Antes de ser clásicos, fueron escandalosos

Daniel Balmaceda rescata la Argentina de los años veinte: la década en que la radio era magia, Firpo era un dios y salir a manejar con pantalones podía arruinar una reputación

Edición Impresa

Por FRANCINA LORENZO

jmaldonado@eldia.com

Acompañar a Daniel Balmaceda en su nueva obra es aceptar una invitación a trasladarse a una década de «luces altas y destellos fugaces», donde el asombro era la moneda corriente del día a día. Los años locos en la Argentina (Sudamericana) es un libro que se lee con la urgencia del que descubre un secreto guardado por cien años, marcando cada página con la curiosidad del que encuentra oro en el archivo. El autor, radicado en Colonia y enfocado ya en su próximo proyecto porque confiesa que “hay que seguir escribiendo”, analiza en casi 300 páginas cómo la Argentina pasó de la exclusividad de las élites a la explosión de la masividad y el consumo. Al final del recorrido, Balmaceda nos convence de que el ritual del club, el café y la idolatría deportiva son los hilos invisibles que nos unen a aquellos años que, por un instante, creyeron que el futuro sería siempre una fiesta.

Lo primero que llama la atención en el contacto con la obra es el entusiasmo genuino de Balmaceda por el hallazgo. Para él, la investigación es el motor vital de su oficio, incluso por encima del acto de narrar. Según explica, el paso del periodismo gráfico a la historia fue una transición natural hacia donde se sentía más a gusto: “Me di cuenta de que me sentía más cómodo con el pasado que con el presente, así que abandoné las redacciones y me dediqué ya full time como escritor”. La huella del periodista se lee en las fuentes: cada capítulo cierra con sus referencias, un corpus construido principalmente sobre diarios como La Nación, La Prensa y La Razón, y revistas como Caras y Caretas y Crítica. “La parte más entretenida de mi actividad es la investigación. Me encanta escribir, por supuesto que es un placer, pero la investigación es algo apasionante. No hay nada como los hallazgos. Celebro asumirme ignorante de todo para justamente poder disfrutar de eso que te da el hallazgo”, confiesa el autor.

Esa curiosidad lateral, esa capacidad de ver lo que está al costado de lo que uno busca, es precisamente lo que hace de sus libros algo distinto de un manual escolar. Mientras rastrea datos de una época, Balmaceda ya no presta atención únicamente a la columna principal de los viejos diarios, sino a todo lo que rodea la noticia. “Buscando algo, sin querer te aparecen otros datos y otras cosas que no eran el objetivo inicial”, señala al recordar cómo una noticia policial podía convivir con una nota social sobre un menú de 1894, abriendo una nueva línea de indagación sobre qué comían los argentinos de entonces. Para reconstruir el estado de ánimo colectivo de los años veinte, el autor recurre a lo que llama una “composición”: un ensamblaje de diarios íntimos, correspondencia personal, publicaciones inéditas y manuscritos familiares. “Entendés mucho mejor el contexto contado por sus protagonistas y no por alguien que lo leyó en un diario. Todo ese camino de comunicación en general es como un teléfono descompuesto”, explica sobre la importancia de estas fuentes privadas que le permiten captar la “temperatura invisible” de la época.

Uno de los logros más notables del libro es el equilibrio entre el rigor documental y el pulso de la experiencia viva y los sentimientos compartidos de la década. Balmaceda logra transformar el dato documental en una escena casi cinematográfica porque se impone una condición actoral antes de escribir: trasladarse en el tiempo. “Para lograr ese equilibrio necesito, primero, indagar en el archivo y recién después darle paso al narrador. Antes de escribir, paso por diarios, planos, fotos, publicidades, memorias de época, cartas; necesito saber cómo se vestían, qué se comía, cuánto tardaba un tranvía, qué música sonaba. Cuando me siento seguro en el terreno, recién ahí empiezo a volcarlo al texto”, detalla sobre su método de trabajo. Este esfuerzo garantiza que el lector no observe el pasado como un cuadro plano pegado en la pared, sino que pueda insertarse en él y percibir los matices que diferencian, por ejemplo, los tiempos de Sarmiento de los de Pellegrini.

Esta profundidad narrativa se aplica a hitos que transformaron la fisonomía urbana y social, como la irrupción de la radio o la masificación del deporte. Balmaceda destaca que el condimento decisivo de los años veinte fue que “lo que había sido privilegio de élites cultas o acomodadas se volvió parte de la vida cotidiana”. El ocio se democratizó y el deporte cambió de escala: “Los Juegos Olímpicos, el boxeo, las carreras de autos, el tenis y el fútbol en estadios desbordados se convirtieron en nuevos rituales colectivos, alimentados por pasiones y rivalidades”. Para esa época, ver surgir a un ídolo popular o tener en casa una caja de la cual salía música y noticias era, en palabras del autor, “magia pura”. Un ejemplo es la historia de “Los Locos de la Azotea”, esos jóvenes que en 1920 imaginaron la radio no como un truco mecánico, sino como una herramienta para compartir arte y conocimiento, construyendo una programación regular que dio sentido público a la invención.

