluso a quienes ya naturalizaban la inseguridad. El crimen del docente Cristian Pereyra en La Matanza, mientras realizaba viajes con una aplicación, marcó un punto de inflexión. Padre de una niña, fue atacado por el supuesto pasajero. Recibió tres tiros. Murió en el intento de sostener una economía personal cada vez más ajustada. Su caso no es aislado: es la expresión más extrema de un fenómeno que crece.

En La Plata, durante este fin de semana largo de Semana Santa, se registraron varios episodios que reflejan esa misma lógica de exposición. En la zona de 8 entre 90 y 91, cerca de la 1 de la madrugada, un joven que trabajaba como chofer de Didi en moto llegó a buscar a un usuario identificado como “Benjamín”. El viaje nunca comenzó: fue abordado por dos hombres. Uno lo tomó del cuello y lo arrojó al suelo, mientras el supuesto pasajero se apoderaba del rodado. En el forcejeo, uno de los delincuentes sacó una cuchilla de carnicero y le provocó un corte en el dedo meñique, por el que debió recibir puntos de sutura en el Hospital San Martín. Después, la huida. Y un dato que refuerza la sensación de desprotección: el usuario cambió su nombre en la aplicación tras el ataque.

Minutos más tarde, en otro punto de la ciudad, el mismo patrón. Un conductor que trabajaba con Didi en su Chevrolet Aveo levantó a cuatro pasajeros en 115 y 601. El viaje tenía destino en 19 y 89, en Villa Elvira. Al llegar, uno de los ocupantes sacó un arma de fuego y le apuntó a la cabeza. No hubo margen para reaccionar: le ordenaron bajar del vehículo y escaparon con el auto. La escena es cada vez más frecuente: pasajeros que en realidad son asaltantes, viajes que se convierten en emboscadas.

Horas antes, otro joven de 19 años que realizaba viajes en Uber Moto había dejado a un pasajero de 22 y 35 años, en La Loma. Apenas termino el recorrido, fue rodeado por tres delincuentes en dos motos. “Dale, que estás robado”, le dijeron mientras lo amenazaban. No se resistió y los ladrones escaparon en contramano.

A estos hechos se suma otro ataque reciente en 66 y 167, donde una mujer que circulaba en moto fue sorprendida por dos hombres que intentaron robarle el rodado. La arrastraron, forcejeó, logró golpear a uno de ellos, pero finalmente se llevaron la moto. Terminó asistida en un centro de salud.

Todos los casos comparten un denominador común: la vulnerabilidad. Conductores que aceptan viajes sin saber quién está del otro lado, que dependen de una pantalla para trabajar y que muchas veces se adentran en zonas desconocidas o en horarios críticos. La promesa de ingresos rápidos convive con la ausencia de controles efectivos y con mecanismos de seguridad que, en la práctica, resultan insuficientes.

Una salida laboral inmediata

En paralelo, el fenómeno de las motos como transporte crece sin freno. En barrios de La Plata, Berisso y Ensenada, cada vez son más los usuarios que eligen esta opción por su bajo costo: puede valer hasta tres veces menos que un auto. Sin embargo, los viajes son más expuestos, sin estructura de protección, y con menor capacidad de reacción ante un ataque.

El avance de estas plataformas también mantiene en alerta a taxistas y remiseros, que desde su irrupción denuncian una competencia desregulada. Pero mientras el debate sobre la legalidad continúa, en la calle la discusión es otra: la seguridad.

Porque detrás de cada viaje hay una historia que se repite. Personas que, como Pereyra, combinan trabajos para sostenerse. Jóvenes que encuentran en la moto una salida laboral inmediata. Padres y madres que estiran sus jornadas hasta la madrugada. Todos, atravesados por una misma tensión: salir a trabajar para sumar un extra sabiendo que el próximo pasajero puede no ser quien dice ser.

 

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