Los chicos y el desafío de imaginar un futuro laboral en épocas inciertas

El problema es más acuciante en sectores vulnerables y abre interrogantes sobre el rol de las instituciones educativas

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“¿Qué vas a ser cuando seas grande?”. Una pregunta inocente en apariencia, que sin embargo está entre las que más les cuesta responder a los chicos del país y la Región. A los 15 años, más de la mitad de los adolescentes argentinos no logra imaginar con claridad qué trabajo tendrá en el futuro. Y por ende, se les nubla la percepción de cuál debería ser la carrera universitaria o trayectoria terciaria a seguir para lograr esos objetivos.

El dato surge de un reciente informe del observatorio Argentinos por la Educación basado en pruebas PISA, y encendió señales de alarma sobre el vínculo entre escuela, orientación vocacional y expectativas juveniles en un contexto atravesado por la incertidumbre económica, la transformación tecnológica fogoneada por la IA y los cambios acelerados del mundo laboral.

En regiones universitarias como el Gran La Plata, donde conviven una enorme oferta académica y realidades sociales muy distintas, el fenómeno además abre interrogantes locales sobre las oportunidades, los horizontes y las herramientas con las que cuentan hoy los jóvenes para proyectar su vida adulta.

El trabajo, titulado “¿Cómo imaginan los adolescentes su futuro laboral?”, fue elaborado por Guillermina Laguzzi (Organización de Estados Iberoamericanos), Juan Bonnin (CELES/CONICET-UNSAM), Martín Nistal y Eugenia Orlicki, y analiza las respuestas de estudiantes de 15 años ante una pregunta concreta: qué ocupación esperan tener a los 30 años.

Cifras explosivas

Los resultados muestran un salto abrupto en la incertidumbre vocacional. En Argentina, el porcentaje de adolescentes que no pudo identificar una ocupación definida pasó del 22% en 2018 al 52% en 2022, un aumento de 30 puntos porcentuales en apenas cuatro años. La cifra, última disponible a la fecha, supera ampliamente el promedio de los países de la OCDE, donde la incertidumbre laboral juvenil alcanza el 39%.

El informe también detecta diferencias marcadas según el nivel socioeconómico de los interlocutores. Entre los adolescentes del quintil más pobre, el 59% afirma no tener una ocupación definida a futuro, mientras que en el de mayores ingresos el porcentaje desciende al 39%. El 56% de los estudiantes que no alcanzan el nivel mínimo en Matemática en PISA no logra precisar un interés profesional concreto, mientras que entre quienes sí lo alcanzan baja al 38%.

“Cuando más de la mitad de los adolescentes argentinos de 15 años no puede imaginar qué trabajo tendrá a los 30, no estamos ante un problema de indecisión individual: estamos ante una señal de alerta sobre cómo la escuela y la sociedad están preparando a las nuevas generaciones para transitar el mundo del trabajo”, sostiene Guillermina Laguzzi. Y agrega: “Frente a este escenario, la articulación entre el sistema educativo y el mundo del trabajo no puede seguir siendo un aspecto periférico. Necesitamos incorporarla como una dimensión sustantiva del proyecto educativo, que ayude a los jóvenes a construir expectativas posibles, informadas y situadas en la realidad del mercado laboral que los espera”.

En la misma línea, Juan Bonnin advierte que detrás de las respuestas indefinidas existe un fenómeno social más profundo. “En la mayoría de los estudios sobre expectativas juveniles, las respuestas ausentes, vagas o contradictorias se agrupan en una categoría residual y se dejan de lado: son ‘otras’, lo que no entra. Ahora bien, si las formula más de la mitad de los adolescentes argentinos, ya no se trata de un dato para descartar, sino para analizar y darle sentido. Ahí es donde este trabajo logra caracterizar el problema”, señala.

La Plata tiene un gran potencial para articular educación, ciencia, ambiente e innovación

Entre quienes sí logran imaginar un futuro profesional concreto, el informe detecta patrones repetidos. A nivel global, las respuestas más frecuentes son profesional de tecnologías de la información, deportista e ingeniero. En Argentina, entre las mujeres predominan profesiones como médica, psicóloga y abogada, mientras que entre los varones sobresalen deportista, ingeniero y profesional TIC.

En La Plata, donde conviven facultades, centros científicos y una de las universidades más importantes del país, el fenómeno también se percibe entre adolescentes que muchas veces no logran sentirse parte de ese universo educativo. Así lo observa Jerónimo Larsen, profesional en Ciencias de la Educación graduado en la UNLP e integrante de un centro de innovación educativa que articula estudiantes con el mundo del empleo y la producción. Para él, la incertidumbre juvenil refleja mucho más que una mera indecisión vocacional. “Lo que aparece es una dificultad para proyectarse en un contexto muy cambiante e incierto. Hoy muchos adolescentes crecen viendo adultos con trabajos inestables, profesiones que cambian rápido por la tecnología y trayectorias laborales mucho menos lineales que hace veinte años”, explica.