Un caso iluminador de su método de cruce de fuentes aparece en el capítulo sobre las mujeres al volante. Si bien los registros muestran licencias femeninas desde 1912, en ese entonces no era noticia que las mujeres manejaran, ya que casi ninguna se animaba a hacerlo efectivamente. La verdadera revolución se palpa en las revistas de mediados de la década, llenas de actrices y cantantes posando con sus autos y publicidades dirigidas específicamente a ellas. El autor rescata con humor cómo la publicidad se adaptó a este cambio: “Las publicidades se ocupaban del tipo de aceite que más le convenía a la mujer. ‘A vos, mujer joven, te conviene el aceite tal para tu motor’. O las revistas de moda para que puedan estar más cómodas al volante. Es simpaticísimo que hicieran esas diferenciaciones, como si para explicarle el aceite del motor a la mujer tuvieras que decirlo de una manera y al hombre de otra».

En este mismo sentido, el libro recupera historias íntimas que suelen quedar fuera de los grandes relatos, como el romance de los “novios del Ecuador”, reconstruido a partir de memorias familiares y registros que la propia familia Perkins desconocía. “Con toda esa composición creás un ambiente mucho más amplio, inclusive para los que lo conocen”, explica Balmaceda, quien también aplicó esta lógica al capítulo del Palacio Barolo, asegurando que no habría escrito sobre él si no tuviera un aporte nuevo que sumar a la historia del arquitecto Palanti y Luis Barolo. Para él, el objetivo es mejorar e incluso corregir historias que a menudo vienen recargadas de fantasías y adornos no reales.

Sin embargo, hay una dimensión más incómoda en su labor: la lucha contra las narrativas instaladas en la memoria colectiva que carecen de sustento histórico. Balmaceda es tajante en su ética profesional: “A veces eso implica resignar un detalle pintoresco porque no está bien documentado. Prefiero perder una imagen simpática antes que traicionar el rigor”. El autor reconoce que corregir mitos populares —como el supuesto origen del color de la Casa Rosada o que French y Beruti repartieron cintas en 1810 o que Eva fue la primera mujer en votar— es “como remar en dulce de leche”. “La verdad histórica, cuando contradice lo que siempre se creyó, no solo no interesa, sino que hasta te diría que incomoda”, reflexiona sobre la resistencia que encuentra incluso en las redes sociales cuando desmitifica relatos escolares. Para él, profundizar por debajo de la superficie revela realidades mucho más complejas y atractivas que cualquier adorno inventado.

Esa misma mirada crítica se posa sobre figuras como Julieta Lanteri, a quien el autor rescata haciendo campaña política subida a un taburete en las esquinas de Buenos Aires, luchando por el voto femenino. A pesar de los grandes nombres que pueblan la década, desde Einstein participando en una guerra de panes hasta el Príncipe de Gales, Balmaceda confiesa una preferencia por los rebeldes anónimos. Si pudiera tomar un café con personajes de la época, elegiría a quienes desafiaron las normas en los pequeños gestos: “Me inclinaría por alguien menos evidente. Pienso en la mujer que osó salir a tomar algo usando pantalones, para escándalo de todos. También los pioneros que se animaron a quitarse el saco y caminar en mangas de camisa por la zona céntrica. Querría tomar café con ellos y hablar, pero antes de sus atrevimientos”.

El libro concluye con un epílogo que narra el derrumbe de Wall Street de 1929 como una ola oscura que apagó de golpe el resplandor de la década. Allí reside la apuesta más audaz de Balmaceda: la Argentina de los años locos no es solo un pasado pintoresco, sino una advertencia. “El país entró en los años treinta con una sensación de resaca. Las ilusiones del progreso quedaron en pausa, y la ciudad, acostumbrada al vértigo, aprendió a caminar más despacio. La política se enredó y la desconfianza se volvió una costumbre. La orquesta dejó de tocar. Solo quedó el eco de una época que, por un instante, creyó que el futuro sería siempre una fiesta”.

Leer este libro es, en efecto, asomarse a un espejo incómodo que recuerda que la frivolidad y la lucidez suelen convivir en la misma época. “Podemos aprender que la Argentina de los años locos se parece mucho más a la nuestra de lo que quisiéramos admitir”, afirma el autor, señalando que la fascinación actual por las pantallas y las redes es la continuación de aquella fascinación por la radio y el cine. Para Balmaceda, la gente sigue siendo hija de esa Argentina que aprendió a mirarse en los espejos de la modernidad sin dejar del todo el patio de casa. Como recomendación final para quienes se acercan a su literatura, el autor sugiere un “combo” que permite apreciar el contraste histórico: leer Historias de la Belle Époque en la Argentina junto con este nuevo volumen. Así se puede comprender cómo el mundo exquisito previo a la Primera Guerra Mundial terminó democratizándose y popularizándose en estos años locos que, a pesar del abismo final, transformaron para siempre la vida cultural, social y urbana del país.

LOS AÑOS LOCOS
DANIEL BALMACEDA
Editorial: Sudamericana
Páginas: 320
Precio: $37.999

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