Según plantea, gran parte de la escuela todavía mantiene estructuras asociadas a un modelo de empleo más estable y previsible, mientras los jóvenes viven inmersos en otra realidad, atravesada por redes sociales, inteligencia artificial, plataformas digitales y cambios permanentes. “Aparece una distancia entre lo que estudian y el mundo que perciben afuera”, afirma. Y agrega un componente emocional que considera clave: “Muchos chicos no sienten que el futuro dependa realmente de ellos. Y cuando se pierde esa sensación de posibilidad, cuesta imaginar un proyecto propio. La orientación vocacional hoy no debería limitarse a elegir una carrera, sino ayudar a construir sentido y capacidad de proyectarse”.

El peso del entorno

Larsen también pone el foco sobre el peso del contexto social y familiar en las expectativas de los adolescentes. “El informe muestra que la incertidumbre es mucho mayor en los sectores más vulnerables. Tiene que ver con las oportunidades concretas que rodean a cada adolescente”, apunta. Y profundiza: “Hay chicos que crecieron viendo profesionales, universidades, idiomas, viajes o redes de contacto. Y otros que nunca tuvieron cerca determinadas experiencias laborales o educativas. Eso condiciona lo que cada uno considera posible para sí mismo”.

En esa línea, subraya que “muchas veces el problema no es la falta de sueños, sino la falta de referencias” y advierte que existen jóvenes “muy capaces” que directamente desconocen ciertos caminos porque nadie de su entorno transitó esas experiencias. “Es ahí donde la escuela y las políticas públicas cumplen un rol clave: ampliar horizontes y acercar mundos que hoy parecen muy ajenos”, resume.

Consultado específicamente por la realidad platense, Larsen destaca la potencia universitaria, científica y cultural de la ciudad, aunque aclara que eso no siempre se traduce en cercanía real para todos los jóvenes. “La Plata tiene una enorme ventaja comparativa por su ecosistema universitario, científico y cultural. Pero eso no garantiza automáticamente que todos los adolescentes se sientan parte de él”, sostiene. Según describe, existe “una desconexión entre la enorme oferta educativa disponible y la experiencia concreta de los jóvenes”. Incluso, plantea que “chicos que viven a pocas cuadras de facultades o centros de investigación sienten que esos espacios están lejos de su realidad cotidiana”.

El porcentaje de jóvenes que no puede decidirse por un futuro empleo trepó del 22% al 52%

El pedagogo también observa escaso conocimiento sobre nuevas oportunidades vinculadas a tecnología, sostenibilidad, energías renovables, economía del conocimiento... “Ahí hay un desafío enorme para acercar la universidad, las empresas y los sectores emergentes a las escuelas secundarias de una manera más vivencial”, afirma: “La Plata tiene potencial para convertirse en una ciudad referente en esa articulación. Pero para eso hay que trabajar mucho más el puente entre el aula y el futuro laboral real”.

Sobre los modelos de éxito que hoy consumen muchos adolescentes, especialmente ligados al deporte profesional o la fama en redes sociales, Larsen evita lecturas simplistas. Y aclara que “no creo que haya que demonizar esos intereses. El problema aparece cuando el algoritmo muestra solamente casos excepcionales y desaparece el valor del proceso, del esfuerzo cotidiano o de las trayectorias intermedias; se generan expectativas difíciles de sostener y cierta frustración cuando la realidad no funciona de esa manera”.

Al mismo tiempo, interpreta esos consumos como parte de una necesidad más profunda de reconocimiento. “Los jóvenes buscan espacios donde sentirse vistos, valorados y con posibilidades reales de crecimiento”, señala. Por eso, entiende que “el desafío educativo no es subestimar esos consumos culturales, sino ayudar a desarrollar pensamiento crítico y ampliar el mapa de opciones posibles”.

Finalmente, Larsen plantea que las escuelas necesitan repensar de manera integral cómo acompañan a los estudiantes en este plano. “La llamada ‘orientación vocacional’ debería dejar de ser una charla aislada en el último año y transformarse en un proceso continuo desde etapas más tempranas”, refuerza: “ cuando un joven conoce personas y proyectos concretos, el futuro deja de ser algo abstracto”.

“La escuela no puede prometer certezas absolutas sobre el futuro, porque nadie las tiene”, concluye Larsen: “Pero sí puede ayudar a que los jóvenes desarrollen herramientas para adaptarse, aprender continuamente y construir proyectos de vida con mayor confianza y autonomía”, concluye.

 

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